El 19 de julio y la construcción de pueblo

Como cada año, conmemoramos el 19 de julio de 1936 como el día en que el alzamiento fascista fue detenido por el pueblo en armas principalmente en Barcelona y otras regiones como Andalucía, Madrid... En ese momento, el Estado republicano se derrumbó pero el golpe de Estado no pudo consumarse y acabó desencadenando una guerra civil. En ese momento, la CNT-FAI fue la fuerza sindical mayoritaria, ya que el anarquismo arraigó entre buena parte de la clase trabajadora española. Pero, ¿nos hemos parado a pensar cómo arraigó y desembocó en una revolución social al alzarse el fascismo? Toda esta trayectoria viene de la construcción de pueblo años atrás desde que llegó Fanelli y la AIT a España. Por eso, no hay que desmerecer todo ese trabajo de hormiga día a día entre la clase trabajadora y de la inserción del anarquismo en las luchas obreras durante el período conservador, es decir, en una coyuntura donde el capitalismo junto con la democracia burguesa es el sistema dominante.

La pedagogía, la constancia y la perseverancia en las luchas en el día a día, es la que dio finalmente estos frutos: la construcción de la clase trabajadora como sujeto político con el poder real para gestionar la producción y el control de la economía en clave socialista libertaria. Este legado histórico no debe caer en el olvido, debe servir como lecciones para tener claro lo que queremos. Ahora hay que mirar el presente y dejar los elogios al pasado, por eso este artículo no será el enésimo que hable sobre la historia.

Construir pueblo significa insertarse en las luchas cotidianas ante la problemática común a la clase trabajadora, crear comunidad y nuevas relaciones sociales basadas en el respeto, la solidaridad y la ayuda mutua, generando así una cultura de lucha social y configurando un sujeto político. Sobre esta misma base se hicieron otras revoluciones cuya fecha clave es esta: la española del 1936, la sandinista en 1979 y la de Rojava en 2012. Todas ellas parten de una misma base: años y años de construcción de pueblo escalando la lucha de clases construyendo un nuevo modelo de sociedad que supere el sistema capitalista. Y por eso hoy, en esta coyuntura de crisis interminable y de una nueva ofensiva del neoliberalismo, tenemos que seguir construyendo pueblo desde las luchas ya existentes: vivienda, sindical/laboral, servicios públicos, ... sobre nuestros territorios, sin descuidar tampoco intervenir a nivel político y en la política a nivel macro: soberanía popular (territorial, política, económica, medioambiental, energética...), internacionalismo, política de alianzas con otras fuerzas afines, posicionamientos sobre cuestiones que afecten a la política del país...

Atravesamos una coyuntura difícil donde el neoliberalismo está a la ofensiva y el fascismo está en auge gracias a la crisis y a que supieron actualizarse. Ahora bien, es nuestra responsabilidad articular un movimiento popular cohesionado en la diversidad y masivo capaz de influir en la agenda pública del país y arrancar conquistas tanto en lo inmediato como más ambiciosas a largo plazo, así como la necesidad de las anarquistas el organizarnos a nivel político para dotar al movimiento popular de una orientación política. Por eso el día de hoy debe servir para recordarnos que tenemos que ponerle esperanzas e ilusión frente al derrotismo y la frustración, poniendo en marcha una gran labor de construcción de pueblo, labor por la cual los pueblos cambiaron el rumbo de su historia y son los protagonistas de ella.

Algunas reflexiones en torno al poder y la institucionalidad a 80 años de la Revolución Española

Muchos compañeros caen en el error de considerar el movimiento como una escuela de propaganda en que se repiten los principios, y no como una oficina de investigación y experiencia, vuelta a la vida (…) Es necesario que todos los compañeros consideren el propio trabajo como un fecundo campo de observación y de reflexión…

(Camilo Berneri. “la Revue Internacionale Anarchiste” París, 1929)

Mucho se ha escrito, polemizado y reflexionado en torno a la gran gesta del proletariado español en estos 80 años desde sus inicios, pero la posibilidad que brindan los aniversarios “redondos” de retomar ciertas miradas, no sólo reivindicadoras o nostálgico-retrospectivas sino fundamentalmente crítico-analíticas es sumamente tentadora. Máxime cuando se trata de una experiencia tan rica y compleja que tanto tiene para aportar en función del desarrollo de una praxis emancipatoria para los tiempos que corren.

Este escrito intentará hurgar a modo de aproximación y desde una perspectiva libertaria amplia, sobre algunos temas que se desprenden del derrotero de la revolución española y en especial del proceder del anarquismo español y que pueden ser tomados como disparadores para analizar en nuestro contexto histórico actual. Cuestiones relacionadas a la composición y sustentación de los poderes contrahegemónicos y la relación entre institucionalidad dominante e institucionalidad de nuevo tipo, atraviesan este texto a modo de análisis, interrogantes e hipótesis, intentando generar algún aporte constructivo.

Del poder y sus configuraciones

Antes de meternos de lleno en el tema en cuestión, se nos hace necesario precisar algunas definiciones conceptuales a los fines de utilizarlas como insumo para el trabajo.

Si entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales, que se presenta como dinámica, puesto que está todo el tiempo recreándose y que se manifiesta a través de prácticas sociales concretas, podemos concluir entonces, que toda práctica social que permite que el poder se construya y circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por nadie en particular y que extienda la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar poder social. Por el contrario, prácticas sociales que impiden tal circulación, que concentran y se cristalizan en sujetos, instituciones, lógicas, mecanismos y dispositivos, que externalizan, alienan y producen asimetrías en las relaciones sociales, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación.

Estas nociones son importantes entre otras cosas para entender, repetimos, el carácter relacional del poder que determina a su vez, su carácter de ejercicio y no de objeto que se puede tomar o, dicho en términos foucaultianos, nos implica visualizar “la multiplicidad de relaciones de fuerzas inmanentes y propia del dominio en los que se ejercen y que son constitutivas de su organización.”[1] También para constatar su carácter productivo, estratégico y conflictivo y no meramente coercitivo, represivo y estático. Por supuesto no es intención de este trabajo agotar la profundidad de un tema tan multifacético, pero se hacía necesario dejar sentado, aunque sea a grandes rasgos, desde dónde nos vamos a situar para encarar las subsiguientes reflexiones.

Dicho esto, nos interesa ahora abordar las distintas configuraciones que se plantean desde la dimensión del poder social y ver cómo se manifestaron en la experiencia española, así como analizar a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios, que vemos que pueden estar interrelacionadas, pero que a su vez tienen características distintas y específicas.

La primera de ellas es la de Poder Popular que implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas de su propia fuerza social alternativa y antagónica y que confronta al de las clases dominantes, instituyendo una cultura y una subjetividad, así como también, espacios, territorios, mecanismos y organismos que prefiguren y sustenten un proyecto de sociedad nueva, y libre… Así “el Poder Popular pone en marcha un nuevo ethos, un nuevo hábitat, una configuración alternativa de sentidos, significados, lenguaje, valores, normas y estructuras compartidas. En pocas palabras, este poder colectivo crea otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que conocemos, al mundo de la mercancía y del dominio que genera miseria, exclusión, privilegios, discriminación, muerte. Por eso el Poder Popular es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas, crea un bloque contrahegemónico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante. Como proceso, el Poder Popular sabe que el camino es largo, pero tiene la fortuna de estar creando una nueva sociedad con cada conquista del pueblo.”[2]

Un aspecto importante a tener en cuenta es que el Poder Popular como tal, en tanto proceso, se constituye tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto el Poder Popular o autogestivo en términos libertarios, acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social y se proyecta para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir para abarcar la totalidad social y no sólo ser un “islote de libertad”.

La otra configuración, la del Poder Local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolle capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que no se articulan a priori en tanto microespacio con un proyecto global contrahegemónico. En este sentido, podemos decir, que el Poder Local es abarcado por la idea de Poder Popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.

Por último, el Doble Poder se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Podemos rastrear distintas experiencias de crisis sistémicas en la historia en donde se ha sustentado esta configuración de organismos antagónicos, aunque también distintas fueron las formas de su resolución.

Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al Poder Local, que el Doble Poder no es contradictorio al Poder Popular. El Doble Poder deviene o puede devenir de una construcción de Poder Popular previa, pero como dijimos, éste (el Poder Popular) abarca otros elementos y que en su constitución no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral y totalizante, (desde otras corrientes y desde otras visiones de lo que esto implicaría, hablarían de Estado) aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.

Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.

En esto tenemos que decir que históricamente el anarquismo ha tenido posiciones ambivalentes con respecto al tema del poder y sus derivados, aunque si nos remitimos a uno de sus clásicos referentes, bien vale señalar que se encuentra bastante en sintonía con lo que venimos esgrimiendo más arriba. Decía Mijail Bakunin: “es cierto que hay [en el pueblo] una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y al de las clases dirigentes tomadas en su conjunto; pero una fuerza elemental no es, sin organización, un poder real. Sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada respecto de la fuerza elemental del pueblo se basa el poder del Estado.”[3] Y en otro texto agrega; “sin una organización preparatoria, los elementos más poderosos, se vuelven impotentes y nulos.”[4]

Claramente Bakunin, con estas afirmaciones, no sólo toma en consideración la cuestión del poder, sino que además esboza una posición con respecto a la importancia estratégica de la organización y de la construcción de Poder Popular para una proyección revolucionaria.

