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Publicado el 24 de mayo de 2017 por Valentin Kahl

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De qué hablo cuando hablo de autolesiones

Hace unas cuantas semanas que estaba deseando escribir acerca de este tema. Lo reconozco, tengo sentimientos encontrados mientras escribo y releo estas palabras, y todo es porque mi relato aquí es el de persona que se ha autolesionado. No ha sido fácil hacerlo, pero he caído en varias ocasiones en la trampas de las autolesiones. Con este texto pretendo hablaros de mi experiencia personal y también, al menos eso espero, sirva para quien esté en una situación similar sepa que hay muchas otras formas de expresar el dolor, más allá de las marcas en el cuerpo, más allá de coger un elemento puntiagudo y pasarlo sobre la piel hasta que la sangre se derrame.

¿Qué son las autolesiones?

Existen numerosos artículos en Internet al respecto y sorprende la frialdad con la que se habla de este tema. En realidad, y si se piensa bien, tal es la concepción que se tiene hacia cualquier enfermedad, en especial si es mental. Que quede claro ya: las enfermedades mentales son un gran tabú en nuestra sociedad. Son incómodas porque trastornan el comportamiento del ser humano, y todo el que se salga de la norma, aunque sea involuntario, es rechazado por una sociedad que se funda en un status quo débil que baila junto al vacío, a un hilo de romperse. Pero la autolesión no es una enfermedad, más bien es un síntoma. Algunos la definen como un comportamiento “parasuicida”1, que dicho así suena muy grandilocuente y hasta preocupante. En cualquier caso, las autolesiones son daños que el individuo se hace así mismo,cortándose, quemándose, golpeándose o envenándose. Los cortes son los más comunes.

¿Qué nos lleva hacia tales prácticas? He aquí la complejidad del tema. Existe un puñado de supuestas razones que llevan al sujeto a hacerse daño, incluso depende del momento, pueden mezclarse varias de ellas. Algunos lo hacen como castigo, sentirse culpables por algo o no merecedores de algo. Aquí una baja autoestima juega un papel muy relevante. Otras personas lo hacen para alejar un dolor emocional, si hay algo rondando en la cabeza y un dolor profundo en el pecho, la manera de distraer ese dolor es con otro dolor aún mayor. Las autolesiones pueden bloquear temporalmente los pensamientos negativos, depresivos y de ansiedad.

Al parecer las autolesiones también sirven como tanteo de personas con pensamientos suicidas, para el conocimiento previo de un dolor intenso. También hay situaciones que se salen de las manos y para asumir el control mental sobre las mismas, algunas personas deciden recurrir a la autolesión. Hay una causa más, y es la necesidad de sentir algo. El deseo de sentirse vivos, las autolesiones serían una especie de falso despertar del letargo. Rara vez es monocausal. Desde mi experiencia personal, los momentos de ansiedad, de ánimo bajo, o en el que sentía que todo me sobrepasaba, la manera de paralizarlo era precisamente así. El hecho también de pasar largas horas intentando buscar un sentido a algo y al no encontrar nada o, sencillamente al no ser capaz de deslumbrar nada, tenía que pellizcarme, metafóricamente, como así pudiera darme cuenta que no vivía en un sueño, que era todo real.

Todo el proceso de autolesión es muy complejo de describir, y lo que yo aquí comente bien pudiera ser absolutamente subjetivo, porque mi percepción probablemente sea muy diferente al de cualquier otra persona. No obstante, sí puedo afirmar que dista de existir placer en la autolesión. Tras un proceso autodestructivo, yo me sentía agotado, fatigado y hastiado conmigo mismo. Lo cual es aún peor, porque tras las lesiones viene el sentimiento de culpa, y es peligroso porque puede llevarnos a un círculo vicioso, ya que la culpa nos lleve a una situación extrema y, de nuevo, a otra autolesión.

¿Cómo afrontar las autolesiones?

Quien ha cometido alguna vez autolesiones sabe cuando “el león interior comienza a rugir” (así es como llamo yo a mis procesos de ansiedad) y probablemente intuya en qué momento puede darse una situación de peligro. En particular, mis autolesiones las he cometido en la privacidad de mi habitación, porque no es un momento que se quiera compartir con nadie, en especial al haber una sobreexcitación de las emociones. Lo ideal es sacar de ese ámbito los elementos peligrosos, las herramientas para cortar o quemar, y alejarse físicamente también de ese entorno que a veces alimenta la ansiedad. Si se está en casa, lo ideal es salir a dar una vuelta, llamar a alguien, hacer deporte… distraer a la mente, especialmente si es algo que implique actividad física. Yo a mi león lo duermo saliendo a correr o dando un paseo largo. Pero no todos tenemos esa facilidad o ese deseo, habrá que buscar, según las necesidades y deseos propios, las maneras de alejarse de las autolesiones. Por consejo de mi psicóloga, también llevo un kit de emergencia en mi mochila, consta de una bolsa pequeña para respirar en caso de hiperventilación y dos pelotas antiestrés.

También hay otros trucos que he leído, yo nunca los he probado, pero a cualquier otra persona podrían serles de utilidad: pintar con boli rojo en vez de cortar, vendar la zona, hacer una herida con maquillaje, golpear una almohada o un saco de boxeo, hacer ruido, aprender palabrotas en otros idiomas, meterse bajo una ducha de agua fría o caliente (no demasiado caliente, sería otra forma de autolesión), dibujar sobre las caras de la gente en revistas, masajear en vez de lesionar, pinchar globos, etc. Las opciones son variadas. En realidad todas se basan en la misma idea: distraer la mente hasta salir de ese estado que nos lleve a la autolesión.

