Activarse IV: ¿Estudias o trabajas?

Nueva entrada de la serie Activarse, en torno a las posibilidades de movilizarnos a nivel personal y colectivo. En la primera entrada de esta serie hablamos de por qué nos movilizamos los libertarios y dimos una idea de cómo tenía lugar el proceso de activación (de cara a mejorar nuestra capacidad movilizadora). En la segunda entrada hablamos del proceso personal que lleva a una persona a movilizarse con capacidad de incidencia (lo que englobábamos bajo el concepto de Formación). Ya identificábamos entonces que la activación no era una cuestión meramente personal, ya que la capacidad movilizadora de los colectivos en los distintos espacios en los que tenía lugar la vida de una persona determinaban el que esta pudiese o no movilizarse. Así, en la tercera entrada empezamos a hablar de los espacios de activación a partir del lugar donde vivimos, por lo que hablamos de la movilización en barrios y pueblos.

El otro espacio en el que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo además de la vivienda es el centro de estudios o trabajo.

Movilizarse en el centro de estudios significa comprometerse en el diseño de un modelo de enseñanza y aprendizaje radicalmente distinto, que atienda a las diferentes sensibilidades, basado en una gestión colectiva de los fondos y recursos públicos que construyen la educación actual. En una renovación de los contenidos del programa educativo dirigidos a potenciar la autonomía individual y el espíritu crítico, así como la cooperación entre personas; a reducir los prejuicios y eliminar la discriminación por razones de etnia, lugar de nacimiento, condición económica, género, orientación sexual, edad u otros motivos. Eso implica también y fundamentalmente una resistencia a la imposición de modelos de gestión neoliberales que pretenden expoliar y destruir la escuela pública para lucrarse, al mismo tiempo que imponer un currículum que potencia valores mercantilistas: clasismo, competitividad, atomización... En esa resistencia es esencial oponer modelos de organización, gestión y pedagogía que antecedan la educación a construir.

Plataformas como Marea Verde, compuesta por múltiples organizaciones, se encargan de construir un frente amplio contra la mercantilización de la educación, si bien hasta hoy han mantenido una posición más de resistencia que a la ofensiva. También existen los movimientos de renovación pedagógica, con una capacidad de influencia (y, sobre todo, de movilización) muy limitada. Las asambleas de estudiantes en los centros de estudios, que hoy en día se concentran fundamentalmente en algunas facultades, parecen ser los espacios fundamentales de construcción del cambio en la educación (a pesar de que también se han mantenido a la defensiva y carecen de propuestas de intervención y cambio realistas y bien formuladas). Estas asambleas deben encontrar un modo de satisfactorio de agruparse sumando al resto de organizaciones y extenderse a otras enseñanzas, lo prioritario es concentrar capacidades en los centros en los que tengan presencia para obtener espacios de gestión, y explotar mecanismos para sumar al resto de la comunidad educativa (docentes, investigadores, trabajadores del centro, familiares...) en distintos niveles de participación. Además, claro, de lograr amplios apoyos para sus propuestas de transformación educativa. Las personas que quieran activarse en el centro de estudios pueden comenzar por contactar con dichas asambleas, sea para sumarse a una o para encontrar apoyo de cara a formar una en su centro (si bien el trabajo de extensión es precario, al menos en el caso de organizaciones como Toma La Facultad en Madrid). A nivel político anarquista también existen grupos como los que forman la Federación Estudiantil Libertaria, que deberían (si no quieren convertirse en organización amplia de masas y mantienen su caracter específico) apoyar el desarrollo de espacios amplios de movilización en centros de estudios.

Respecto al mundo laboral, movilizarse en el centro de trabajo es, en definitiva, hacer sindicalismo. Entrar a profundizar en el trabajo sindical daría para otra entrada, sobre todo a nivel orgánico, pero apuntaré que la organización de base del anarcosindicalismo en una empresa es la sección sindical. El trabajo fundamental de la sección es organizar a los trabajadores para ser reconocida en la empresa, obtener capacidad negociadora y acumular información. De este modo se consigue que los trabajadores nos empoderemos dentro de la empresa, obteniendo la capacidad de tomar decisiones en la misma y, llegado el momento, podamos controlarla.