Ahora, yendo al caso español, ¿tenían los anarquistas españoles una definición y una estrategia de este tipo? A pesar de lo que han indicado ciertos analistas e historiadores, diremos que sí la tenían, nada más que no la llamaban de esa manera. Efectivamente el anarquismo español, en años de construcción y lucha a través de su organización de base proletaria, la CNT, “logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias”. [5]

Y todo esto sumado a las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 (enero de 1932 en Alto Llobregat y Cardoner, enero de 1933 en Casas Viejas, Noviembre de 1933 en Aragón, Rioja y Zaragoza, 1934 en Asturias) en donde en muchos casos se intentaron ensayos de comunismo libertario que fueron duramente reprimidos. Eduardo Colombo señala que: “Las luchas de este período refuerzan el arraigo popular, obrero y campesino del anarquismo pero al mismo tiempo polarizan contra él tanto a las instituciones de la República como a las clases dirigentes. (…) [Esto] determinará o al menos influirá fuertemente el destino del movimiento revolucionario que comienza el 19 de julio de 1936. (…) Así las realizaciones revolucionarias de los trabajadores españoles fueron el resultado del arraigue ideológico y organizacional del anarquismo. El pueblo en armas comienza a poner en acción un “proyecto” al cual el largo período insurreccional – lo que se llamó la “gimnasia revolucionaria”- había dado la dimensión imaginaria favorable para su concretización.” [6]

Entonces, construcción, lucha y reflexión fueron la antesala de lo que finalmente se terminó desarrollando en el contexto revolucionario que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas. De hecho la CNT (a diferencia de lo que han planteado algunos autores) tenía un programa aprobado en un Congreso Confederal celebrado en Zaragoza dos meses antes del levantamiento militar de Franco (mayo de 1936), y en donde se establecen ciertas resoluciones que tocan cuestiones relativas a un proceso revolucionario que se veía como venidero y en donde se elaboran radios de acción muchos de los cuales fueron desarrollados en la lucha siguiente así como otros fueron modificados en el transcurso de la contienda.

Derrotada la primera intentona reaccionaria y comenzada la etapa revolucionaria, emergen de manera más clara las distintas combinaciones de poder social y según las distintas perspectivas, las distintas formas de sustentación y resolución…”Allí donde la insurrección (de las fuerzas golpistas) fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes. (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal”. (…) Sin embargo poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias verdaderos gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social. (…) Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado.” [7]

Esta larga cita que transcribimos del importante trabajo de Pierre Broué y Émile Temime, nos parecen fundamentales en este caso para observar la configuración de los poderes locales en el inicio de la situación revolucionaria y como posibilidad de sustentación del doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI, tuvieron un rol protagónico en muchas zonas (particularmente en Barcelona) habida cuenta del peso mayoritario que representaba la central anarcosindicalista con respecto a las otras fuerzas político-sociales. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso.” [8]

Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués y que cuajara en una definición de doble poder revolucionario y de carácter superador se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat ( de ahí que Broué y Temime lo caractericen como un organismo “hibrido”) que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego directamente terminar disuelto, fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.

Dice Jesús Aller que en Cataluña “se da una situación paradójica de que los que controlan las calles y podían tomar el poder en sus manos rehúsan a hacerlo, mientras que los que anhelan gobernar carecen de medios para ello. Esta incongruencia se resuelve con un pacto que da lugar a la creación del CCMA formado con participación de todos los partidos y sindicatos, y destinado a encarar los graves problemas planteados. Desde el primer momento este organismo arrastra la tensión de ser considerado por unos un gobierno revolucionario y autónomo, y por otros un mero instrumento de la Generalitat. Ésta que sobrevive al estallido conserva atribuciones (…) y comienza a maniobrar para recuperar el poder. (…) La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…)[Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña. (…) Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental”. [9]

Las líneas precedentes nos dan pié para formular nuevamente la idea de que si bien existió una construcción previa de poder popular confirmada en años de organización y lucha, que se sustentó en el contexto revolucionario con el poder de los comités locales, que a su vez configuraron una situación latente de doble poder, que para algunas regiones estableció la competencia conflictiva entre organismos adversarios; lo que no se logró (y particularmente ciertos referentes anarquistas no permitieron) fue resolver esta situación en los términos de la desarticulación de la estructura dominante y la puesta en dinámica de una nueva articulación instituyente de carácter revolucionaria e integral. Alguno, desde una perspectiva simplista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del poder y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente fue la configuración superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto, en los hechos y de hecho como dijimos, a través de los comités, colectividades y otros organismos revolucionarios. Y esto no implicó una simple claudicación sin más, esto denotó, entre otras cosas, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando así como una errada conceptualización por parte de los dirigentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.

De la institución y las instituciones

Toda relación de poder implica, dijimos, su manifestación en determinadas prácticas sociales. Y esas prácticas instituyen formas, lógicas y mecanismos. También dijimos que de acuerdo a cómo se manifiesten o una vez más, a cómo se instituyan esas prácticas, sus formas y contenidos pueden hacer lugar a la posibilidad de un poder colectivo no monopólico ni opresivo o por el contrario puede configurar una instancia regida bajo los cánones de la dominación.

Ejemplos de la primera opción podrían ser los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936 en España, así como la forma federativa de articulación, histórico bastión propuesto por el anarquismo. Y seguramente el ejemplo paradigmático de la segunda opción sea el Estado. Al respecto dice Eduardo Colombo: “El Estado existente, real e institucional, no es reducible (solamente) a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen.(…) Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa.(…) La sociedad se instituye como tal elaborando un mundo de significaciones en un proceso circular por el cual “el hacer” y el “discurso”, la acción y el símbolo, se producen mutuamente. En esta perspectiva, la organización del poder social bajo la forma Estado delimita el espacio de lo social en función de una “significación imaginaria central” (que nunca es neutra ni inerte) que reorganiza, redetermina, reforma una cantidad de significaciones sociales ya disponibles (en un contexto histórico determinado) y con esto mismo, las altera, condiciona la constitución de otras significaciones y acarrea efectos sobre la totalidad del sistema”. Y concluye: “Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente (del todo social) por una minoría, clase o grupo especializado. La instancia política se autonomiza”. [10] El Estado está ahí.

Tomando en cuenta esto, podemos llegar a los siguientes razonamientos; que toda relación de poder en tanto se manifiesta en prácticas sociales, instituye, de acuerdo a su configuración, determinadas formas sociales. Porque instituye, configura institución, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder) porque éste es intrínseco e inmanente a lo social, tampoco existiría sociedad sin institución. Y a su vez, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución configura necesariamente Estado.

Profundizando, dice Cornelius Castoriadis: “Lo que mantiene unida una sociedad es su institución, la compleja totalidad de sus instituciones particulares (en tanto instituciones explícitas de poder), lo que yo denomino la “institución de la sociedad como un todo”. El vocablo “institución” tiene aquí el sentido más amplio y más radical: normas, valores, lenguaje, útiles, procedimientos y métodos para afrontar cosas y para hacerlas, así como para hacer al individuo mismo desde luego”. [11] En otro texto agrega: “El ser social de la sociedad está constituido por las instituciones (en tanto creación social-histórica del colectivo anónimo) y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y a las cuales dan existencia social efectiva”. [12]

Ahora, esto no necesariamente indica que una sociedad esté condenada a enajenarse en sus propias instituciones (como puede llegar a suceder con el Estado). Un proyecto revolucionario que se sostenga sobre una idea de una sociedad autogestiva en sus más amplias dimensiones, que rompa con el status quo de la dominación, implica, entre otras cosas, “la aspiración a una sociedad que sea capaz de renovar permanentemente sus instituciones (…) una sociedad que se autoinstituya explícitamente, de manara continua y no de una vez y para siempre”. [13] Y para eso, debe poner siempre en tensión la dimensión instituida y la dimensión instituyente de las configuraciones que lo constituyen, sin que una predomine sobre la otra, así como también la unión y tensión de la historia ya hecha y de la que se está haciendo.

En sintonía con esto podemos decir que el anarquismo (amén de lo que digan muchos de sus críticos e incluso también algunos anarquistas) nunca subestimó la necesidad de instituciones aunque claramente no desde un formato y una lógica que cristalice lo instituido y sea productor y reproductor de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta decía lo siguiente: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales, la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación de sus propios destinos”. [14] Y unos años antes Bakunin ya planteaba que “las revoluciones siempre han sido preparadas por un largo trabajo de descomposición y de nueva formación”. [15]

Nuevas formaciones o nuevas instituciones de las cuales el anarquismo ha sabido dar algunas propuestas. Seguramente, como hemos dicho más arriba, el federalismo, desde un punto de vista socialista y revolucionario, haya sido uno de los aportes con el que más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social posrevolucionaria que coarte o limite lo máximo posible el desarrollo de la dominación en todas sus facetas. Federalismo que no comprende la mera descentralización fragmentaria como plantean sus críticos, sino que pone en relación dialéctica ésta dimensión, con la necesaria centralización organizativa a los fines de un proyecto común y orgánico y de una operatividad lo más óptima posible en el marco de una sociedad que se autoinstituye.

