De aquel porno, estos lodos; y viceversa

Este artículo se aparece también en El Desperttador y se muestra aquí por decisión del propio autor.

En textos anteriores he querido llamar la atención sobre algunas de aquellas dinámicas sociales cotidianas y asumidas como banales que conforman el ideario o el sentido común patriarcal y que da luego lugar a prácticas de opresión por parte de los hombres hacia las mujeres. En esta ocasión quiero continuar con esta línea poniendo el foco sobre un elemento básico de la socialización sexual como es el porno. Este, que provoca habitualmente risas, expresiones de incredulidad o sonrojo, es un recurso utilizado diariamente, sin embargo, por miles de personas, especialmente hombres, como forma de encontrar un espacio de diversión, relajación, o simple pasatiempo sexual, según gustos y necesidades. De esto, cabe preguntarnos algunas cosas como, ¿por qué son mayoritariamente hombres quienes consumen porno? ¿De qué manera el porno construye o ayuda a construir las formas de relaciones sexuales más habituales? ¿Es el porno neutro?

Teniendo unos 15 años, aproximadamente, mi madre me regañó porque al mirar en el historial del ordenador había visto que yo había estado viendo porno. Recuerdo que me dijo que aquello no era para mí. No es por llevar la contraria a mi madre más de lo normal, pero creo que en esto se equivocaba. Aquello estaba ahí precisamente para mí. Era para mí porque yo era un proyecto de hombre comenzando a preguntarme cosas sobre el sexo, sintiendo la creciente hormonización y, más importante, entrando ya en rituales y prácticas de socialización de la masculinidad asumidas generalmente y que se van aplicando sobre cada hombre. Sin duda, una de las partes más importantes de la masculinidad imperante es la relación del hombre con el sexo. Es aquí donde el porno constituye la verdadera escuela de los jóvenes.

Todo estaría bien con esto si el tipo de porno que se produce mayoritariamente no crease una imagen problemática de lo que es la práctica del sexo. En este porno es siempre el hombre el que dirige, el que dispone del control para decidir qué se hace primero y qué se hace después, para introducir su pene allí donde le plazca y en el momento que quiera. Pese a ello, todas las miradas se dirigen hacia la mujer. Es el único objeto de deseo presente. Toda la escena se configura siguiendo parámetros masculinos, alejando de esta manera a las mujeres de algo que podría ser perfectamente objeto de diversión y placer, y dando a entender que somos solo los hombres quienes tenemos realmente derecho a sentirnos satisfechos con nuestras relaciones sexuales. Se desplaza a las mujeres a un espacio de cierta cosificación. Están ahí para que podamos follar como es debido. Evidentemente, nos gusta e incluso el sexo será más placentero si se observa un disfrute mutuo (de hecho ahí tenemos toda una retahíla de falsos gemidos y sonrisas), pero tampoco pasa nada si ella no acaba de sentirse a gusto. “Es natural en las mujeres, se quejan por todo.”

Esto que aquí describo en un tono que pudiera parecer de exageración, quizá no lo sea tanto si hacemos cuentas de nuestras experiencias sexuales pasadas, de nuestra forma de ver porno o si observamos las formas de referirse al sexo de la gran mayoría de hombres. Más que situaciones concretas, pretendo señalar una forma de entender el sexo y, a través de él, nuestra relación con las mujeres.

En tanto que representación cultural, el porno no puede ser neutro, como no lo es la televisión o la literatura. Bebe de la cultura en la que se ubica y a la vez es un mecanismo de reproducción de la misma, ya que repite los mismos patrones patriarcales que he señalado líneas arriba. De la misma manera que he comentado en algún texto anterior, esta reproducción no se realiza por medio de grandes gestos o formas muy visibles, sino que simplemente están ahí y determinan el espectro de lo posible, de lo que hay y no puede haber otra cosa.

