Comuna de Shinmin: La gran olvidada (I)

No son pocas las veces que, como anarquistas (o al menos, como analistas de la historia) hemos reconocido el gran valor y hemos exaltado las prácticas a contracorriente de las regiones libertarias de Ucrania y las colectividades españolas de la Guerra Civil. Tanto es así, que a veces, olvidamos mencionar la apoteósica pugna que tuvo lugar en el extremo oriente, concretamente al sur de la región de Manchuria, entre las actuales Corea del Norte y China.
Este proyecto comunista libertario, bañado en las ideas de Kropotkin y nacido en 1929, fue conocido como La Comuna de Shinmin (o Provincia Libre de Shinmin).

ANTECEDENTES HISTÓRICOS

Antes de abarcar el tema en sí, debemos remontarnos al contexto histórico y a la serie de causas que confluyeron en la comuna libertaria.

La Corea de finales del siglo XIX siempre estuvo bajo la bota del japón imperial y de su propio gobierno local, factor que contribuyó enormemente en sembrar el descontento generalizado y a potenciar el movimiento antiestatista y anticolonialista, por añadidura.

Esto nos lleva a que en 1894, al sur de Corea, estallara una revolución de caracter campesino contra todas las formas de poder monárquico que avasallaban constantemente al pueblo coreano, ya fueran japonesas, chinas o incluso, locales. Esta revolución se conoce históricamente como la Revolución Campesina de Dongha y sus consignas eran, ya entonces, próximas a las ideas libertarias, tales como: "por la igualdad de todos los hombres".
Por supuesto, esta revolución fue aplastastada por el imperialismo japonés.

El siguiente antecedente lo encontramos ya a principios del siglo XX.
En 1919, el 1 de Marzo, surge el Movimiento de Independencia de Samil, un levantamiento de caracter nacionalista apoyado por decenas de organizaciones anarquistas y que fue brutalmente reprimido y acallado, de nuevo, por la ocupación nipona, saldándose con aproximadamente 7500 muertos y 16000 heridos.

El tercer y último detonante lo encontramos en 1925, cuando el imperio japonés legisla la "Ley de Preservación de la Paz", que grosso modo, vino a poner de manifiesto que cualquier organización que tuviera como carácter combatir o cuestionar el nacionalismo japonés debía quedar prohibida. Por razones obvias, esto incluía a todas las organizaciones anarquistas tan presentes en diferentes ámbitos de la sociedad coreana de aquél entonces.

INFLUENCIAS ANARQUISTAS Y DESARROLLO PRE-REVOLUCIONARIO

Situándonos de nuevo allá por 1920, dos factores estaban siendo clave en la participación activa de la población en la política revolucionaria.

  1. Las condiciones materiales de la zona eran un caldo de cultivo idóneo para que estallase una revolución o un proyecto libertario de grandes magnitudes.
  2. El impulso revolucionario que supuso el retorno de exiliados como Baek Jeong-gi (un referente en la militancia anarquista coreana).

Las ideas anarquistas se acoplaban a todas las capas de la sociedad, expandiéndose. Los trabajadores estaban sumamente concienciados de que el imperialismo nipón tenía como único fin someter a su voluntad al pueblo coreano y, la burguesía local, tan sólo anhelaba independizarse con la intención de erigirse al poder.

A medida que aumentaba el impulso organizativo anarquista, paralelamente, lo hacian también las detenciones, los encarcelamientos y las ejecuciones (todo llevado a cabo por la policía ideológica japonesa).
Vemos algunos ejemplos en los 10 detenidos de Liga Bandera Negra, en 1925, por su militancia o en los 5 trabajadores, también detenidos, esta vez al año siguiente, por difundir un manifiesto de tendencias claramente libertarias.