Sin embargo, esto no es más que un parche, la verdadera solución es buscar ayuda profesional. Y también apoyo emocional en el entorno cercano. Comentar a la familia o a amigos lo que hacemos con nuestro cuerpo es una opción, pero al menos conocerán de dónde provienen las cicatrices y no preguntarán, ingenuamente, a qué gato has querido acariciar y te ha arañado. A extraños o compañeros de trabajo que no quería dar más explicaciones, inventé un gato malvado de una amiga para poder encubrir las heridas de los brazos.

A pesar de todo, tenemos que comenzar a tomar conciencia de lo que hay detrás de todo ello. Hemos de ser responsables de todo ello. Las autolesiones, como comentaba al principio, son síntomas de algo más, depresión, ansiedad, etc. Es cierto que vivimos en un contexto social, económico y político que no ayuda ni facilita tener una vida mentalmente sana, más bien promueve la existencia de una mentalidad desequilibrada. Es sencillo culpar al sistema, al capitalismo, a tal o cual persona, y puede que algo de razón haya detrás de esas justificaciones, pero la última palabra es nuestra. No es sentir culpa, es responsabilidad hacia nosotras mismas y nuestro entorno. Al fin y al cabo las decisiones son tan individuales como comunitarias. Además, la toma de responsabilidades es un gran paso previo al controlar nuestra vida, puesto que en el momento en el que emocionalmente se es responsable y consciente, podemos ser también un poco más libres. Más libres de nuestros prejuicios y también de la educación que nos han dado. Si queremos crear una sociedad nueva, esta no solamente ha de basarse en un sistema económico justo, horizontal y libre, también ha de ser justo, horizontal y libre con respecto a nuestras emociones. Aquí, probablemente, hay mucho trabajo por hacer. A mí aún me queda mucho camino por recorrer.

Desaconsejo afrontar esto solo. Yo lo intenté por orgullo y también por una ausencia de educación e inteligencia emocional de la que aun carezco, pues es contraproducente. Las cicatrices a veces son vergonzosas,  son las huellas de que algo hay en nuestra cabeza y debemos escucharla. Por otro lado, y esto me parece relevante, también tenemos que ser responsables en cómo gestionamos las emociones de quienes nos dan su cariño. Ellos también pueden sentirse fatigados, puesto que es difícil gestionar este tipo de comportamientos. A su amor hemos de ser responsables y responder con más amor. Amor hacia nosotras y hacia nuestros seres queridos.

¿Y si es alguien a quien conozco?

Es bastante duro ser consciente del problema en el que se encuentra un ser querido, estando sumido en situaciones extremas como estas. Probablemente quien ha de marcar los ritmos sea la persona que se autolesione, pero debe ser ella quien intente comunicarse y expresar, abiertamente y sin ambigüedades, sus necesidades. Hay momentos en los que se desea más soledad y otros, todo lo contrario, ¿pero cómo lo pueden saber ellos si no nos comunicamos? Por otro lado, y si esa comunicación es fluida, también tiene que ser en ambas direcciones. Creo que cuando alguien muestra su apoyo, también tiene todo el derecho de retirarse un poco cuando así lo necesite.

Por otro lado, creo que tampoco han de hacerse comentarios de lógica aplastante: “Pues no te lesiones” o “anímate”. Eso ya lo sabe, es lo último que necesita escuchar, a mí me pone un tanto ansioso oír eso. Tampoco magnificar las heridas, ni mostrar repulsión hacia ellas, eso solo puede agravar los sentimientos de culpa y rechazo propio que se sienten. Si necesita asistencia médica o simplemente curando las heridas, vendarlas si es necesario, ya es mucho. Es una manera de sentirse arropado y querido.

A veces con saber que hay personas dispuestas a escuchar, que existen otras vías de expresión alternativas a las autolesiones, es suficiente. A lo mejor la persona decide apenas hablar del tema, o quizá se sienta más cómoda tratando con otras personas que se han autolesionado por empatía (ese es mi caso). Lo último que se debe hacer es, desde luego, juzgarlas, para eso ya tiene su conciencia, lo hará por él.

Las autolesiones se suelen vivir en silencio. Al menos solo un 10% de personas han perdido ayuda, las demás por vergüenza o miedo las mantienen en silencio y siguen ocultando su cuerpo para, así, poder ocultar las heridas a ojos de los demás. Y es que no es fácil en una sociedad de culto a la imagen, los cuerpos cicatrizados tienen mala recepción social, y ya que todo se vende y compra en una sociedad de mercado globalizada, luchemos para que nuestra salud mental no sea comercializada. Por ello, todo esto – y ya como colofón – también es política y su análisis debería estar integrada en un ideario revolucionario libertario, ya que la salud actualmente está basada en números y estadísticas, pero las cabezas que petan tienen nombres y apellidos. Sin embargo, y no está de más decirlo, amemos también nuestras heridas y sus cicatrices, también forman parte del proceso de curación.

1Se define como comportamiento parasuicida a cualquier actividad dirigida voluntaria e intencionadamente a infligirse daño y dolor, pero sin la intención de dar por finalizada la vida.

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Acerca del autor

Valentin Kahl

Libertario porque sobre mi cuello no cuelgan santos, ni a espalda llevo a amos. Sueño con claves de Fa y Sol porque si no puedo desafinar, no es mi revolución. Jugador de Quidditch porque otros deportes son posibles. Historiador porque, aunque quieran, el pasado y el futuro siempre serán nuestros. En proceso deconstructivo y creativo



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