¿No puede haber entonces otro porno diferente, emancipador, que no reproduzca cánones patriarcales, que enseñe una forma distinta de vivir la sexualidad? Quiero pensar que sí. Entiendo que, al igual que podemos imaginar formas más justas de organización social, debería sernos posible imaginar y llevar a la práctica formas más justas para con las mujeres de pornografía. De hecho, el potencial que podría tener un porno con contenido feminista de manera generalizada sería increíble. Estoy hablando de disputar un espacio de reproducción social de las formas dominantes para hacer brotar nuevas expectativas. No sabría decir si esto es realmente posible, pero probablemente valiera la pena intentarlo.

El objetivo de este texto no es, desde luego, hacer un análisis de la pornografía en 2 páginas, primero por la poca seriedad que tendría, y segundo, porque hay otras personas en mejor disposición para hacer un trabajo mucho más sólido. Lo que yo pretendo con este artículo es interpelar al resto de los hombres, potenciales consumidores de pornografía, para tratar de reconocer estos mecanismos de reproducción del patriarcado inscritos en buena parte de aquello que consumimos diariamente y evitar que perpetuemos esta dinámica de opresión. No se trata de no ver porno. Para nada. Mi intención está muy lejos de señalar el porno como algo a evitar, bien por indigno o inmoral, bien porque el que existe actualmente no nos vale. La clave está en dotarnos de las herramientas para anular los mecanismos de la dominación y explotar nuestra sexualidad en todo su potencial.

¿Cómo encontrar o construir estas herramientas? Desde luego no manteniendo las mismas actitudes inmovilistas que priman por lo general entre los hombres, sino que es necesario asumir una postura de disposición al aprendizaje de todo aquello que tiene que enseñarnos el feminismo. El terreno que pisamos no está inexplorado. Nuestras compañeras llevan ya cientos de años peleando y creando nuevas formas de entender nuestra cotidianidad y las relaciones de poder, por lo que lo primero debería ser aprender de todo ello y tratar de acompañar a partir de ahí. En este texto no se van a dar las herramientas necesarias para construir o visionar un porno no patriarcal, porque yo mismo no las tengo, pero sí que parece claro que el camino pasa por interesarnos humildemente por el feminismo, siendo conscientes de nuestra posición y nuestro papel. Animar a iniciar ese camino sí es la tarea de este texto.

Un ejemplo de una experiencia en este “otro porno” podría ser http://girlswholikeporno.com/

A vueltas con la violencia machista

Este texto se publica también en El Desperttador y se muestra aquí por decisión del propio autor.

Esta semana, después de que un hombre muriese a manos de su esposa, las redes se inundaban de carteles, imágenes y publicaciones negando la existencia de la violencia de género o que esta sea solo del hombre hacia la mujer con frases extraídas de páginas web dedicadas a alimentar este tipo de mitos. Pese a que estamos hablando de algo ya aceptado más allá de los círculos del feminismo, parece que sigue siendo necesario aclarar que no, cuando una mujer mata a un hombre, por la razón que sea, no es violencia de género, ni violencia hembrista ni se trata de un fenómeno del mismo calado que los asesinatos por violencia machista.

¿Por qué sencillamente esto es así? A menudo hemos visto u oído opiniones respecto a este tema en el que alguien, generalmente un hombre, sostiene que, en su opinión, o según cree, el uso de la violencia es siempre reprochable, todos los asesinatos son iguales y debe darse una misma respuesta. En definitiva, que no existe la violencia machista o de género como tal, sino que existen episodios de violencia entre personas aparentemente en igualdad de condiciones, pudiendo acoger bajo el mismo paraguas una riña entre grupos de chavales en la calle y una paliza de un hombre hacia una mujer.