La labor de expansión anarquista no solo se daba en la península, sino que también trataba de generar un apoyo internacional.
Un claro ejemplo de ello fue la creación de la organización "Revuelta" (Futeishya), en 1922, formada por algunos militantes anarquistas coreanos (como Park Yeol o Jeong Tae-sung) junto a militantes anarquistas japoneses en pleno corazón del imperialismo.
Esta labor internacionalista sirvió como revulsivo para crear la Federación Anarquista del Este, con organizaciones libertarias de multitud de paises del extremo oriental y del sudeste asiático, tales como: Corea, China, Japón, Taiwán, Filipinas, India y Vietnam.

En 1928 esta federación consiguió publicar un periódico (llamado "El Este") y aprobar la base teórica del "Manifiesto de la Revolución Coreana".
Su consigna principal era muy similar a la famosa "UHP". Decía así:

"Unámonos, proletariado de todo el mundo y sobre todo de las colonias del este para derrotar al capitalismo internacional e imperialista”

En 1925, en Taegu (Corea), numerosos anarquistas que volvían del exilio en japón conformaban organizaciones confraternizadas con otras, situadas al otro lado del océano.
Por ejemplo, los actos cooperativos entre la "Liga de los Revolucionarios" (Corea) y la "Sociedad de la Juventud Negra de Tokio" (Japón).

Dejando de banda por un momento el internacionalismo y retornando a la península, debemos destacar también los aportes teóricos de militantes coreanos de personajes como Yu Ja-myeong o Shin Chae-ho, articuladores de procesos federativos regionales basados en las ideas de Bakunin y Kropotkin.

Shin Chae-ho fue el escritor del anteriormente mencionado "Manifiesto de la Revolución Coreana", en un intento de organizar el movimiento anarquista.
Este Manifiesto consistía en un plan de acción y análisis dentro del contexto de guerra independentista y en la necesidad de organizar el movimiento anticolonial, así como profundizar en el conflicto de clases.

El escrito aportaba parágrafos tan interesantes como el siguiente (sobre distinguir entre revolución social y revolución política):

"La revolución en el pasado fue una revolución en el que la gente permaneció siendo gobernada al igual que antes, a pesar de que el poder de “A” fue trasladado a la fuerza de “B” por la llamada revolución, porque la gente  era esclava del estado y dominada  por  el  poder  de  la  clase privilegiada  que mantuvo  el  control  sobre  el pueblo.”

Un aporte sumamente significativo para la época, haciendo hincapié en que la revolución ha de ser "directa". Es decir, hecha por y para el pueblo.
El concepto de "nación" también es cuestionado. A cambio de este se glorifica el de "pueblo": "el pueblo es tangible y la nación no".

Este manifiesto, incitaba al levantamiento del pueblo en armas como único camino para su emancipación.

Con esta consigna y siguiendo las líneas de acción descritas por el planteamiento teórico de Chae-ho, surge, en 1924, la Federación Anarquista Coreana. Lo hace en la clandestinidad, debido a la persecución nipona.
La federación consigue expandirse hasta crear núcleos organizados a lo largo y ancho de la península, de los cuales destacan los situados en Seoul, Pyongyang, Manchuria e Icheon.
La principal labor que tendrá esta nueva organización será la de repartir propaganda y publicidad de índole anarquista con la intención de agitar a las masas. Pero esta no será su única función. También destacarán por impulsar la creación de sindicatos, movimientos estudiantiles y campesinos y, por una labor más (importantísima): organizarán las autodefensas activas y la resistencia contra la ofensiva imperialista de Japón

En 1929 tomarán el nombre de Federación Anarquista-Comunista de Corea (FACK) y uno de sus militantes más destacados, Kim Jong-jin propondrá impulsar la revolución en el norte de Corea, al sur de Manchuria, destinando todos los recursos de la FACK a ese lugar.


Hasta aquí la primera parte sobre la Comuna de Shinmin. Hemos tratado de sintetizar un poco los inicios, las causas y la tesitura del momento en los años precedentes a la desconocida revolución.

En la siguiente entrega traremos el desarrollo de la comuna y su caída y haremos algunos apuntes más que creamos necesarios.