Todas estas referencias teórico-políticas, nos sirven para afirmar que el anarquismo en tanto corriente de praxis emancipatoria, si bien no comprende un corpus teórico-práctico uniforme, homogéneo y lineal, sí ha desarrollado a lo largo del tiempo y comprometido con éste, una serie de lineamientos que claramente lo distinguen de otras corrientes políticas. Y esos lineamientos por los cuales hemos intentado bucear, no fueron los que comprometieron el derrotero de la revolución española, como tampoco creemos que hayan sido los del anarquismo español en particular tomado en su conjunto. Claramente, reiteramos, ponemos el énfasis sobre la responsabilidad de ciertos referentes del anarquismo español sobre los caminos tomados que conllevaron al ocaso de una de las experiencias más importantes de posibilidad revolucionaria llevada adelante por las clases oprimidas y explotadas, teniendo al anarquismo como corriente hegemónica. Por supuesto que no somos necios, y sabemos bien que no fueron los únicos, y que otros factores y otros responsables (tal vez mayores) incidieron en los hechos; pero este trabajo, como planteamos en su principio, trata de indagar en las cuestiones relacionadas con el poder y la institucionalidad y el rol que los anarquistas (y en este caso algunos de ellos) han tenido con respecto a estas problemáticas.

Entonces, volviendo al proceso español, decíamos que los referentes cenetistas y faístas, partieron de presupuestos y caracterizaciones erradas y ello determinó en gran parte sus posicionamientos. En principio, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar antifascista y el bando republicano, existía otro dentro de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price: “La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra”. [16] Derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo e imponer en su lugar la confluencia unificada de los otros organismos que iban surgiendo. En palabras de García Oliver: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [17] Y efectivamente optaron por la colaboración, no entendiendo que el peso hegemónico no necesariamente podía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias proporcionalmente al marco de influencia de cada organización.

Por otro lado la caracterización del contexto, también implicó serios reduccionismos, no coherentes con toda la construcción previa en términos multidimensionales y del análisis complejo del Estado y de los procesos histórico-sociales, cuando se afirmaba desde un boletín de la CNT-FAI en setiembre del `36: “Damos por descontado que la expropiación económica en vías de realización, acarrearía de hecho la liquidación del Estado burgués, reducido por asfixia”. Nada de eso sucedió, de hecho fue todo lo contrario. El Estado fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proyecto revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra sin más. El anarquista italiano Camilo Berneri que fue combatiente en el frente y luego ocupó importantes tareas en la retaguardia, en abierta discrepancia con las políticas llevadas adelante por la cúpula de la CNT-FAI decía en noviembre del `36: “Es necesario ganar la guerra. Pero no se ganará la guerra limitando el problema a las estrictas condiciones militares de la victoria. Es necesario antes que nada, tener cuenta de las condiciones político - sociales de la victoria. (…) Yo me he esforzado por conciliar las consideraciones actuales inherentes a las necesidades del momento histórico con las líneas de tendencia que no parecen apartadas de estas necesidades. (…) La política tomada en su acepción pura tiene sus necesidades propias, y el momento impone a los anarquistas españoles la necesidad de estudiar una política propia y adecuada. (…) Conciliar las necesidades de la guerra, con la voluntad de la revolución y las aspiraciones del anarquismo: he ahí el problema. Es necesario que este problema se resuelva”. [18]

Los referentes de la CNT-FAI, no sólo desatendieron estos lineamientos, sino que, como dijimos, por su caracterización del proceso, coartaron la posibilidad de transformar la situación latente de doble poder en la sustentación de un poder popular autogestivo con organismos diametralmente opuestos a la lógica instituida dominante. Y con esto fueron socavando el ímpetu y la efervescencia revolucionaria hasta llegar a los sucesos de mayo del `37 en Barcelona que muchos puntualizan como marco simbólico-práctico de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939. “Sabíamos que no era posible triunfar en la revolución sino se triunfaba antes en la guerra, y sacrificamos todo por la guerra. Sacrificamos hasta la revolución, sin darnos cuenta que ese sacrificio implicaba también el sacrificio de los objetivos de la guerra”, [19] plantearía autocríticamente tiempo después, uno de los referentes de la CNT-FAI, Diego Abad de Santillán.

La mayoría de la militancia cenetista no estaba de acuerdo con las decisiones que venían tomando la cúpula confederal y por supuesto que ejercieron presión, pero como dice Josep Antoni Pozo González “esas presiones no tuvieron la fuerza suficiente”. [20] Y así, las decisiones de “arriba”, salvo por algunos decididos oponentes, terminaron llevándose puesta a la confederación entera. En este sentido, Gastón Leval señala el fiasco de la cima, de los “hombres conductores”: “Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…) estos militantes no han desempeñado ningún papel en la obra [constructiva revolucionaria]. Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. ¿Por qué razón? Es que ellos fueron, sobre todo, demoledores. (…) No se improvisa una mentalidad constructiva capaz de discernir entre las contradicciones de una realidad fragmentada y armonizarlas con una visión de conjunto. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) estuvo en la inteligencia positiva del pueblo. (…) Desde hacía largo tiempo los problemas de la reconstrucción social estaban a la orden del día. (…) La problemática de los hechos reales y la crítica de los sistemas económicos y políticos habían inducido permanentemente a la reflexión, en la que maduraban poco a poco ideas claras de revolución. (…) De todas estas actividades, de la lucha permanente que exigía hombres y mujeres llenos de voluntad para actuar, nació la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. En consecuencia, capacidad del pueblo. Es decir, inteligencia más voluntad, he ahí el secreto”. [21]

Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder popular autogestivo como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo. Sin embargo, y a través de las posiciones tomadas por sus “conductores” al decir de Gastón Leval, éste quedó sin resolver en términos de una nueva formación social de carácter integrador frente al alicaído Estado burgués en el contexto revolucionario iniciado el 19 de julio, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral.

¿Pero tenía la CNT algún lineamiento previo en este sentido? A pesar del ocultamiento en algunos casos y la ignorancia en otros, de parte de algunos investigadores, debemos decir que sí, y para eso nos remitimos a algunas de las resoluciones del ya mencionado programa de Zaragoza del 8 de mayo de 1936: “Hemos de pensar todos que estructurar con precisión matemática la sociedad del porvenir sería absurdo, ya que muchas veces entre la teoría y la práctica existe un verdadero abismo. (…) Al esbozar las normas del Comunismo Libertario, no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen. Aunque tal vez (…) creemos preciso puntualizar algún tanto nuestro concepto de revolución y las premisas más acusadas que a nuestro juicio pueden y deben presidirla”. Y luego de formular ciertas proposiciones tanto para un contexto revolucionario como para un nuevo marco de convivencia social establece: “En conclusión proponemos: La creación de la Comuna como entidad política y administrativa. La Comuna será autónoma y confederada al resto de las Comunas. Las Comunas se federarán comarcal y regionalmente, fijando a voluntad sus límites geográficos, cuando sea conveniente unir en una sola Comuna, pueblos pequeños, aldeas y lugares. El conjunto de estas Comunas constituirá una Confederación Ibérica de Comunas Autónomas Libertarias. Para la función distributiva de la producción y para que puedan nutrirse mejor las Comunas, podrán crearse aquellos órganos suplementarios encaminados a conseguirlo. Por ejemplo: un Consejo Confederal de Producción y Distribución, con representaciones directas de las Federaciones Nacionales de Producción y del Congreso anual de Comunas”. [22]

Se podrá estar o no de acuerdo, se podrá analizar sus posibilidades materiales, pero no se puede negar que programa había y resoluciones sobre cómo proceder ante una eventual situación revolucionaria y de qué manera instituir una nueva forma de articulación social también. Los anarquistas españoles tenían fuentes, simplemente sus referentes no las tomaron en cuenta. De hecho, acontecidos los sucesos que comenzaron a partir del 19 de julio (dos meses después de las resoluciones del Congreso) los anarquistas españoles, fundamentalmente en las zonas de su influencia, y en muchos casos conjuntamente con los trabajadores enrolados en la central obrera socialista UGT, fueron poniendo en ejecución parte de sus postulados aunque con algunas modificaciones, fruto de las características particulares del proceso y de las síntesis convergentes con otras líneas de intervención del mismo anarquismo español. Así “la socialización de la tierra y de la industria que siguió a la victoria revolucionaria del 19 de julio habría de apartarse sensiblemente de aquel idílico programa. Aunque en él se repetía continuamente la palabra “comuna”, el término adoptado para designar las unidades socialistas de producción fue el de colectividades. No se trató de un simple cambio de vocabulario (…)”. [23]

Efectivamente, “el principio jurídico de las colectividades era enteramente “nuevo”. No era el sindicato ni la alcaldía, en el sentido tradicional del término, como tampoco el municipio del Medioevo. Aún así, ellas estaban más cerca del espíritu comunal que del sindical. Las colectividades habrían podido llamarse con frecuencia comunidades (…) pues constituían realmente un todo en el que los grupos profesionales y corporativos, los servicios públicos, los trueques, las funciones municipales, quedaban subordinadas al conjunto, gozando no obstante de autonomía en su estructura, en su funcionamiento interno, en la aplicación de sus fines particulares. Pese a su denominación, las colectividades eran prácticamente organizaciones libertarias comunistas que aplicaban la regla: “de cada uno según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades”, fuese por la cantidad de recursos materiales asegurados a cada uno allí donde abolía el dinero, fuese por medio del salario familiar allí donde el dinero era mantenido. El método técnico difería pero el principio moral y los resultados prácticos eran los mismos. Esta práctica existía sin excepción en las colectividades agrarias; por el contrario, era poco frecuente en las colectivizaciones y socializaciones industriales debido a que la vida de la ciudad era más compleja y el sentido de la sociabilidad menos profundo. (…) La unificación comunal se completaba con la regional, de donde surgía la federación nacional”. [24]

Entonces, existió un programa, que sufrió algunas variables para llevarse a cabo, algo que incluso el mismo programa promovía cuando establecía que “no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen”. [25] Y así fue que materialmente fueron surgiendo colectividades y comités de diverso tipo, todo un abanico de construcciones instituyentes de poder revolucionario con distintos grados de integración, según el caso, dentro de una perspectiva general. Y sin embargo se optó por reforzar a la institucionalidad dominante y con ello sepultar las posibilidades de una nueva estructuración social. ¿Pero se plantearon otras alternativas?