Otro de estos típicos argumentos falaces es aquel que afirma conocer casos individuales, generalmente de algún amigo o conocido, en el que su novia o esposa le maltrata psicológicamente, le pega, le prohíbe ver a los niños, etc, y de alguna manera esto imposibilitaría hablar de violencia machista. A menudo estos comentarios se acompañan también de aquel que alega que existe una peligrosa cantidad de denuncias falsas en temas de violencia de género, ya que la ley resulta excesivamente ventajosa para las mujeres, y estas, retorcidas por naturaleza, utilizan esta ventaja para denunciar gratuitamente a diestro y siniestro con el fin de quedarse el coche, la casa, el perro y los niños. Este último ejemplo, lamentablemente no poco común, ya fue rebatido nada menos que por la Fiscalía General del Estado, que aseguró que el porcentaje de denuncias falsas en violencia machista solo representaba un 0,005% del total.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que aquí las opiniones, creencias y pareceres tienen una importancia muy limitada. Que opines que la violencia machista no es tal porque existen episodios de violencia de una mujer hacia un hombre no tiene relevancia alguna. Lo primero debería ser acercarse a estas cuestiones desde la humildad y el respeto, y partiendo de ello, reconocer que no somos los primeros que pensamos en este tema, por lo que convendría ver qué tienen que decir más de 100 años de lucha feminista sobre la violencia machista. De esta manera, escuchando otras voces con experiencia, podremos apreciar que la violencia machista es tal no por el hecho violento en sí, sino porque se asienta sobre un sistema de dominación de los hombres sobre las mujeres, el patriarcado, que abarca todos los aspectos de la vida, y porque estos hechos violentos se producen de manera sistemática y en virtud de los preceptos establecidos por el patriarcado; se las mata por ser mujeres.

Tenemos, por tanto, que si la violencia machista se inscribe en la misma esencia del sistema patriarcal, entonces, ¿qué pasa con estos hombres que mueren a manos de mujeres? Podrían pasar dos cosas. Por un lado, es altamente probable que la mujer en cuestión lleve años sufriendo las vejaciones y las agresiones del hombre y que viese en la muerte de este individuo la única manera de terminar con su agonía y librarse de la opresión. En otros casos, pueden ser múltiples los motivos que lleven a una mujer a agredir o matar a un hombre pero, en cualquier caso, no determina un fenómeno social sistemático y producto de relaciones de poder. Se trata de un hecho aislado y anecdótico. Muchos dirán “¿Pero cómo va a ser aislado y anecdótico si han muerto ya 24 hombres a manos de su pareja?”. Lo es. ¿O pensamos que existe alguna relación entre todas las muertes violentas y peleas que se dan en multitud de situaciones y por miles de motivos? Es determinante la existencia de un sistema de dominación sostenido por relaciones de poder favorables para los hombres al hablar de violencia machista.

Mientras no estemos dispuestos a reconocer esto, lo que estamos demostrando es un nulo entendimiento de una relación de desigualdad que nos beneficia y nos otorga unos privilegios que, a la vista de los argumentos, no estamos por la labor de abandonar.

Arriba me he referido a la muerte de este hombre de forma impersonal. Es decir, aunque sabemos por el contenido que no ha muerto, sino que alguien lo ha matado, la forma de enunciarlo ha evitado señalar ningún sujeto de la acción. Lo he querido mostrar así, de forma provocadora, para fijar la atención sobre el punto de que es esta la manera habitual con la que los medios se refieren a los asesinatos machistas. Las mujeres mueren, mueren acuchilladas, mueren de una paliza, mueren tiroteadas, mueren atropelladas… Sin embargo, las noticias se refieren a todo tipo de hechos violentos señalando de forma mucho más clara al agresor exceptuando este caso. Esto llegó al punto álgido cuando, al recoger la noticia del asesinato con el que abría este artículo, se indicaba sin sonrojos que una mujer había asesinado a su marido.

Esta forma de referirse los medios a los asesinatos machistas forma parte de todo aquello que no se ve tanto pero que es la base necesaria para llegar a la situación extrema de la violencia machista. Es decir, al igual que si de un iceberg se tratase, es muy fácil ver la punta, lo visible, lo que sobresale. En este caso los asesinatos. A estas alturas, prácticamente nadie justificará hechos como estos. Sin embargo, si vamos bajando en esta pirámide nos podemos encontrar con el control en la pareja, la minusvaloración, el desprecio, la humillación y otras situaciones de violencia que, pese a no ejecutarse de forma física, constituyen sin duda agresiones contra las mujeres de un carácter mucho más cotidiano. Si seguimos bajando encontraremos aquellos ladrillos de este bloque que, a pesar de formar parte de él, generan un rechazo mucho menor. Podemos hablar aquí de los piropos de hombres desconocidos, del cuestionamiento de las decisiones personales, ninguneo, infantilización, etc.