Bibliografía:

  • Revolución anarquista en Corea - Emilio Crisi
  • El anarquismo en Corea - Hwang Dongyoun

[Recomendación] Origen y evolución de la moral (Piotr Kropotkin)

Chantal López y Omar Cortés

Portal OACA

Descarga del libro

La elaboración de la edición virtual de la obra que aquí presentamos no fue, para nada, labor sencilla. De hecho su captura y diseño nos llevo prácticamente todo un mes, trabajando, dependiendo de nuestro tiempo disponible, entre dos y cuatro horas diarias. Sin embargo, el valor de esta obra y nuestro inmenso deseo por publicarla, nos llevo a concretizar nuestro sueño.

Una vez más queda en evidencia la enorme utilidad de la Red de Redes en cuanto alternativa para la edición y difusión de textos. Ciertamente, realizar un tiraje de esta obra en papel, representaría una inversión que muy probablemente rebasaría los cien mil pesos, o sea una cantidad cercana a los diez mil dólares americanos, por un tiraje de tres mil ejemplares, y aparte debería contabilizarse el gasto de almacenamiento, puesto que tres mil ejemplares de esta obra con toda seguridad ocupan un espacio considerable. Pero, haciendo uso de la alternativa que representa la Red de Redes, todo se reduce a contar con la debida paciencia, y observar, lo más rigurosamente posible, un método de trabajo continuo, lo que conlleva a que tarde o temprano, el trabajo termina quedando la obra capturada y diseñada.

Para la realización de la presente edición virtual nos hemos basado en la edición publicada por la Editorial Americalee, el 20 de agosto de 1945.

Bien recordamos cuando encontramos el ejemplar que poseemos de esta obra póstuma del gran libertario ruso Pedro Kropotkin. Fue allá por el año de 1973 en la Librería Zaplana que se encontraba ubicada en la ciudad de México, en la calle de San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas) casi esquina con Independencia. La entrada de aquella librería era pequeña, pero adentro era realmente muy grande.

Acostumbrábamos ir con relativa frecuencia a esa librería, porque ahí encontrábamos cada joya que nos hacía brincar de alegría. Con respecto a la obra que aquí presentamos, recordamos haberla encontrado en un estante bastante escondido. El ejemplar se encontraba prácticamente cubierto de polvo. Cuando lo tuvimos en nuestras manos no dudamos ni un segundo y presurosos nos fuimos a pagarlo a la caja.

Posteriormente lo leimos con avidez quedando prácticamente hechizados por su contenido. Durante meses lo comentamos en nuestras charlas con amigos y conocidos, vanagloriándonos de poseer un ejemplar de esta joya.

Después, cuando iniciamos Ediciones Antorcha, pensamos en varias ocasiones editarlo pero, nunca pudimos hacerlo por el altísimo costo que ello representaba, asi que nos quedamos con las ganas y no es sino hasta ahora que, haciendo uso de este maravilloso instrumento de comunicación que es la Red de Redes, podemos llevar a la práctica nuestro viejo sueño de editar esta obra póstuma de Kropotkin que por desgracia quedo inconclusa ya que la muerte le impidió terminarla.

Pensamos que en los tiempos actuales, el recuperar los planteamientos de Pedro Kropotkin sobre la moral, no sólo vale la pena sino que es algo muy necesario para no perdernos en los laberintos interminables del autoritarismo prevaleciente.

Esperamos que esta obra despierte el interés en quien se acerque a hojearla, por adentrarse en un tema de indudable actualidad: la apremiante necesidad de reconstruir los valores morales que dan coherencia y cohesión a nuestra vida en sociedad.

[Recomendación] El Apoyo Mutuo

El otro día os presentaba un documental sobre la solidaridad internacional en la guerra civil de El Salvador. Para completar esta semana finalizo con una de las lecturas anarquistas básicas: El Apoyo Mutuo, por Piotr Kropotkin). En este fantástico escrito, el anarquista ruso analiza el papel de la solidaridad y el apoyo mutuo en los procesos evolutivos de las especies animales. De esta forma, desmintiendo la hipótesis de que la evolución depende en gran medida de la competición y la adaptación feroz, Kropotkin nos presenta una teoría científicamente comprobada mediante sus investigaciones empíricas: una teoría que proporciona conceptos claves para la praxis anarquista.