Las distintas secciones se coordinarán con su sindicato de ramo para obtener fuerza en los distintos ramos de producción. Los trabajadores sin sección sindical pueden organizarse en redes de apoyo mutuo o sindicatos de oficios varios. La estructura sindical revolucionaria busca tanto mejorar las condiciones de trabajo presentes como organizarse para la gestión de las empresas. El objetivo último es controlar la producción, ya que quien controla esta puede impulsar cambios sociales profundos. Para comprender mejor la organización en el centro de trabajo recomendamos leer Anarcosindicalismo Básico.

Más allá de la producción hay un campo importante de actividad económica en torno al trabajo que los revolucionarios tendrían que gestionar. Es interesante al respecto la lectura de Historia de las Bolsas de Trabajo. La idea de las bolsas de trabajo era controlar el reparto de trabajo y los servicios sociales a los trabajadores. De tal modo, los propios trabajadores gestionaban la actividad económica que es tanto sostén como resultado de su trabajo. Hoy en día esas ayudas parten de los estados, lo que supone un cambio importante respecto del Estado meramente represor del s.XIX. El desafío está en encontrar el modo de tomar esa gestión en manos de los movimientos sociales para posibilitar propuestas revolucionarias.

Activarse III

Hemos hablado en anteriores artículos de esta serie Activarse (aquí está el primero y aquí el segundo) del proceso de activación, las causas de la desmovilización política de buena parte de la población y su componente personal. Hemos tratado de dar algunas claves de cómo analizar esa desmovilización y cómo afrontarla a nivel personal. A partir de ahora, hablaremos del proceso de activación en diferentes contextos. Empezamos con este primer artículo sobre la organización territorial en los barrios de la ciudad. ¿Por qué movilizarse en el barrio? ¿Cómo podemos empezar a hacerlo? ¿Qué problemas tienen los colectivos de barrio que les impiden sumar a más personas?

Activarse en el barrio

El barrio en el que vivimos es el espacio donde desarrollamos una parte importante de nuestra vida. Tenemos amigos que viven en nuestro barrio, vecinos con los que compartimos tiempo en la calle, el metro o la parada del bus. Es por eso que resulta un espacio de conflicto y movilización tan importante. Los movimientos sociales han decidido tomar el barrio como espacio de lucha impulsando centros sociales, redes barriales de apoyo mutuo, asociaciones de vecinos o asambleas populares de los barrios.

Activarse en el barrio es tratar de romper el aislamiento (individual y de grupo) desde los espacios que tengamos disponibles, apoyar y potenciar luchas conjuntas (con otras personas y actores políticos) en base a un programa de izquierdas y libertario. Ese programa dependerá (en sus plazos y objetivos parciales) del contexto: De los apoyos con que se cuenta, los actores políticos que operan y la relación de fuerzas entre ellos.

Sobre la organización popular en los barrios ya hemos hablado en esta web. La proliferación de grupos que trabajan a nivel territorial para cubrir las necesidades de los vecinos (asambleas del 15M, grupos de la PAH, reactivación de las asambleas de parados, redes de cooperativas sociales, mareas de los servicios públicos y, en ciertos barrios, oficinas o redes de apoyo mutuo) contrasta con la poca articulación de estos proyectos en un frente común con un proyecto revolucionario.

Un punto esencial para la construcción de la disidencia urbana es recuperar la socialización, es decir, romper con el aislamiento de cada cual en su casa, frente a una pantalla, potenciando el contacto entre las personas que habitan cerca. De ese modo es posible la construcción de comunidad, y esa comunidad es la base para impulsar transformaciones profundas de las relaciones sociales. En esta cuestión deberían jugar un punto esencial los centros sociales, okupados o no, gestionados de modo horizontal, democrático, socialista y, en definitiva, acorde a los principios libertarios. La realidad es que no siempre lo hacen y sirven más como centro de reunión de afines que de espacio de socialización barrial (sobre crítica -y autocrítica- de los centros sociales habría mucho que decir) al que puedan .