En definitiva, que antes del asesinato existen toda una serie de situaciones y comportamientos propios del sistema patriarcal que construyen esta pirámide de la opresión y sustentan estas muertes, algo que no se da en el caso de las muertes de hombres. Es tarea nuestra hacer lo posible por derribar esa pirámide. Pero no se termina con la violencia machista a base de victimismo y falta de visión, sino siendo conscientes de nuestro papel, de nuestros privilegios y todo lo que ello implica. Trabajar por eliminar estos privilegios es solo el primer paso.

Con lo tranquilitos que estamos

Este artículo aparece también en El Desperttador y se reproduce en esta web por decisión del autor.

A menudo tendemos a pensar que el machismo es un obstáculo insalvable, que de algún modo esto es así y así seguirá siendo. En este artículo quiero señalar, mediante el uso de ejemplos de situaciones cotidianas y bien conocidas por todos, determinadas prácticas sociales que redundan en un refuerzo de comportamientos machistas.

Este tipo de comportamientos no surgen de la nada ni se generan de una forma “natural”. De ninguna manera estamos los hombres determinados a tratar a las mujeres como si estuviesen en el mundo para satisfacer nuestras necesidades y deseos, ni tampoco hay ningún gen que nos obligue a pensar que tenemos derecho a decidir sobre lo que hacen o dejan de hacer. Todos estos comportamientos tienen su base en la creación de un sentido común asentado en la dominación de los hombres sobre las mujeres.Este, como la ideología, impregna todas nuestras acciones y nuestra forma de ver, sentir y estar en el mundo.

Como he señalado en ocasiones anteriores, este sistema de dominación tiene unos claros beneficiarios, que somos los hombres en conjunto, pues nos dota de una serie de privilegios que irían desde el no ser violados por grupos de mujeres de noche en un callejón oscuro hasta el que sistemáticamente se preste más atención a nuestras declaraciones, por insignificantes que sean, que a las de las mujeres. No obstante, aquí se encontraría la brecha sobre la que nos hombres podemos incidir y actuar en favor del feminismo y de la liberación de las mujeres. Se trataría de tomar acciones cotidianas que reproducen socialmente esta dominación y trabajar para “desnaturalizarlas”, para minar ese sentido común de manera que vayamos despejando parte del camino que nos queda por recorrer.

Por situarlo en lo concreto, pongamos el ejemplo de una típica conversación entre hombres que repasan una noche de fiesta. El escenario perfecto en el que se muestra, entre risas y palmadas en la espalda, un refuerzo de actitudes machistas de lo más habitual. Un amigo cuenta cómo llegó al bar con intención de follarse a una chica que ya tenía en mente, para lo que se pasó toda la noche emborrachándola hasta que finalmente, ella, con la voluntad anulada por el alcohol, no se resiste a sus manoseos y acaba con él en el baño o en la cama. O también otro cuenta cómo, en otra ocasión y de forma improvisada, se encontró también a una chica totalmente borracha y lo fácil que fue tirársela. Alguien cuenta que su novia no tiene ganas de follar y tiene que insistirle. Otro se queja de que no es capaz de salir de la friendzone. Otro afirma que aquella es una guarra.

Situaciones como estas y similares, quizá no tan explícitas, las vivimos a diario, formamos parte de ellas.Todos los hombres nos hemos visto en encuentros parecidos. Y lo normal es que no hayamos dicho nada contrario al consenso general que se ha creado en ese contexto. Incluso si estamos pensando que lo que acaba de decir alguien es una barbaridad o que no tendría que ser de esa manera. Es mucho menos habitual que nos hayamos plantado y llamemos la atención sobre que lo que se acaba de decir es machista o describe una situación machista en la que uno de los presentes se ha comportado mal. No solemos decirle a nuestro colega que ha emborrachado a una chica para follársela que la ha violado. Pero es así.