El Apoyo Mutuo: Un Factor En La Evolución (Piotr Kropotkin)

Anarquismo Verde, Ecología Radical y otras hierbas

Por Rzo, de Bitácora Anarquista

Desde sus inicios, el anarquismo siempre estuvo relacionado con ideales humanistas como la cooperación, la solidaridad, la unión y la armonía. Esos mismos ideales fueron inmediatamente a la ecología y su relación con el ser humano. Este breve artículo pretende explorar de manera general la relación del anarquismo y la ecología en el transcurso de la historia reciente.

Comencemos con Charles Fourier (1772-1837), uno de los precursores del anarquismo. Este pensador estuvo muy avanzado a su tiempo y se le considera un socialista utópico pues su meta era la armonía universal. Su teoría, llamada la “atracción apasionada”, postulaba que el universo estaría en relación con las pasiones humanas, y las reflejaría. Era posible de explorar las situaciones apasionadas del ser humano al observar el mundo animal y vegetal, y aplicando un razonamiento analógico a estas observaciones. Fourier se oponía a la centralización e industrialización de ciudades, que en su tiempo, crecían exponencialmente. El creía, en cambio, que el campo y las ciudades debían estar en constante interacción, una idea moderna que recién es tomada en cuenta, si bien se desconoce que Fourier fue el precursor.

Años mas tarde en Estados Unidos, Henry David Thoreau(1817-1862) relata en Walden, La Vida en los Bosques (1854) los dos años que vivió en una pequeña cabaña construida por él mismo. Su estancia le permite reconocer que la libertad humana depende de su contacto con la naturaleza. Walden llegaría a ser bastante famoso e influenciaría el anarquismo individualista, el anarco-primitivismo, y la ecología profunda posteriormente.

Treinta años después, en El apoyo mutuo: un factor en la evolución (1890-96) [i], el geógrafo anarquista Pedro Kropotkin (1842-1921), basándose en sus observaciones del reino animal, llega a la conclusión de que la cooperación y la ayuda mutua eran tan importantes en la evolución de las especies, que la competencia y la lucha por la supervivencia. Luego, en Campos, fábricas y talleres (1899), Kropotkin desarrolla las ideas de economía local, autosuficiencia, y descentralización. Esta visión radical contrastaba con la postura de comunistas y socialistas autoritarios que abrogaban por la industrialización y centralización.

Un contemporáneo de Kropotkin fue su colega francés, Eliseo Reclus (1830-1905), quien se auto-calificaba como “geógrafo pero ante todo anarquista” y quien fue uno de los precursores de la geografía social. Reclus apoyaba la conservación de la naturaleza, era vegetariano, y condenaba la crueldad hacia los animales. Historia de un arroyo (1869) e Historia de una montaña (1875) son algunas de sus obras que demuestran su preocupación por la ecología. Reclus pregonaba que “el hombre es la naturaleza que toma consciencia de si misma.” Depende del ser humano, el progreso social y natural del planeta. Esta visión humanista y ecológica se oponía al pensamiento neomalthusianista de la mayoría de sus contemporáneos. Junto con Kropotkin y Carlo Cafiero, Reclus estableció las bases del comunismo libertario, sistema de organización social cuyos principios concordaban con el anarquismo. Reclus también es conocido por su frase: “la anarquía es la máxima expresión del orden, basado en cosas naturales, sin coacciones ni violencia”.

En el ámbito teórico del anarquismo social, desde Kropotkin y Reclus hasta Murray Bookchin, quién describo a continuación, hubo un gran vacío de unos 50 años a causa del olvido de estos dos grandes teóricos libertarios y las ideas anarquistas en general.

Murray Bookchin (1921-2006), historiador, filosofo, orador, y por mucho tiempo anarquista, se concentró en resolver problemas ecológicos, los cuales argumentó son causados por los sistemas de dominación de la sociedad humana. En 1964 publicó el ensayo Ecología y Pensamiento Revolucionario donde reivindica una ecología política y radical y la relaciona con el anarquismo; mas tarde la llamaría “Ecología Social”.