A nivel político pueden existir también grupos o espacios de propaganda e intervención específicamente anarquista con los que colaborar y a los que unirse. El papel concreto de estos grupos es intervenir según una práctica libertaria en el tejido del barrio, generar discurso sobre los acontecimientos del barrio, servir de centro de formación... De nuevo, es una práctica común que estos grupos se limiten a relacionarse y apoyarse entre sí mismos y a ser centros autocomplacientes que organizan jornadas culturales con cierta regularidad. Es necesario hacer de ellos espacios de intervención real, útiles al barrio, generadores de proyectos de apoyo mutuo y solidaridad, dinámicos y con distintos niveles de implicación para facilitar la entrada de personas ajenas...

Un ejemplo exitoso de la movilización de un barrio podemos encontrarlo en las movilizaciones del barrio del Gamonal, que lleva años luchando por el mantenimiento de un barrio combativo en Burgos. De esas movilizaciones ya comentamos en anteriores ocasiones, pero me gustaría recordar algo que apuntaba en los comentarios de esa entrada: "Una amplia mayoría social, la que debería constituir nuestra base de apoyo, es capaz de entender hoy que la violencia utilizada por los vecinos estaba justificada. Lo estaba por el uso indiscriminado de la fuerza policial en las manifestaciones, porque el plan urbanístico carecía de cualquier legitimidad y porque se había cerrado cualquier otra vía política para resolver el problema. En definitiva, porque no había más alternativa para evitar una rendición a un plan injusto. Ese contexto es el que ha justificado, a ojos de muchos, la lucha del Gamonal. Y en la capacidad para haber comunicado esta realidad que justificaba el empleo de disturbios está, en mi opinión, la dimensión que ha adquirido esta victoria. Debe valorarse la buena labor comunicativa, la existencia de una base social de apoyo en el barrio (conseguida con un importante trabajo diario que tiene poco de espectacular y algo de asistencial) [y] el evitar enfrentamientos internos debidos a maximalismos."

Activarse II

Como concluíamos en el anterior artículo, la activación política es un proceso personal que depende de una componente colectiva: Las condiciones materiales y psicológicas que permiten el proceso. Por ello, podemos centrarnos en el aspecto personal de la militancia política libertaria para analizar cómo esta puede iniciarse.

Formación

Un individuo que desea activarse debe estar decidido a formarse. “Un pueblo inculto es un pueblo facil de dominar”. Formarse implica ser crítico con todo comportamiento adquirido por la cultura hegemónica, pero también serlo con el espacio de militancia y con la adquisición de nuevos códigos, comportamientos o valores. La formación no puede consistir, como está ocurriendo, en la repetición y adopción de códigos del gueto estético-político. Este parece ser el deseo de algunos anarquistas, que se limitan a discurrir por los mismos callejones sin salida en los que llevamos años enredados. La formación libertaria consiste en la reflexión constante sobre las formas de actuación de cada uno, desde una perspectiva no sólo ética, sino también estratégica. La crítica social unida a la autocrítica personal, pero asumiendo las incoherencias que sólo se superarán en el proceso de ruptura revolucionaria que se está construyendo. Una persona decidida a activarse debe ser capaz, por tanto, de separar críticamente las aportaciones radicales y revolucionarias (que le interesa asumir e interiorizar) de aquellas superfluas, marginantes y desmovilizadoras.

Con la idea de formación pretendo englobar todos los aspectos individuales del proceso de activación. Así pues, formarnos no quiere decir únicamente leer libros de autores anarquistas. Formarse es un proceso teórico y práctico donde cada cual va adquiriendo madurez en sus ideas (a base de confrontarlas con la realidad y entender sus errores y sus aciertos). De tal modo se aprenden y se refinan las estrategias para la participación política en un proceso que no termina nunca. En este aprendizaje es importante que los movimientos, agrupaciones y colectivos recojan las valoraciones sobre aciertos y errores de luchas o actividades concretas llevadas a cabo, pues permiten la acumulación de conocimiento y evitan en la medida de lo posible la repetición de viejos errores.