Es complicado, plantea situaciones incómodas, tensión e incluso es posible que ruptura de amistades, pero también es necesario cortocircuitar esa normalidad que legitima o hace ver como aceptable que un desconocido piropee a una mujer por la calle o que lo primero que nos digan los medios de un asesinato machista es que ella no había denunciado. Sin embargo, contestar a nuestros amigos, familiares o con quien estemos discutiendo que lo que hay en el primer caso que describía es una violación o que una mujer no tiene la obligación de amarte porque tú sí lo hagas es una buena manera de romper con ese consenso tan peligroso.

Lo cotidiano, lo banal, aquello a lo que no damos importancia porque “es normal” o porque ha formado siempre parte de nuestras vidas es el medio de reproducción más común del imaginario patriarcal,afirmando así las bases de su sistema de dominación. Es por ello que este escenario cuenta con múltiples posibilidades de intervención efectiva.

Si no tenemos muy claro qué es lo que podemos hacer por el feminismo o qué es lo que nos piden las mujeres al respecto, siempre podemos empezar por no dejar que nuestro colega haga chistes machistas o que se regocije contando cómo acosó a una mujer.

Seguro que otras personas tienen otras y mejores ideas sobre cómo provocar estas rupturas con lo establecido. Se trata de encontrar herramientas que nos permitan llevar a cabo esta labor de zapa en lo cotidiano. Aunque este no tiene porqué ser el único escenario en el que podemos intervenir, sí que es el que nos muestra sus posibilidades más a menudo. A por ello.

Tenemos que hablar

Este artículo fue publicado el 3 de noviembre en www.eldesperttador.org y se publica nuevamente en este medio por el propio autor.

Cuando me propusieron escribir un artículo sobre feminismo lo primero que pensé fue que yo no tenía nada que decir sobre una lucha en la que ni soy ni quiero ser el principal afectado ni protagonista. Sin embargo, sí que vi que podía ser interesante sumarme a otras voces masculinas que han interpelado al resto de hombres sobre la necesidad de revisar nuestro papel en las relaciones de género y poner de nuestra parte para terminar con la desigualdad y la injusticia en estas.

Creo que es sumamente necesario que los hombres hablemos entre nosotros sobre el papel que estamos desempeñando en el sistema de dominación contra las mujeres que el feminismo ha definido como patriarcado y en el que somos nosotros quienes ejercemos esa opresión. Muchas veces no de forma consciente, no, pero esto tampoco es justificativo. Es nuestro deber tomar conocimiento de lo que significa ser hombre, de lo que implica en cuanto a privilegios y roles, y de la estructura social en la que nos inscribimos como sujeto. No se trata tanto de que tú o yo como hombres concretos no ejerzamos tal o cual violencia. El problema es de conjunto, por lo que actitudes victimistas del tipo de “yo no hago x”, y que todos en algún momento hemos sostenido, deberían quedar desterradas si realmente queremos avanzar hacia la construcción de un modelo más justo.

Es esa quizás la primera tarea que deberíamos abordar para encaminarnos a ese horizonte: reconocer nuestro lugar en el mundo y tomar nota de la forma en la que participamos en este sistema de dominación. Chris Crass señala en un genial y necesario texto (Partes de mí que me asustan, PDF) una serie de actitudes y modos de estar, más o menos sutiles, que resultan indudablemente machistas, producto de este modelo social.  Algunos de estos ejemplos en los que todos nos veremos reconocidos en mayor o menor medida es la infravaloración de lo que dice una mujer sin atender al contenido de su mensaje, la sexualización continua de los cuerpos de las mujeres, dejar que ellas asuman todas las tareas de cuidados o pensar que cuando se quejan de alguna de estas situaciones solo están exagerando. Ello por no hablar de todo tipo de tácticas dedicadas a conseguir tener sexo con una mujer, como insistir después de que ya nos ha dicho que no, emborracharla u otras acciones que ya ubicaríamos en el terreno de la agresión.