Primero habría que puntualizar una característica específica del proceso español en la que concuerdan algunos analistas. Daniel Guérin dice que la revolución española, “a diferencia de la rusa, no tuvo necesidad de crear enteramente sus órganos de poder [soviéticos], La elección de soviets resultaba superflua debido a la omnipresencia de la organización anarcosindicalista (aunque podríamos agregar del sindicalismo en general), de la cual surgían los diversos comités de base”. [26]

Desde otra perspectiva, aunque coincidiendo en este punto, uno de los líderes del POUM, Andreu Nin, polemizando con sectores del trotskismo español y con León Trotsky en particular, planteaba en 1937: “En Rusia, con la creación de los soviets apareció la dualidad de poderes. De un lado los soviets, del otro el Gobierno Provisional. La lucha entre los dos poderes se terminó mediante la eliminación del Gobierno Provisional y la conquista del poder por los soviets. (…) La dualidad de poderes [en Rusia] apareció como resultado de la experiencia de unos soviets que, de simples comités de huelga que eran al principio, se convirtieron a causa de circunstancias particulares y específicamente rusas, en órganos embrionarios de poder proletario. ¿En qué consistían fundamentalmente estas condiciones particulares y específicas? En que el proletariado ruso, que no había pasado por una etapa de democracia burguesa, no poseía ninguna organización de masas, y por lo tanto, una tradición de ese tipo. Los soviets fueron los órganos creados por la revolución, en los que los trabajadores se agrupaban, y que se convirtieron automáticamente en un instrumento de expresión de sus aspiraciones. (…) En España la situación concreta es muy diferente. Los sindicatos gozan de un gran prestigio y una gran autoridad entre los trabajadores; existen desde hace muchos años, tienen una tradición y son considerados por la clase obrera como sus instrumentos naturales de organización. Esta circunstancia explica en gran medida que la revolución no haya creado organismos específicos de vitalidad suficiente para convertirse en órganos de poder. Por costumbre y tradición, el obrero de nuestro país se dirige al sindicato tanto en las situaciones normales como en los momentos extraordinarios. ¿Esto es bueno o malo? Es en todo caso la realidad. (…) Conviene señalar por fin que, incluso en los momentos de mayor esplendor de los comités, los sindicatos continuaron jugando un papel preponderante. No era [por ejemplo en Cataluña] el Comité Central de Milicias, sino los comités de las Centrales sindicales quienes trataban en primer lugar, las cuestiones más importantes”. [27]

Si bien estas definiciones dejan mucha tela para cortar, debemos decir que en España no podía vislumbrarse la posibilidad de constituir un organismo revolucionario que dispute y desplace al Estado al “museo de las antigüedades” sin tener en cuenta el arraigo de los sindicatos en la realidad del proletariado. Pero tampoco puede tenerse una visión mecánica en este sentido y dejar de lado cierta configuración dinámica por lo pronto en lo que respecta a las características de la CNT; siguiendo nuevamente a Daniel Guérin: “La doble base, industrial y rural, del anarcosindicalismo español, orientó el “Comunismo Libertario” por el propagado en dos direcciones un tanto divergentes, una comunalista y otra sindicalista (…) cuya simbiosis distaba de ser perfecta”. [28] De ahí, tal vez la heterogeneidad de los organismos que fueron surgiendo, fundamentalmente las colectividades.

Con respecto a estas últimas es interesante el análisis que hace el sociólogo francés René Lourau: “Las colectivizaciones constituyen un ensayo dinámico, un proceso de desinstitucionalización de la sociedad estatal por la acción de una forma alternativa que apunta a lo político a través de lo económico. (…) Desisnstitucionalización no es entonces sinónimo de un vacio, de una ausencia, de una carencia y aún menos de una renuncia a la lucha. Es la acción que apunta a la fuerza desnuda o arropada en legalismo de estado, a las formas creadas o garantizadas por la fuerza del Estado, y eso no “utilizando las armas del adversario”, sino forzando al Estado a aceptar las formas que destruyen al Estado: las formas de la socialización como proceso generalizado del conjunto de la vida social”. Aquí Lourau roza de alguna manera el concepto de poder popular autogestivo que venimos esgrimiendo, desde una idea de autogestión como hecho social general del que las colectividades en tanto institucionalidad alternativa, o como “contrainstitución” como él las denomina, serían su sustento; “la definición de contrainstitución se desprende de esta puesta en perspectiva histórica. Alternativa a las formas sacralizadas del orden existente (sagrado porque estatal), la colectivización gana en ímpetu al ser dirigida simultáneamente contra el capitalismo y contra el Estado. No es solamente una contrainstitución política, (…) tampoco es reductible a una unidad económica de base, (…) no es solamente ni principalmente municipalista o comunalista. (…) La colectivización se distingue no sólo por su amplitud macro-social, sino también por su carácter ofensivo, de ninguna manera pacifista. Las circunstancias, además no lo hubieran permitido”. Es cierto que en el corto plazo de su duración no lograron trascender todas las contradicciones inherentes al sistema capitalista pero “todo parece demostrar que las colectivizaciones eran en efecto, la respuesta ofensiva al desafío fascista, respuesta no ideológica o militar o económica o política en el sentido especializado de estas palabras, sino respuesta global, a la vez política, económica, militar e ideológica. La prueba más flagrante no es la desaparición de las colectividades a medida del avance del ejército fascista, sino la expedición destructiva de las tropas estalinistas del general Líster”. Y remata; “La desaparición gradual del Estado (…) bien puede afirmarse que no ha sido jamás constatada empíricamente. (…) La autogestión, por su parte, tiene el mérito de haber existido en forma de esbozo, como proyecto racional o movimiento revolucionario. Los dos conceptos que se han de confrontar no están entonces en pie de igualdad. (…) La desaparición gradual del Estado es, hablando en la vieja jerga filosófica, un concepto nominalista, que no hace existir la cosa por el simple hecho de ser producido intelectualmente. La autogestión en un concepto realista, existe, yo me he topado con ella”. [29] Lo concreto es, nuevamente, que estas construcciones (junto con las otras que fueron surgiendo) que pudieron haber prefigurado una situación de doble poder, no lo consolidaron al no haberse instituido un organismo de carácter general que las articule y que dispute claramente con el Estado republicano a los fines de su supresión y de la instauración de un organismo de nuevo tipo.

Ya para 1938 la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti, que fueron excomulgados del movimiento anarquista oficial por oponerse a la militarización de las milicias populares y por denunciar las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otras cosas establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales, y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, y siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones a su vez se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, así como se articularían con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.

Estos lineamientos, si bien toman en cuenta la primacía de los sindicatos como plantean Guérin y Nin, tratan de mixturar con planteo municipalista, aunque no deja de ser, según algunos analistas, todavía demasiado “sindicalista”. Así y todo al decir de Wayne Price, [30] es suficientemente cercano al programa de los consejos de obreros y campesinos que levantaba León Trotsky y los trotskistas españoles, (con los cuales Nin polemizaba aunque por cuestiones tácticas, no de fondo) pero con una gran diferencia. La defensa de Trotsky de los consejos/soviets era puramente instrumental, como herramienta para derrocar al Estado existente e imponer el “Estado de los trabajadores” (con todo lo que ello implica si tomamos en consideración la experiencia rusa donde los soviets terminaron totalmente subordinados a la lógica estatal sin que efectivamente se constituyeran en un organismo proletario posrevolucionario de nuevo tipo y para finalmente terminar desmantelados en los hechos) y no como la base para una nueva configuración social. En cambio Los Amigos de Durruti proponían una estructura democrática popular, no un Estado-Partido. Pero hacia 1938 ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.

Algunas conclusiones

Sea como fuere, lo que parece quedar claro, luego de todo el recorrido que intentamos hacer, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad en tanto movimiento hegemónico, de torcer el rumbo del derrotero revolucionario hacia un panorama victorioso, si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.

Dijimos que la CNT había elaborado un programa en el Congreso Confederal de Zaragoza de mayo del `36, en donde instituía como forma social de nuevo tipo una Confederación Ibérica de Comunas Libertarias. Dijimos además, que precipitados los hechos, luego del 19 de julio, el proceso revolucionario fue dando lugar a distintos organismos de poder que relegaban la idea unitaria y tal vez un tanto idealista de las Comunas Autónomas, proliferando en su lugar una heterogénea gama de colectividades, columnas milicianas, comités y consejos obreros-populares. Pero también vimos que a su vez, estas configuraciones instituyentes de poder social, no lograron sortear lo local o en el mejor de los casos lo regional, por lo que la situación latente de doble poder no pudo articularse en una real situación de dualidad, inestable, antagónica y efectivamente superadora de una institucionalidad estatal que se arrastraba por el piso.