La ecología social se basa en la premisa que los problemas ecológicos actuales son consecuencia de problemas sociales, específicamente problemas causados por sistemas jerárquicos de dominación. Bookchin argumenta que para resolver los problemas ecológicos, no basta con acciones individuales (tales como el consumo responsable) si no la acción colectiva de la sociedad y la destrucción de los sistemas de dominación (el estado, el capital, y todo tipo de jerarquías dentro de la sociedad). A lo largo de su vida, Bookchin luchó contra el ambientalismo que siempre tuvo tintes reformistas y estuvo ligado al estado, y que además fallaba en identificar la raíz de los problemas ecológicos.

La ecología social de Bookchin estaba intrínsecamente ligada al anarquismo social. Las ideas de Kropotkin tuvieron una gran influencia en Bookchin, al igual que la revolución española de 1936. Extrañamente, Bookchin nunca menciona ni describe el pensamiento de Eliseo Reclus. Es bastante probable que la falta libros de Reclus en ingles sea la causa de este fenómeno; y por lo tanto, los dos teóricos llegaron a casi las mismas conclusiones.

Bookchin escribiría en 1997 el ensayo Anarquismo social o anarquismo estético donde criticaría y desafiaría la postura individualista y narcisista de algunos que se autodenominan anarquistas y que reniegan del anarquismo social y organizado. Bookchin criticaba específicamente a formas de anarquismo individualistas, primitivistas, y posmodernistas, representadas por filósofos como John Zerzan y Hakim Bey, dos personajes que valen la pena describir.

Por un lado, John Zerzan es el mas conocido pensador del anarco-primitivismo. Sus escritos critican y condenan la civilización como inherentemente opresiva, y busca inspiración en los modos de vida de cazadores y recolectores. Sus teorías son consideradas absurdas por muchos puesto que implican el aniquilamiento de millones de personas y el repudio de todos los avances científicos y tecnológicos desde la era paleolítica.

Por otra parte, Hakim Bey es el pensador mas conocido del anarquismo posizquierdista. Influenciado por la Internacional Situacionista, el anarquismo posizquierdista critica la relación del anarquismo con el izquierdismo tradicional. Bey propone la creación de zonas autónomas temporales, donde una sociedad libre pueda existir aunque sea por un breve momento, en lugar de estar “esperando la revolución”.

Podemos hablar de anarquismo verde? En realidad, no ya que es un termino demasiado flexible pues puede amparar a anarquistas que tienen una gran preocupación por la ecología social como Bookchin hasta a anarco-primitivistas y anarquistas anti-civilización como Zerzan. Es común que las ramas del anarquismo sean así de flexibles puesto que ningún anarquista aceptaría teorías absolutas que no puedan ser debatidas, pero también es cierto que las teorías de Zerzan y Bey tienen muy poco que ver con un anarquismo social; el único que tuvo un impacto real en la sociedad. También se podría argumentar que Zerzan y Bey no son anarquistas, ya que como diría Bakunin: «libertad sin socialismo es privilegio e injusticia; socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad» o «no soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres». Si este es el caso, se podría denominar anarquismo verde únicamente al pensamiento humanista, socialista, y libertario de Kropotkin, Reclus, y Bookchin.

Es curioso tomar en cuenta que la mayoría de anarquistas en el mundo no se consideran estrictamente anarquistas verdes, ni anarcosindicalistas, ni anarcoindividualistas, ni tampoco anarcofeministas. Estos son términos utilizados para explicar tendencias que forman parte del anarquismo, el cual engloba demasiadas variantes que se entrelazan entre sí y que por lo tanto no son absolutas.  David Graeber, en su libro Direct Action: An Etnography, precisa que 90% de anarquistas en Estados Unidos pertenecen a la categoría “anarquista sin adjetivos”, puesto que solo 10% están de acuerdo a identificarse con alguna variante. [ii] Por otro lado, afuera de los Estados Unidos, existe una gran cantidad de organizaciones que prefieren reivindicar el “comunismo libertario” en vez del anarquismo. Aun así, la mayoría de estas organizaciones comparten la preocupación ecológica como el resto de anarquistas.