Seguro que entre todos somos capaces de sacar muchos ejemplos más en los que hemos visto a amigos o a nosotros mismos. Una vez reconocido que aquí existe un problema, debemos poner los medios para solucionarlo. Ello puede hacerse, precisamente, juntándonos para hablar sobre estos temas y tratar de desentrañar todo lo que implican. Muy probablemente no podremos hacer esto solos, dado el problema no es para con nosotros mismos. Por ello deberemos prestar atención a qué requieren de nosotros nuestras compañeras, dejar de lado cualquier tipo de actitud paternalista y asumir una posición de “aprendiz”, consultar a nuestras compañeras desde el más absoluto respeto y entender, además, que en algunos casos no quieren prestarse a esa labor pedagógica. En definitiva, se trata de asumir una actitud de profunda humildad, ya que, como se indica en el texto antes señalado, si nos ha llevado años construir nuestra conciencia política, ¿por qué iba a ser más fácil construir nuestra conciencia de género?

En cierta medida se ha venido creando un discurso que afirma que a los hombres también nos oprime o perjudica el patriarcado. Dejando a un lado el problema de que entonces no habría sujeto opresor y tendríamos que suponer que este modelo se perpetúa por ciencia infusa, este discurso ha dado lugar a algunas posturas dentro de los grupos de hombres que han decidido actuar por la igualdad  que se han centrado más concretamente en la masculinidad o en los roles que se asumen al ser hombre y que de alguna manera limitan su expresión. Estoy hablando de prestar atención a que usualmente los hombres no lloran, los hombres son duros, no pueden ser sensibles, etc. Si bien es un punto que resolver, considero que en absoluto es el principal, pues en modo alguno se produce aquí una reducción de los privilegios que por ser hombre se tienen. Muy al contrario, se despejan las pocas trabas que el patriarcado marcaba a los hombres. Tenemos muchos asuntos que resolver antes de esto, como atajar la cultura de la violación, los modelos de relaciones posesivas que siguen reproduciéndose en la adolescencia, hablar con nuestros familiares y amigos sobre todo esto, etc. En definitiva, antes de poder ganar aún más, debemos desprendernos de un montón de privilegios.

El texto resulta mucho más corto de lo que un asunto como este requeriría pero, en cualquier caso, la intención era la de señalar una realidad como la opresión hacia las mujeres, y una necesidad, que es que los hombres nos pongamos manos a la obra y asumamos nuestra responsabilidad.

Víctor Terrón Palacios

La Mutualidad de Estudiantes

Víctor T.P. – Colectivo Brumario

Más textos de este colectivo pueden leerse en https://colectivobrumario.wordpress.com/

A principios de 2013 un grupo de estudiantes de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM decidimos involucrarnos en la construcción de una herramienta que fuese capaz de evitar la expulsión de nuestras compañeras de la universidad por no poder hacer frente a los pagos de la matrícula, desorbitados ya incluso para la lastimera socialdemocracia. Las autoridades universitarias, plenamente informadas de la existencia de este problema, no solo mantuvieron una descarada inactividad en la línea de la solución del problema, sino que, actuando de forma consecuente con su condición de cargos políticos, tomaron una posición enfrentada a la nuestra al ejecutar en última instancia las expulsiones de nuestras compañeras.

Así, consideramos necesario dotarnos de herramientas capaces de vincularse a la materialidad y de conseguir victorias reales o, al menos, frenar realmente los ataques a los que nos veíamos sometidas. Asimismo, esta debería ser una especie de nodo que aunase  la lucha estudiantil para, partiendo de esas victorias materiales, pasar al ataque. Así concebimos la Mutualidad de Estudiantes. Como un instrumento al servicio de las estudiantes y en las que estas participasen haciendo de las redes de solidaridad más que una mera enunciación, volviéndolas reales.

De esta manera, el eje central en torno al que se movía toda la estrategia era precisamente algo tan material y tangible como un fondo económico financiado por las aportaciones de las participantes en el proyecto. Se vio necesario establecer un sistema de cuotas por la simple razón de que si ese fondo no estaba bien nutrido, la Mutualidad perdía pie. La idea no era otra que, con ese fondo, responder a las necesidades económicas de las compañeras haciendo frente a los pagos que estas no pudieran efectuar. Por la misma naturaleza de la idea, entendíamos que no podía ser algo abarcado solo por un grupo, sino que si queríamos tener algo útil, debía tener cierto carácter de amplitud o, si se quiere, masividad. De hecho, solo así, al menos de la forma en la que estaba planteada la idea, hubiésemos podido hacer frente a la subida de tasas que posteriormente dinamitó el proyecto, siéndonos imposible abarcar la magnitud de los pagos.