Los anarquistas españoles, fundamentalmente sus referentes, pudieron haber echado mano de sus propios paradigmas y proyecciones en lo relacionado a la formación federativa, tomando el programa de Zaragoza y adaptándolo a las características del desarrollo del proceso, promoviendo una Confederación de Organismos Revolucionarios con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sienta las bases de una institucionalidad no estatal estructurada de abajo a arriba. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.

Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta, y sobre todo para aquellos que en nuestros días nos situamos desde perspectivas libertarias de construcción y lucha emancipatoria, es la importancia de la confluencia entre la idea de construcción de poder en sus distintas combinaciones y de la materialización de ese poder en formas instituyentes, entendiendo que ni poder, ni institución son términos exclusivamente asociados a la dominación per se. En tanto ejercicio de relaciones sociales y en tanto constitución socio-histórica, no son escindibles de nuestro quehacer social. Por lo que para diseñar estrategias de intervención política con un horizonte transformador, necesariamente debemos articular estos conceptos y englobarlos en una praxis no dominante en donde subjetividad, imaginarios, acumulación de fuerzas y estructuras formen un todo coherente, de acuerdo al las claves del contexto del que se trate.

Para terminar y a modo de homenaje hacemos nuestras aquellas bellas palabras que en 1938 y ya promediando el desenlace de la guerra, exclamaba Emma Goldman: “La colectivización de las industrias y de la tierra se nos aparece como la más grandiosa realización de todos los periodos revolucionarios de la historia. Además, aunque Franco venza y los anarquistas españoles caigan exterminados, la idea que ellos han lanzado, seguirá viviendo”

Y tal es así que hoy, a 80 años, todavía seguimos levantando su legado como bandera.

Diego Naim Saiegh

Notas

[1] Michel Foucault. “Historia de la sexualidad 1. La voluntad del saber”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1984.

[2] CILEP (Centro de Investigaciones Libertarias y Educación Popular) Colombia. “Anarquismo y Poder Popular” Extraído de anarkismo.net article/12227 (2009)

[3] Mijail Bakunin. Citado en “La filosofía política de Bakunin” de G.P. Maximoff. The free press, Glencoe, Illinois, 1953.

[4] Mijail Bakunin. “Oeuvres”, tomo VI, publicado por P.V. Stock. París, 1895/1913.

[5] “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista” (M.G.) artículo aparecido alasbarricadas.org, Octubre 2013.

[6] Eduardo Colombo. “Historia del movimiento obrero revolucionario” (Compilación), Libros de Anarres, Buenos Aires, 2013.

[7] Pierre Broué y Émile Temime. “La revolución y la guerra en España” Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[8] Pierre Broué y Émile Temime. Op Cit.

[9] Jesús Aller. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015

[10] Eduardo Colombo. “El Estado como paradigma de poder”. Revista Utopía, Buenos Aires, 1985.

[11] Cornelius Castoriadis. “Los dominios del hombre: Las encrucijadas del laberinto”, Barcelona, Gedisa, 1988

[12] Cornelius Castoriadis. “El avance de la insignificancia”, Buenos Aires, Eudeba, 1997.

[13] Cornelius Castoriadis. “La sociedad burocrática”, Barcelona, Tusquets, 1976.

[14] Errico Malatesta. “Pensiero e Volontá” 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Ed. Proyección, Buenos Aires, 1974.

[15] Mijaíl Bakunin. “Carta a los compañeros de la federación de las secciones internacionales del Jura (1872)” Reproducido en “The life of Michael Bakunin (…)” Max Nettlau, Edición Privada, Londres, 1896-1900.

[16] Wayne Price. “La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas” 1º edición. Buenos Aires, Libros de Anarres, 2012.

[17] Juan García Oliver, citado en “Enseñanzas de la Revolución Española” de Vernon Richards. Madrid, Campo Abierto, 1977.

[18] Camilo Berneri. “Cuidado con la curva peligrosa” articulo del 5 de noviembre de 1936 aparecido en la publicación “Guerra di clase”, Barcelona, 1936.

[19] Diego Abad de Santillán. “Por qué perdimos la guerra”. Buenos Aires, ed. Imán, 1940.

[20] Josep Antoni Pozo González. “Poder legal y Poder real en la Cataluña de 1936. El gobierno de la Generalitat ante el Comité Central de Milicias Antifascistas y los diversos poderes revolucionarios locales” Ediciones Espuela de Plata. Barcelona, 2012.

[21] Gastón Leval. “Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista)”, Instituto Editorial Italiano, Milán, 1952.

[22] CNT. Congreso Confederal de Zaragoza, mayo de 1936. CNT, Toulouse, 1973.

[23] Daniel Guérin. “El anarquismo”, Ed. Proyección, Buenos Aires, 1973.

[24] Gastón Leval. Op. Cit.

[25] CNT. Op. Cit.

[26] Daniel Guérin. Op. Cit

[27] Andreu Nin. “Los órganos de poder y la revolución española” en Revue internationale du POUM, Nº 1, Barcelona-París, julio de 1937.

[28] Daniel Guérin. Op. Cit.

[29] René Lourau. “El Estado y el inconsciente. Ensayo de sociología política” Ed. Kairós, Barcelona, 1977.

[30] Wayne Price. “Por qué los anarquistas españoles perdieron la Revolución Española” Respuesta a “La Tradición Revolucionaria Anarquista” de Chris Day. Publicado en Love and Rage, Octubre/Noviembre de 1996. Traducción de José Antonio Gutiérrez D.

CNT, FAI y II República: la lucha ideológica dentro del movimiento anarquista

Por Borja Libertario

14 de abril de 1931: se ha proclamado la Segunda República española y, mientras, la CNT de Cataluña convocaba una huelga general para el día siguiente. Dicha acción se presentó con un manifiesto en el que se pedía la libertad de los presos y la revolución social, lo cual podía provocar un gran altercado con el resto de masas que celebrarían la llegada del nuevo régimen. Finalmente, la iniciativa se desconvocó después de una reunión mantenida entre la dirección de la CNT y Lluís Companys, por entonces Gobernador Civil de Barcelona. Con la nueva República salieron a la calle los presos políticos, los cuales engrosaron las filas de los cuadros sindicalistas, tanto de la CNT como de la UGT. A estos últimos se les añadía una juventud radicalizada, proveniente sobretodo de las masas de inmigrantes del sur de España que dejaban atrás una vida paupérrima en el campo y se enrolaban en las filas de la sociedad industrial.

Los dirigentes del nuevo régimen republicano sabían que la CNT –y más aún la FAI- podía suponer un grave problema para el devenir de la nueva forma de gobierno. Por esta razón, los distintos cabecillas republicanos comienzan a mantener contactos con “los buenos chicos de la CNT” para intentar conseguir que el sindicato revolucionario se acercara a posturas más reformistas y no tan demoledoras. La misma noche de la proclamación de la República, Francesc Macià mantuvo una entrevista con el dirigente sindicalista Ángel Pestaña donde intentó convencerle de que aceptase una consejería en la Generalitat de Catalunya. Ni lo consiguió con éste ni con Joan Peiró,y tuvo que conformarse con Martí Barrera, perteneciente al bando “moderado” del sindicato anarquista, al cual le concedió la Consellería de Treball i Obres Públiques. Los grandes líderes reformistas de la CNT nunca participaron en el gobierno de Cataluña, pero sí que lo hicieron –y en gran medida- muchos dirigentes de segunda fila, sobretodo en partidos como ERC, Estat Català, PSOE y PC. ERC fue sin duda el partido que más hizo por acercar a la CNT hacia la participación en la política mediante las vías legalistas y moderadas. Ante esta situación, el ‘purismo’ anarquista -alrededor de la FAI-  se lanzaba a la acción contra la dirección de la CNT, controlada aún por distintos elementos moderados.

Federica Montseny, antes de ser la Ministra de Sanidad y Asistencia Social, fue una de las máximas estandartes del anarquismo ‘faísta’ y ‘purista’. El 18 de septiembre de 1931 escribía lo siguiente en El Luchador:

Los compromisos contraídos con Macià por los dirigentes del sindicalismo, con vistas a la aprobación del famoso Estatuto, acaban de perfilar nuestro panorama: una vez Cataluña tenga Estatuto, iniciará una política social tolerante con los buenos chicos de la CNT, pero apretará los tornillos –frase de Companys- a los de la FAI, a los famosos extremistas… La CNT, catalanizada, vitaliciamente instalado su Comité Nacional aquí, se desentenderá del resto de España, como se ha desentendido ya de las huelgas de Sevilla y Zaragoza… Y aquí, en el oasis del Estatuto… una Confederación convertida en cuarta mano del nuevo Consejo de Ciento de Cataluña; una Confederación domesticada, gubernamentalizada, con una política de rama de olivo, de armonía entre el capital y el trabajo; una Confederación laborista al estilo inglés… En cuanto a la FAI… se le apretarán los tornillos.

Paralelamente, otro de los máximos estandartes de la facción “extremista” del movimiento anarquista, el que luego sería ministro de la República española, Joan García Oliver, hacía un llamamiento a la Revolución social en 1936. Así lo argumentaba:

“[En 1931] El régimen estaba sumido en la mayor descomposición; debilidad del Estado que aún no se había consolidado; un Ejército relajado por la indisciplina; una Guardia Civil menos numerosa; fuerzas del orden peor organizadas y una burocracia medrosa. Era el momento preciso para nuestra revolución. El anarquismo tenía derecho a realizarla, a imponer un régimen propio de convivencia libertaria… Decíamos nosotros, interpretando aquella realidad: cuando más nos alejamos del 14 de abril, tanto más nos alejamos de nuestra revolución, porque damos al Estado el tiempo para reponerse y organizar la contrarrevolución”.