Para ello, también es necesario que los colectivos no desaparezcan o se diluyan cada pocos años, si no que al menos algunos de ellos constituyan referentes, que acumulen lo aprendido en una herencia rica de luchas y de reflexiones sobre las mismas, que aborden desde ahí el aspecto formativo de las personas que se activan y que alberguen en su seno debates de corrientes a nivel estratégico.

Por último, apuntar que no se trata sólo de formación política. El conocimiento técnico, científico, sensible, humanista e incluso la misma intuición pueden ser perfectamente aplicados al trabajo revolucionario. Quienes defendemos una gestión directa de los asuntos públicos debemos estar capacitados para gestionar en común todos los aspectos de la sociedad.

Sófocles Parra Salmerón, uno de muchos anarcosindicalistas encarcelados tras la Guerra Civil, cuenta cómo en la prisión él y sus compañeros tomaron todos los puestos posibles para acceder al control de aspectos vitales de la cárcel con el objetivo de mejorar las condiciones de vida y empoderar a los presos, recordarles sus capacidades, su inteligencia, su dignidad: cocinas, correos, comunicaciones... hasta convertir el funcionamiento de la propia cocina en un modelo de colectividad.

Del mismo modo, para liberarnos de la autoridad es indispensable aprender a encargarnos colectivamente de desarrollar y mantener nosotros mismos las estructuras sociales, con el fin de transformarlas.

Activarse I

Nuestros vecinos, amigos, compañeros de trabajo y otra gente que nos encontramos por la calle y que configura, junto a nosotros, la población de las sociedades occidentales nos encontramos sumidos en la pasividad. Es un fenómeno del que ya hemos hablado repetidamente a lo largo de las entradas de esta web, la incapacidad para movilizarnos conjuntamente. Una falta de compromiso que puede deberse a diversos motivos: falta de ánimo, de perspectivas de victoria, de cultura política o de espacios donde sentirnos cómodos. Por ello, en la necesidad de romper con esa actitud, surge la idea de escribir una serie de artículos reivindicando y promoviendo la activación y algunas ideas para que los movimientos sociales y políticos (y el anarquismo en particular) mejoren su capacidad de movilización.

Del aburrimiento en política

La política no es más que la organización de los asuntos comunes, los asuntos que afectan a toda la sociedad. En política hay mil formas de gestionar las cosas, unas que funcionan mejor y otras peor; unas persiguen la libertad y la justicia, otras el rendimiento o el control.

Los anarquistas defendemos que esa gestión debe llevarse a cabo de manera directa entre los implicados en igualdad, porque es el único modelo que asegura el bienestar (nuestro y de nuestro entorno, incluidos el resto de seres vivos), la libertad, la igualdad, y la solidaridad... Esto es lo que podemos llamar política del día a día (o democracia directa) y que se opone a la visión parlamentaria. Según el parlamentarismo deben existir de gestores expertos (políticos profesionales) que decidan por nosotros, lo que acaba reduciendo la participación política a un voto cada cuatro años y a una visión de la política como una cuestión de decisiones técnicas para personas con mayor conocimiento. Este modelo, por sus características y como hemos podido comprobar, alienta la corrupción, genera pasividad y, en último término, imposibilita la democracia.

La pasividad y el alejamiento de la política no se debe únicamente a factores puramente formales de la democracia parlamentaria. La indefensión aprendida* es un condicionamiento habitual en las sociedades occidentales. Los afectos virtualizados y frívolos que sustituyen al compañerismo y el apoyo real, fomentan el individualismo e impiden el empoderamiento** colectivo. En general, existen una serie de mecanismos psicológicos (no del todo estudiados por los movimientos sociales) que impulsan a la delegación, el derrotismo, la pasividad, la falta de objetivos reales y de ilusión. Tenerlos identificados y reconocer cómo se generan esos sentimientos sería un buen primer paso de cara a elaborar una estrategia para combatirlos.