Como es intrínseco a una iniciativa de este tipo, veíamos que existía un riesgo importante de que este cayese en el asistencialismo hacia personas que acudiesen a resolver su problema y se marchasen una vez se hubiese solucionado. No obstante, y aún sin tener muy claro de qué manera evitar esto, decidimos que era un riesgo que bien valía la pena correr. Para minimizar este pretendimos trasladar el espíritu de la lucha por la vivienda y otros ejemplos en los que las redes de resistencia y solidaridad toman protagonismo. Consideramos que en estos casos se había conseguido reducir los casos de asistencialismo al mínimo posible, logrando implicar en mayor o menor medida a las afectadas y proyectando esa energía nacida de la solidaridad hacia otros casos o problemáticas, convirtiendo lo que hasta entonces eran casos individuales en organización o movimiento, entendiendo estos en un sentido amplio.

Mutualidad

Como se ha mencionado brevemente más arriba, este era también el objetivo de la Mutualidad. Observando que el movimiento estudiantil, el que participábamos, se encontraba sumido en una continua derrota que no parecía tener visos de revertirse haciendo  lo mismo una y otra vez y sin capacidad para conseguir victorias concretas, pensamos que era sobre estas últimas sobre las que debíamos centrarnos. No quisiera que esto se entendiese como si un grupo elevado por razón divina mirase desde arriba lo que hacían el resto de sus compañeras y lo juzgase erróneo. Quienes trabajamos en esta iniciativa también participamos en las asambleas estudiantiles y en muchos casos fuimos partícipes de sus errores. La razón de separar la Mutualidad de la Asamblea radica en que pensamos que la primera necesitaba de una dedicación que no podía ser asumida por la asamblea sin ralentizar su funcionamiento o asumir un importante giro estratégico que no estábamos seguras de que esta fuese a aceptar.

Algo que consideramos reseñable es que las primeras asambleas abiertas que tuvimos atrajeron especialmente a compañeras que no ubicaríamos en el perfil de típica activista o que, desde luego, no participaban en la Asamblea de facultad. Esto parecería confirmar lo que dijimos unas líneas atrás de que en la Asamblea operaba otro tipo de estrategia, distinto a lo que se quería plantear desde la Mutualidad. Entendemos esto como debido a que una, la Mutualidad, y otra, la Asamblea, toman el problema del acceso a la universidad desde perspectivas distintas, partiendo la primera de la más estricta realidad material, y la otra, de disquisiciones sobre la naturaleza de lo público, consignas de abajo los recortes y cierta premilitancia de futuros cargos políticos. Dejando a un lado el tono sarcástico o caricaturesco, lo que queremos decir es que la lucha estudiantil durante estos últimos años y en un sentido amplio rara vez ha conseguido vincular a gente más allá de los círculos activistas debido a sus escasos resultados, producto, a su vez, de una observación maximalista de la realidad que dejaba a un lado nuestra cotidianidad y, consecuentemente, nuestro mayor potencial.

Este texto quiere rescatar brevemente una experiencia también de muy corta existencia, que no consiguió sus objetivos al no conseguir vincular la gente necesaria, no poder hacer frente a la subida de tasas o un conjunto de estos y otros factores que se nos escapen. Sin embargo, pese a su aparente fracaso, creemos que este es, al menos, el camino que debieran recorrer las próximas iniciativas en el campo universitario, o fuera de él, donde parece que sí están teniendo mejores frutos. Hacer efectivas la resistencia y la solidaridad, pasar a la ofensiva, transformar la realidad.