La FAI y toda la izquierda del movimiento anarquista consideraban la República recién instaurada como una entidad burguesa, la cual había que superar con el comunismo libertario mediante una escalada insurreccional a cargo de la clase obrera. Esta tendencia tuvo su mayor aceptación en Cataluña. La oleada migratoria desde los años veinte, en su mayoría obreros consumidos por la más estricta pobreza del sur de España, se ilusionó con aquella “revolución inmediata” y con el mesianismo que desprendían los discursos de la FAI. Aunque muchos de los faístas eran catalanes, la mayoría de quienes abrazaron la ortodoxia anarquista provenía de Andalucía y Extremadura, mientras quienes fueron adeptos del reformismo treintista eran sindicalistas autóctonos de Cataluña.

La lentitud de las reformas sociales y las trabas que ponía el nuevo gobierno republicano al sindicalismo revolucionario hizo crecer aún más el radicalismo faísta entre las filas del movimiento obrero. Así lo expresó Abad de Santillán durante el exilio (1956):

“(…) No había ningún cambio de fondo; se exigía siempre obediencia, resignación, una fe imposible en el genio de los encumbrados en los puestos de mando… La divergencia histórica entre los socialistas, amparados en el marxismo, y los anarquistas, se agudizó al ingresar los primeros en el gobierno republicano, y al aprovechar esta contingencia en beneficio del partido… para restar gravitación a la Confederación Nacional del Trabajo”.

El Congreso Nacional de 1931: cómo abordar la relación con la República

En 1931, en Madrid, se llevó a cabo un Congreso Extraordinario de la CNT en el que se debatió y decidió la estrategia y táctica a seguir para con el nuevo régimen republicano. La sesión la abrió Ángel Pestaña ante más de medio millón de afiliados y 511 sindicatos. En el encuentro se debatió arduamente sobre la participación de elementos cenetistas en las conspiraciones antimonárquicas durante la Dictadura de Primo de Rivera, como preámbulo del  colaboracionismo con el republicanismo, así como la posición de la CNT frente a la Segunda República española concretamente. El anarcosindicalista gallego José Villaverde salió a la palestra para decir que las nuevas Cortes republicanas eran en sí un hecho revolucionario y que el movimiento anarquista había participado en su consecución. Ante estas declaraciones, que muchos consideraron una provocación, se alzaron voces ‘radicales’ acusándolo de “colaboracionista”; de hecho, incluso instaban a que ni siquiera se les hiciera peticiones a las nuevas instituciones para que no implicara así su reconocimiento. Germinal Esgleas, anarquista y marido de Federica Montseny, acusó a la CNT de “abandonar los principios de 1919” y también el sector individualista del anarquismo, representado por Progreso Fernández, acusó de “francamente colaboracionista” a todo lo que allí se estaba debatiendo en torno al régimen republicano. Otro de los temas más discutidos en el Congreso fue la consideración, por parte del sector moderado de la CNT, de organizar el anarcosindicato en distintas Federaciones de Industria. Pese a su agudo debate, terminó aprobándose por 302.343 votos a favor contra 90.671, con una abstención de 10.957. La FAI, con voz de Joan García Oliver, se opuso firmemente a tal tipo de organización aludiendo que era de “modelo alemán” y que la CNT debía ser “una organización puramente española para que sus pueblos se preparasen para hacer la revolución”. Además de añadir que las federaciones de industria “matan las masas que nosotros tenemos para embestirlas contra el Estado”.

Todo este radicalismo debía ser apaciguado por las fuerzas del orden público ya que suponía un verdadero problema para la República. Tanto Miguel Maura, Ministro de Gobernación (Interior), como Lluís Companys, Gobernador Civil de Barcelona, pretendían que la CNT entrara por los cauces legales y pacíficos, que se atuviera a la ley y a “no crear problemas a la República”. Ante la imposibilidad de estas pretensiones, los dos políticos republicanos llegaron a la conclusión de que “con la CNT no había trato posible”.

Moderados y radicales: una pugna por el poder

Desde la posición moderada del movimiento anarquista no se compartía el criterio de preconizar la revolución continuamente “sin saber lo que se quiere después”. Desde esta posición se denunciaba a todo ese sector anarquista –y marxista- que hablaba de la necesidad de la revolución inmediata. Los distintos sindicatos de la CNT, sobretodo en Cataluña, se comenzaron a llenar de ‘radicales’ faístas que pretendieron impedir que la CNT cayera en el abismo reformista y de transigencia con el Gobierno, y que ese criterio reformista se apoderase de toda la organización. Pero hizo la República más por acrecentar el radicalismo dentro de la central anarcosindical que los propios elementos de la FAI. Si en teoría existía libertad sindical para la clase obrera, en la práctica, las actuaciones de la CNT se vieron muy restringidas por las leyes republicanas. Las detenciones de militantes, la clausura de ateneos, el cierre de periódicos, la deportación de trabajadores a África, etc. Toda esta situación fue la principal causa que favoreció el triunfo de los métodos radicales y la hostilidad creciente hacia el nuevo régimen republicano. De forma progresiva, los dirigentes cenetistas moderados que dominaban la CNT desde los Pactos de San Sebastián fueron siendo relevados de sus puestos por militantes más allegados al purismo anarquista y a la FAI. El faísmo se adueñaba del movimiento anarquista y personajes como Joan García Oliver se convertían en líderes por excelencia de esa tendencia radical y revolucionaria que tanto atraía a la juventud murciana afincada entonces en el cordón industrial catalán. Ante esta nueva situación, el sector moderado se ponía manos a la obra y redactaba, en agosto de 1931, lo que llamaron El Manifiesto de los Treinta, el cual pretendía redirigir el rumbo de la CNT hacia un camino donde se reafirmara la República mediante el reformismo social. Para el sector faísta, tal manifiesto no solo era un error, sino una traición al movimiento. El mismo día que se firmaba el manifiesto se declaraba una huelga de hambre de presos anarquistas en la cárcel Modelo de Barcelona para denunciar los malos tratos que sufrían y, semanas después, el 3 de septiembre, Barcelona quedaba totalmente paralizada a causa de la huelga a favor de los presos políticos. La Guardia de Asalto arremetió contra los locales anarquistas de Barcelona, detuvo a 300 militantes y asesinó a tiros a tres cenetistas delante de la Jefatura de Policía de Vía Layetana. Estos sucesos no hicieron más que dar alas al sector radical y a la FAI, dejando en relieve la imposibilidad de una coexistencia pacífica entre el sindicalismo revolucionario y el Estado. Los elogios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) al manifiesto treintista dieron pie a que el sector purista viera confirmada la desviación ideológica que estaba sufriendo parte del movimiento. Se acusó a Ángel Pestaña y a Joan Peiró de querer convertir la CNT en un apéndice de la Generalitat. Comenzaba el intercambio de malas palabras entre diferentes militantes: Ricardo Sanz hablaba de “los treinta judas” y estos respondían con la “dictadura anarquista” que supuestamente impondría la FAI si triunfara la revolución. El 21 de septiembre de 1931 ya se pudo decir que la FAI había tomado el poder completo del movimiento anarquista, en tanto que había conseguido dominar la redacción de Solidaridad Obrera después de una larga infiltración en comités y juntas. A partir de aquí, y hasta el fin de la Guerra Civil, se comenzó a ver -por parte de un sector anarquista- a la FAI como un verdadero partido político. Progreso Fernández en Cuadernos de ruedo ibérico decía:

La FAI ha tenido tres etapas: la primera fue la de su fundación; los compañeros tenían un mínimo de convicciones anarquistas… Después de la proclamación de la República, empezó a articularse de una forma que a muchos no nos convencía; se creó un comité peninsular que se tomaba atribuciones… Al querer aglutinar a mucha gente, la FAI tuvo una actuación que no respondía a la idea por la cual fue fundada… Yo dejé de pertenecer a la FAI en 1935, cuando volví de la deportación, porque se veían ya tendencias autoritarias. La tercera época de la FAI ya la conocen todos. Dejó de ser una asociación anarquista para convertirse en un partido político.

Los Sindicatos de Oposición y la Alianza Obrera

El clímax de las divergencias ideológicas dentro del movimiento anarquista llegó con la creación de los Sindicatos de Oposición en enero de 1933, siguiendo la línea ideológica treintista, y a raíz del fracaso insurreccional de la FAI. Más de cuarenta sindicatos firmaron el manifiesto de constitución de los citados. El principal objetivo era alejarse de una CNT dominada por la FAI. Concretamente en Cataluña, la reorganización del sector moderado y treintista se hizo rápidamente con la creación de la Federación Sindicalista Libertaria, organización con la cual pretendieron oponerse con las mismas armas a la FAI. Las divergencias fueron tales que, tras las infructuosas intentonas -por parte de Manuel Buenacasa y Eleuterio Quintanilla- de tender puentes entre la FAI y los Sindicatos de Oposición, se comenzó incluso a utilizar los términos “anarquista” y “sindicalista” como insulto.