El proceso de activación es un proceso complejo

La activación es el paso desde una actitud de resignación y de delegación política, propia de las sociedades capitalistas y parlamentarias, a la participación constante, diaria y directa en los asuntos que nos atañen. Es un proceso complejo en el que es tan importante la voluntad personal como la presencia de un contexto que anime y motive la participación. Es un gesto demasiado común en los espacios libertarios despreciar a las personas desmovilizadas sin hacer nada por entender su contexto y sin facilitar la incorporación de las mismas. Muchas personas tendrán más dificultades para compartir los tiempos o espacios de militancia por razones familiares (hijos o familiares a su cargo, trabajo doméstico), de género, de clase (horas de trabajo), de raza, de formación (falta de dominio de los códigos o los procesos militantes) u otros problemas (como diversidades funcionales). Es necesario un trabajo interno para sumar a todas esas personas, tratando de eliminar esas trabas a la incorporación (u otras, como las exigencias estéticas o de radicalismo que ejercemos sobre quien se acerca a nuestros espacios).

El deseo del individuo de activarse es una condición necesaria para que este proceso pueda tener lugar, pero no resulta suficiente. No basta con querer, uno necesita encontrar un espacio en el que desarrollarse; referentes y apoyos que conecten con su forma de funcionar; y, muchas veces, también un esfuerzo personal. Muchas veces no encontramos el espacio donde implicarnos o carecemos de la intuición para encontrar campos de batalla donde incidir o estrategias para hacerlo. También porque todo espacio parte de una cultura política y unos códigos que a veces no acierta a transmitir (y, otras veces, no transmite por una cuestión de comodidad autorreferencial, lo que construiría el gueto estético de los espacios políticos).

El limitado número de espacios de participación horizontal en los barrios, en los trabajos o en los centros de estudio es en parte consecuencia de la derrota del movimiento libertario en las últimas décadas. Esta situación complica el proceso de activación de quienes desean comenzar a trabajar por una transformación radical de las relaciones sociales. Es más, los espacios libertarios muchas veces existentes no han sido capaces de abrirse a las personas a las que en teoría se dirigen (los trabajadores, los vecinos...) escudándose en un radicalismo estético, inoperante y muy cerrado sobre los propios militantes que les ha impedido ser un centro de encuentro social y de construcción de disidencia.

En estas circunstancias, creo que es positiva una reflexión acerca de las posibilidades del proceso de activación personal en lo político. Una reflexión especialmente necesaria para aquellos que defendemos la incorporación de todas las personas a la gestión de los asuntos comunes, esto es, para aquellos que defendemos una democracia directa, profundamente radical, fuertemente inspirada en los principios federales y socialistas. Una reflexión que ampliaremos en próximas entradas de esta serie.

NOTAS:

*Hemos hablado sobre indefensión aprendida en otros artículos de esta misma web: "Se trata de una estrategia política derivada de una respuesta psicológica bien estudiada: La indefensión aprendida. Como esa profesora que plantea problemas irresolubles a sus alumnos solo para mostrarle cómo después tiran la toalla ante aquellos que sí tienen solución. Cuando nuestra acción deja de tener conexión con cualquier tipo de resultado, el aspecto motivacional que nos lleva a actuar decae; nos sentimos pequeños e incapaces y dejamos de responder."

**También hemos hablado de empoderamiento anteriormente: "Empoderamiento es una palabra inglesa que viene a significar toma de conciencia de un poder que todo individuo tiene. Es un poder basado en la lucha y en la dignidad. Se trata de una comunidad que se “empodera” cuando a resultas de una lucha determinada logra una concienciación. Esta concienciación genera una expectativa de nuevas luchas (ya que se piensa que también será posible la victoria)." La filosofía del empoderamiento se origina en el enfoque de la educación popular desarrollada en los años 60 a partir del trabajo de Paulo Freire y tiene una gran tradición y presencia también en el movimiento feminista. Otro modo de definir el empoderamiento es como "la capacidad que una persona, en situación de vulnerabilidad, tiene de lograr una transformación con la cual deje de ser objeto de otros y consigue ser la protagonista de su propia historia".