Si alguien quiere echarle un vistazo a la página de Facebook de la mutualidad, es esta https://www.facebook.com/MutualidadDeEstudiantes?fref=ts

[Recomendación] Revolución hasta el fin

El texto que vengo a recomendar es probablemente el más importante y profundo de todos cuanto elaboraron los miembros del MIL. El conocimiento de este grupo nos ha llegado habitualmente a través de sus acciones armadas, atracos y, especialmente, por la ejecución de Salvador Puig Antich. Sin embargo, el contenido, el desarrollo teórico llevado a cabo por este grupo cuenta con una riqueza que normalmente se pasa por alto. Algunos como Sergi Rosés, autor de la mejor obra hasta la fecha sobre este grupo, afirman que nos encontramos ante el grupo más avanzado en teoría revolucionaria que ha habido en España al menos hasta el momento de su aparición.

Este documento es uno de los pocos transcritos de los originales, escritos a máquina y con cierta dificultad de lectura, alojados en esta web. Con el fin de animar a la recuperación de todo lo que sea posible y práctico recuperar para nuestra realidad actual he transcrito el prólogo inédito de este trabajo, que incluyo aquí, enlazando también el texto completo.

Revolución hasta el fin

(Prólogo inédito del mamotreto del mismo título, Barcelona, 1970-1971. Borrador).

Cuando la revolución no se plantea con pleno radicalismo, hasta el fin, el movimiento revolucionario no logra conseguir sus auténticos objetivos. La lucha internacional de la clase está rompiendo con los viejos moldes teóricos, políticos y organizativos: las recientes experiencias del movimiento obrero en España ponen de manifiesto también este ajuste de cuentas con los viejos mitos y dogmatismos, condición indispensable para el único planteamiento revolucionario, para la revolución hasta el fin.

El presente texto no se limita a plantear de forma explícita una situación de ruptura del movimiento obrero con respecto a los pasados errores, sino que se propone provocar nuevas formulaciones revolucionarias en el terreno mismo de la lucha y mantener a todo lo largo del proceso una actitud eminentemente crítica. Planteamos aquí la compleja y heterogénea problemática de la lucha de la clase: los nuevos conceptos, las nuevas realidades, el proyecto revolucionario (el auténtico…). Los revolucionarios deben llevar estas cuestiones fundamentales hasta el fin.

Hemos recurrido para este estudio al bagaje teórico clásico, así serie de aportaciones que han clarificado su alcance y sentido real: las obras fundamentales de Marx y Engels, en especial La ideología alemana, los Grundrisse, y la primera para de El capital, El Estado y la revolución, de Lenin, La revolución traicionada, de Trotsky, La acumulación del capital y Marxismo contra dictadura, de Rosa Luxemburgo, Historia y conciencia de clase, de Georg Lukács; publicaciones de clásicos como Paul Lafargue, Karl Kautsky, Rudolf Hilferding, Max Adler, Amadeo Bordiga, Antonio Gramsci, Anton Pannekoek, Herman Görter, Otto Ruhle, Anton Ciliga, Tomori, etc; revistas como Socialisme ou barbarie, International Situationniste, Arguments, Autogestión, Anthropos, Cahiers Spartakus, Invariance, Cahiers du Communisme des Conseils, Sozialismus-Politik, Informations Correspondance Ouvrières, etc; autores actuales como Henri Lefebvre, Lucien Goldmann, Edgar Morin, Pierre Neville, Ernst Mandel, Daniel Guérin, Jacek Kuron, Karol Modgelewski, etc. Es decir, un amplio abanico de aportaciones críticas a ampliar en forma permanente hasta el fin.

El bagaje crítico que implica todo nuestro estudio de la compleja problemática revolucionaria actual no se presenta como algo infalible y plenamente coherente, puesto que constituye la trama de un estudio que no se considera como completo y acabado, como definitivo y exhaustivo, sino que quiere ser fundamentalmente un punto de partida más que un punto de llegada; nuestro intento es el de reflejar críticamente el grado de conciencia reflejado por el movimiento obrero en las últimas luchas, aquí y hoy. Este escrito es solo el inicio, vinculado al momento actual del movimiento obrero y a sus exigencias críticas. Sin embargo, la lucha continúa, hasta el fin…

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