En julio de 1934, tras el fracaso insurreccional faísta en diciembre de 1933, se produjo el primer congreso de la FSL, con Juan López como Secretario General. A raíz de este congreso se propuso la creación de una “alianza obrera” que aglutinase a la FSL junto con la UGT catalana, el BOC (Bloc Obrer i Camperol), Izquierda Comunista y la Unió de Rabassaires. Aunque al principio la CNT se negó al diálogo por la presencia del BOC (marxistas), de forma paulatina la Confederación fue estrechando lazos con la Alianza Obrera para lo que debía ser la ‘nueva’ revolución; la cual se produciría en la cuenca asturiana en octubre de 1934. Durante los primeros meses de 1934 las reuniones y alianzas -sobre todo por parte de la CNT con la UGT- se fueron sucediendo sin cesar, creando, o al menos intentándolo, un movimiento obrero y de izquierda para hacer frente al avance del fascismo (el cual ya estaba dominando Alemania e Italia, y en España –de mano de la CEDA-) y enfrentar un cambio político “que no fuera un simple cambio de poderes sino la supresión del Estado y el capitalismo”.

El Frente Popular

En 1935, durante el llamado Bienio Negro, el sector treintistacomenzó su campaña a favor de la reunificación de las dos tendencias anarquistas de la CNT. Poco a poco los moderados que habían sido expulsados los años anteriores comenzaron su progresiva entrada de nuevo en la Confederación. Con la CEDA en el gobierno republicano, el movimiento anarquista había ido perdiendo cada vez su criterio abstencionista de cara a las elecciones generales. Con Peiró a la cabeza se fue poniendo de relieve las diferencias notables que podían haber, para con la clase trabajadora, si el gobierno era de un color u otro. Se comenzaba a calificar de “monstruoso” el abstencionismo, ya que este podía provocar que la inacción (electoral) obrera diera la victoria al fascismo. El propio Peiró decía: si surgiera un frente electoral de clase contra el fascismo que ahora nos gobierna (refiriéndose al gobierno de la CEDA), yo, por primera vez en mi vida, votaría.

A partir de la gran represión desencadenada a raíz de la frustrada Revolución de Asturias en 1934, las izquierdas moderadas, así como las dos tendencias anarquistas, fueron cada vez más hacía una confluencia política para aunar fuerzas contra el Gobierno de la CEDA. La CNT-FAI, a raíz del Congreso regional catalán de enero de 1935 dejó de lado la campaña abstencionista, pero sin llegar a pedir el voto para el Frente Popular. Las dos razones que llevaron a esta posición por parte del movimiento anarquista fue la necesidad de sacar de prisión a los 30.000 presos políticos que llenaban las cárceles del Estado y acabar con el gobierno derechista de la CEDA. El propio Comité Peninsular de la FAI “quedó partido en dos”, entre los que promulgaban aún la campaña abstencionista y los que no; estos últimos liderados por grandes personalidades del anarquismo como Buenaventura Durruti, Abad de Santillán y Joan García Oliver. El 23 de febrero de 1936, el Frente Popular (Front d’Esquerresen Cataluña) ganaba las últimas elecciones demócratas de la Segunda República española.
Los presos y presas políticas salieron de prisión y las dos tendencias dentro del movimiento anarcosindicalista se “fusionaron” ante la necesidad de dar respuesta a la ya esperada reacción facciosa tras el triunfo de las izquierdas.

Silencio, se rueda cine libertario II

Como ya vimos en la primera parte de este artículo, el cine y la construcción ideológica colectiva están siempre dándose la mano. Hicimos un recorrido a través de la biografía del director anarquista Armand Guerra, y también se describieron las principales acciones que llevó a cabo la industria cinematográfica de la CNT durante el periodo de la Revolución Social española.

Para continuar dando a conocer este aspecto histórico-cultural tan desconocido entre nosotras a día de hoy, esta segunda parte del artículo versará en la presentación a modo de reseña de cuatro películas seleccionadas de distintos directores, producidas en el periodo mencionado entre 1936-1937. La conservación de las mismas ha tenido una ardua labor, principalmente en los años 90 del pasado siglo, tratando de recuperar los metrajes y limpiarlos para que quedara una calidad de imagen razonable. Además, cada reseña filmográfica irá acompañada de su correspondiente enlace web para poder ver cada una de las películas presentadas a continuación. Acomodaos en vuestros asientos y disfrutad del cine libertario.

Aurora de Esperanza

Largometraje que se conserva incompleto, tan solo 57 minutos. Esta película fue producida en 1937 por SIE Films, la industria cinematográfica autogestionada por trabajadores de la C.N.T. Dirigida por Antonio Sau, quien también realizó el guión de la misma. Entre los destacados intérpretes encontramos a: Félix de Pomés, Enriqueta Soler, Pilar Torres, Ana María Campoy, Román González "Chispita", Modesto Cid o José Sanchiz. Un elenco técnico también destacable entre otros: Adrián Porchet, director de fotografía, o Jaime Pahissa, creador de la música original.

Sinopsis: La película es un melodrama de inspiración anarquista sobre la desesperada situación de la clase obrera y las reivindicaciones sociales hasta el inicio de la Revolución social. Juan es un obrero que al volver con su familia de las vacaciones encuentra que la fábrica ha cerrado y despedido a todos los trabajadores. Desde este momento inicia un largo calvario que le lleva a la desesperación y le sumerge en la miseria y el hambre a su familia. El protagonista envía a su familia para que sobreviva en el pueblo, sin embargo, Juan se indignará ante el conformismo social, y tras un mitin, organiza una Marcha del Hambre entre los obreros parados. Pero lo que Juan y el resto de trabajadores no esperaban es que pocos días después estalle la revolución social.

Barrios Bajos

Producción cinematográfica realizada también en 1937 por SIE Films, Sindicato de la Industria del Espectáculo, de 94 minutos de duración. Dirigida por Pedro Puche sobre un guión basado en la obra original de Lluís Elías. Los principales intérpretes de este filme son: José Telmo, Rosita de Cabo, José Baviera, Rafael Navarro, Pilar Torres, Matilde Artero y Eduardo Garro. La música orquestal fue compuesta e interpretada por la Sinfónica del SIE, destacando la canción principal de título como la película: Barrios Bajos; interpreta al principio del filme. La fotografía fue creada por José María Beltrán. La temática se encuadra en el drama social y la intriga. La obra de teatro original había sido estrenada por la compañía Vila-Daví en el Teatro Español. La película fue estrenada en Barcelona el 24 de mayo de 1937, en los cines Coliseum, Fémina y Francisco Ferrer; y en Madrid el 19 de julio del mismo año.

Sinopsis: Ricardo es un joven pequeño-burgúes, que sorprende a su mujer con otro hombre y, tras un arrebato de celos, mata al amante de un disparo. Después de huir, se esconde en un café de barrios bajos, donde vive un antiguo amigo suyo, "El Valencia", un conocido obrero del puerto de Barcelona. "El Valencia" le acoge y protege de la curiosidad de Floreal, un peligroso proxeneta. La alcahueta de Floreal acecha a la joven Rosa, que es doncella de un marqués, y quieren captarla para prostituirla, sin embargo ésta acaba trabajando en el café-pensión donde se hospeda “El Valencia”. Este bonachón y bruto obrero la protegerá y adoptará casi como a un padre, pero más tarde tendrá que vérselas con Floreal y su intento por raptar a la joven.

Nuestro culpable

Es una película producida en 1937 por Centro Films/FRIEP-CNT, del director y también guionista Fernando Mignoni. Los principales intérpretes son: Ricardo Núñez, Charito Leonís, Rafael Calvo, Carlos del Pozo, Ana Siria, Irene Caba Alba, Fernando Freyre de Andrade. La fotografía corresponde a Tomás Duch y el apartado musical a Sigfredo L. Ribera. La duración aproximada es de 87 minutos. Fue estrenada en Madrid, en el cine Avenida, el 21 de marzo de 1938.

Sinopsis: Se trata de una comedia musical que, a través del humor disparatado, ironiza sobre las relaciones entre la justicia y la sociedad burguesa. "El randa", es un simpático caco que roba en casa del conocido banquero Urquina, sin embargo le descubre Greta, la amante del banquero, la cual esconde su identidad puesto que había entrado también en la casa a robar dos millones de dólares a su amante. La mujer le deja escapar y además le da algo de dinero, pero “El randa” será detenido por la policía al día siguiente. Entonces es llevado a prisión y mantenido cómodamente por el banquero Urquina, temeroso de que se destape la verdad sobre el robo en su casa. De esta manera nuestro simpático caco vivirá peculiares aventuras en prisión, e incluso conseguirá fugarse hasta que se resuelva el misterio del dinero desaparecido.

Carne de fieras

Película filmada en 1936 por Armand Guerra y recuperada en el verano de 1991, la película existe ahora gracias a la reconstrucción promovida por el Patronato Municipal Filmoteca de Zaragoza y realizada por Ferrán Alberich. Se terminó de filmar en agosto de 1936, tras haber sido suspendida su producción y reanudarla con el apoyo del sindicato CNT, dado que de su filmación dependía el sueldo de muchas familias. Se trata de una película del género del drama social y romance, con una duración de 71 minutos de metraje. El reparto está encabezado por los siguientes actores y actrices: Pablo Álvarez Rubio, Marlène Grey, Georges Marck, Tina de Jarque, Alfredo Corcuera, Armand Guerra.

