Cultura

Publicado el 23 de abril de 2017 por Ana

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En el jardín de las rosas de sangre

Se quedaron mirándose fijamente. Jordi desde allí arriba sentado en su cúpula y ella, de rodillas en el barro plantando otra rosa. Se habían distanciado, habían dejado de entenderse. Él hablaba como los libros y ella hablaba como la calle. Chocaban. Jordi se desesperaba oyéndola hablar, siempre con lo del género entre ceja y ceja, ese discurso le parecía exagerado tirando a ridículo, sacado completamente de contexto. Estaba convencido de que la pobre se había desorientado políticamente, que aquello que ella defendía estaba muy lejos del materialismo histórico y del verdadero anticapitalismo. Se estaba desviando de la lucha principal y nadie parecía estar dándose cuenta, sólo él. Jordi pensó que todo era por la influencia del madrileño aquel al que llamaban Dragón por el tattoo gigantesco de la espalda. Desde que empezó a pasarse por las asambleas notó una química sospechosa entre ellos dos. Siempre se quedaban a hablar, se hacían bromas, tenían sus piques. En el fondo Jordi estaba celoso pero no sabía decirlo con palabras, así que simplemente hablaban sus malas caras. El miedo, la inseguridad y la incapacidad emocional que venía implícita en su masculinidad hicieron que se alejase aún más de ella. Así, en plan cobarde. De su boca cada vez salían más frases de libros. Así, una detrás de otra. El discurso se le fue descafeinando y en vez de sangre parecía que tenía leche desnatada recorriéndole las venas. Se dejó las huelgas y las manifestaciones, decía que pasaba de esas drogas tan chungas, y pasó a meterse burocracias, luchas institucionales y verdades absolutas. Se enfiló en lo alto de la cúpula de un partido de esos con mítines y ruedas de prensa mientras ella se dedicaba a plantar rosas en el barro.

De vez en cuando Dragón venía a visitarla y rara vez no se reía de sus rodillas manchadas o de su manía absurda de no vivir en una casita okupada en lo alto de la montaña. Dragón sabía de todo a todas horas y se esforzaba duro en juzgarla constantemente, porque por lo visto le salía gratis. Ella le frustraba. En realidad le gustaba bastante pero eso de que se depilara no lo terminaba de entender o lo de tomar pastillas con cada regla, ¿qué feminismo era ese? Por no hablar de que no fuera capaz de comer guarradas de chocolate bien libre de remordimientos. Para Dragón era tan fácil ser coherente ideológicamente y vivir sin ningún tipo de contradicción que le ponían muy nervioso las pantomimas estas de “tenemos que cuidarnos entre nosotras, respetar nuestros tiempos, poner límites…”, todo ese discurso cursi sentimentalista nada tenía que ver con la protección que le daba su coraza. Dragón se refugiaba en su coraza para no tener que pensar en rollos de autoestima, miedos, frustraciones e inutilidades emocionales. ¿Qué importa si no puedo llorar si puedo estar calentito dentro de mi coraza de acero? Pensaba Dragón mientras ella se dedicaba a plantar rosas.

Hasta que un buen día a ella no le quedaron más flores por plantar y se sentó a esperar. Dragón se agobió, se dio cuenta de que en el fondo se estaba ahogando entre las paredes de su coraza. A penas podía respirar y con la voz rota empezó a pedirle socorro. Se quedaba sin aire, comprimido, atrapado y consumido por su propia coraza. Su impecable moral no podía salvarle de él mismo. Tosía, gritaba desesperadamente y trataba de romperse la armadura hasta que cayó muerto sobre el jardín de rosas. Al poco rato fue Jordi el que se vino abajo junto con la cúpula de su gran partido unitario y revolucionario. Todo cayó de golpe y resultó que la popularidad, el postureo y el liderazgo no le frenaron la caída. Se estampó contra el suelo, contra el suelo de rosas que ella había plantado. Y resultó que las rosas no eran bonitas ni primaverales, no olían a perfume y mucho menos eran unas florecillas frágiles y delicadas. Las rosas eran malfolladas, putas, gordas, asquerosas y rastreras. Estaban repletas de espinas afiladas como cuchillas. Daban miedo, tan feas y tan frígidas. Tenían el color de la sangre menstrual y apestaban a venganza. Detrás de cada pétalo el nombre de las mudas que empezaron a hablar y detrás de cada espina el recuerdo de las que perdieron la partida. Sólo cuando se aseguró de que había terminado con las corazas y las cúpulas, ella, la princesa de las contradicciones de mierda, dio media vuelta y se quedó pensando donde podría plantar un nuevo jardín de rosas, de rosas de sangre.

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Acerca del autor

Ana

Desorientada a tiempo parcial, histérica a tiempo completo.



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