Sinopsis: El film se desarrolla en el ambiente del mundo del espectáculo. Cuenta la historia de Pablo, un boxeador enamorado de su esposa Aurora. Esta mantiene una relación adúltera con un cantante de cabaret. Cuando Pablo sorprende a los amantes solicita el divorcio y entra en una profunda depresión que le llevará a perder un combate de boxeo. Es entonces cuando conoce a Marlene, una artista de variedades, cuya actuación consiste en bailar desnuda en una jaula con cuatro leones y que está unida sentimentalmente a su compañero de trabajo, el domador Marck. Pablo propone matrimonio a Marlene, pero esta no se atreve a dejar al domador.

Listado de películas conservadas en filmotecas.

A pesar de la labor de recuperación de las cintas producidas por la Industria Cinematográfica de la CNT, muchas no han podido ser localizadas o todas las copias fueron destruidas o extraviadas. No obstante, y además de las cuatro películas que se han reseñado en este artículo, la lista de documentales (la mayoría) y filmes que podemos encontrar de los años 1936-1938 es la siguiente:

  • Alas Negras
  • Amanecer sobre España
  • Ayuda a Madrid
  • Bajo el signo libertario
  • Barcelona trabaja para el frente
  • División heroica
  • El cerco de Huesca
  • El Ejército de la Victoria. Un episodio: Casa Ambrosio
  • El entierro de Durruti
  • El frente y la retaguardia
  • El General Pozas visita el Frente de Aragón
  • En la brecha
  • La batalla de Farlete
  • La conquista de Carrascal de Chimillas
  • La Columna de Hierro (hacia Teruel)
  • La silla vacía
  • La toma de Teruel
  • La toma de Siétamo
  • Los Aguiluchos de la FAI por tierras de Aragón (Números 1, 2 y 3)
  • Madrid, tumba del fascio
  • Nosotros somos así
  • Reportaje del movimiento revolucionario en Barcelona
  • Solidaridad del pueblo hacia las víctimas del fascismo
  • Teruel ha caído
  • Un pueblo en armas (Fury over Spain)
  • 1937: Tres fechas gloriosas
  • 20 de Noviembre

Silencio, se rueda cine libertario I

 

Introducción. Cine y la construcción de ideología.

La premisa fundamental del cine es que las imágenes no son inocentes. Toda película influye en el modo que una persona tiene de percibir las cosas, influye en la concepción que tiene de sí misma y del mundo que le rodea. Genera hábitos, normas de comportamiento, mentalidades, formas de vida, mitos, en definitiva, imágenes que constituyen la ideología.

Según el ensayista francés Marcelin Pleynet, la aparente neutralidad de la cámara es continuadora de los códigos de representación creados por la clase social dominante que la elabora. Además, según el realizador francés Jean Paul Fargier, podemos encontrarnos muchas veces con películas que aunque resulten difíciles atribuirles intencionalidad política, perpetúan una ilusión y una representación de la realidad preexistente que se quiere difundir.

Por lo tanto, la acción política del cine se construye desenmascarando esta manera de hacer cine. Es necesaria la búsqueda de romper la forma tradicional de hacer cine e investigar en las formas del discurso, identificando el compromiso político con la investigación artística y tomar como ejemplos significativos los trabajos realizados por las vanguardias, debido su carácter de rechazo a los procedimientos visuales establecidos. El cine, por lo tanto, debe ser el reflejo del mismo proceso que lo hace posible, tratar de unirse a la lucha social a través de nuevos caminos, presentando el cine como lo que es, un conjunto de imágenes y sonidos.

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Biografía de Armand Guerra, director de cine anarquista 

Tras esta introducción ahora vamos a sumergirnos para conocer a un desconocido cineasta comprometido con los valores libertarios, un cineasta militante que buscó nuevos caminos para contar historias con una cámara cinematográfica.

José Estívalis Cabo nació en Valencia en 1886, su vida es difícil de rastrear debido a la falta de documentos. Nacido en el seno de una familia de campesinos, de joven abandonó un seminario donde había ingresado, debido a su creciente sentimiento anticlerical. Trabajó como tipógrafo en Valencia y participó en huelgas de la CNT. Tras ser encarcelado por su militancia, huyó a Francia y a Suiza y contactó con círculos anarquistas.

Viajó a través de numerosos países e incluso participaría en la Semana Trágica[i], escribe en francés e italiano en algunas publicaciones con el pseudónimo José Silavitse y traduce textos anarquistas del alemán y del francés. En París y en Berlín empieza a dirigir cine y a trabajar también como actor bajo el pseudónimo por el que será conocido en la historia del cine: Armand Guerra. Concretamente en París, rueda diferentes películas de cine mudo como Les miséres de l’aiguille, Un cri dans la jungle, Le vieux docker, La Commune I, todas ellas con fondos de la cooperativa Le Cinéma du People. En los años veinte trabaja para la UFA, estudio cinematográfico más importante de Berlín. Hace todos los oficios de cine, como rotulador, director de doblaje, productor, realizador, guionista y actor. En 1925 trabaja en los primeros ensayos de cine sonoro y presenta en varios viajes a Valencia algunos documentales sonoros en 1926. En 1932, los visos del auge del nazismo en Alemania le hacen regresar a Madrid.

El golpe franquista de julio de 1936, contrarrestado por la respuesta popular, le sorprende en mitad del rodaje de su película Carne de fieras. El equipo cinematográfico se encontraba en Madrid; Armand Guerra, quiso abandonarlo todo y alistarse a la milicia o donde más falta hiciera. Sin embargo, pasados los primeros días, decidió que lo mejor era proseguir con el rodaje bajo la intención de que los trabajadores implicados en su producción, y los futuros trabajadores de las salas de proyección, mantuvieran sus sueldos, ya que se avecinaban tiempos de carestía.

A finales de 1936, realizó una serie de documentales en el frente, bajo el título de Estampas guerreras, de los que se ha perdido gran parte del material. Tras acabar este trabajo y haber luchado en el frente de guerra en la región de La Mancha, la CNT necesitó de su talento de orador y Armand Guerra abandonó la filmación. Era un conferenciante muy notable, de esta manera, en los primeros meses de 1937 mientras sus reportajes Estampas guerreras se proyectaban en Madrid, participó sin descanso en una serie de conferencias en el sur de Francia hablando sobre la Revolución social española[ii]. Además, Armand Guerra escribe A través de la metralla. Escenas vividas en los frentes y en la retaguardia en 1937. Con una hija en París, se exilia al acabar la guerra y fallece en París a causa de un aneurisma en 1939.

En 1942, en Perpignan, cuando los nazis invadieron el sur de Francia, su compañera hizo desaparecer los últimos escritos que le quedaban, temiendo que el pasado de este anarquista, que había vivido durante más de diez años en Alemania, aflorase de nuevo y pudiera ser el pretexto de posteriores represalias. Durante más de cincuenta años Armand Guerra permaneció en el olvido, hasta que su más reconocida película, Carne de fieras, es descubierta en 1992 por la filmoteca de Zaragoza. Su vida se puede reconstruir, mejor o peor, a través de sus artículos en la prensa libertaria, en revistas de cine, a través de los archivos policiales y de las filmotecas.

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Industria cinematográfica de CNT

Entre julio de 1936 y mayo de 1937 gran parte de la industria cinematográfica española pasó a manos de los trabajadores debido a la labor revolucionaria de la CNT y de la FAI, que abolieron la propiedad privada de los medios de producción.

Durante este periodo, la producción se multiplicó llegando a realizarse cerca de un centenar de películas en menos de un año, la mayoría de carácter documental sobre diversos aspectos de la Revolución social.

El entusiasmo revolucionario desatado organizó y propulsó todas las actividades cinematográficas y teatrales de Barcelona desde agosto del 36 hasta mayo del 37. Se comenzó este proyecto uniformando los salarios para todas las características de trabajo de las distintas ramas de la industria del cine. Se establecieron algunas medidas laborales como el subsidio de enfermedad, invalidez, vejez y paro forzoso. Todo este sistema organizativo permitió dar trabajo a unas seis mil personas y mantuvo abiertas 114 salas de cine, 12 salas de teatro y 10 salas de música.

En el plano político, la colectivización del cine supuso una nueva manera de entender el arte cinematográfico radicalmente distinta al sistema burgués y capitalista. No hubo un criterio único en el proceso creativo, no se impuso el dogmatismo entre bastidores ni detrás de las cámaras, además la situación bélica propició una nueva forma de hacer reportajes documentales al sacar las cámaras directamente a las calles para rodar lo que ocurría a su alrededor. Se había puesto en marcha la movilización popular para contar lo que veía el pueblo directamente, generando la contrainformación que sustituía a la información del poder.

La producción cinematográfica anarquista fue una experiencia única y sin antecedentes. Sin embargo, a pesar de ser uno de los grandes acontecimientos de nuestra historia silenciados y olvidados desde el régimen franquista hasta nuestro tiempo más reciente, es una labor encomiable recuperar toda esta información del pasado y difundirla en nuestros días como ejemplo de creatividad artística y organización laboral.

[i] Acontecimientos insurreccionales acaecidos en Barcelona en el verano de 1909, siendo desencadenante el decreto del primer ministro Antonio Maura de enviar tropas de reserva a las posesiones españolas en Marruecos, en ese momento muy inestables, siendo la mayoría de estos reservistas padres de familia de las clases obreras.

[ii] Proceso revolucionario que se dio tras el intento de golpe de Estado del 18 de julio de 1936 que desembocó en la Guerra Civil Española. Su principal base ideológica fue el anarcosindicalismo y el comunismo libertario de la CNT-FAI.