Kropotkin, Reclus, y Bookchin fueron los principales pensadores del anarquismo verde, pero no son los únicos que teorizaron sobre una revolución social y ecológica. Autores contemporáneos como Peter Gelderloos, autor de Como La No-Violencia Protege al Estado, también ha escrito sobre como sería una sociedad anarquista y ecológica, teniendo en cuenta el nivel de la tecnología hoy en día.

En An Anarchist Solution to Global Warming (Una Solución Anarquista al Calentamiento Global), Gelderloos bosqueja como sería una sociedad ecológica organizada por anarquistas, una versión actualizada del comunismo libertario de Kropotkin, Reclus y Cafiero. En una sociedad de este tipo, la extracción y el consumo de combustible fósil tendría que detenerse completamente. La industria agro-alimentaria tendría que ser reemplazada por el cultivo de alimentos a nivel local. La mentalidad del valor agregado, la acumulación, producción, y consumos, en otras palabras la mentalidad del libre mercado seria reemplazada por “la descentralización, la asociación voluntaria, la auto-organización, la ayuda mutua, y la no-coercion” [iii], valores que han funcionado a través de la historia de la humanidad exitosamente.

Visiones como esta son necesarias para prever que cambios debemos lograr nosotros mismos, aquí y ahora, para que cuando vivamos sin capitalismo ni estado, podremos resolver colectivamente los problemas ecológicos que afronta el planeta. De lo contrario, estaremos propensos a caer en los mismos malos hábitos de siempre, a tomar mas de lo que necesitamos del planeta y hundirnos en un abismo sin fin de extracción y consumo que solo puede a la larga destruir al ser humano y su entorno natural.

Extrañamente, la vigencia del anarquismo social no han resultado en la popularidad de sus ideas ni de sus principales teóricos. La propaganda anarquista es, como siempre lo ha sido, imprescindible para la diseminación de las ideas libertarias. De lo contrario, se deja el campo abierto a ideas reformadoras, autoritarias, o parlamentaristas, que no podrán cambiar radicalmente la sociedad.

Lecturas Recomendadas:

[i] Estas fechas corresponden a la publicación de cada capítulo que fue publicado como una serie de ensayos en la revista británica literaria “Nineteenth Century”.

[ii] Graeber, David. Direct Action: An Etnography, pagina 216. De acuerdo a estadísticas que corresponden a las visitas a infoshop.com, el portal web mas concurrido en Estados Unidos.

[iii] Gelderloos, Peter. An Anarchist Solution To Global Warming.

Desmontando el Darwinismo Social

Charles Darwin fue el primero en interpretar la 'evolución' como un proceso mediante el cual las variaciones y la selección natural determinan la preexistencia o la desaparición de individuos. La selección natural es el proceso de supervivencia de los organismos cuya variabilidad los hace más aptos para vivir en cierto medio particular, y que a través de éste proceso, las poblaciones se alteran y aparecen especias nuevas, con la adaptación necesaria para sobrevivir en el medio.

Esta propuesta, que pretende explicar el origen y la evolución de todas las especies existentes, fue acogida con entusiasmo, en el siglo XIX, por el público de los países imperialistas y colonialistas. Encontraron en Darwin, gracias a una errónea extrapolación de su teoría, una justificación teórica y magnífica acerca del dominio y del reparto del mundo. Surgió el darwinismo social.

El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que surgió a partir de la selección natural y de la despiadada lucha por la supervivencia de Darwin. Es la creencia de que la evolución social puede ser explicada a través de las leyes de la evolución biológica. Fue planteado por Herbert Spencer, contemporáneo de Darwin. Éste interpretó la selección natural en términos de 'la supervivencia del más apto' y lo trasladó, fatalmente, al campo de la sociología. De este modo, Spencer defendió que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas. Dicha postura puede estar impulsada bien por la maldad, bien por la ignorancia, pero fuera como fuese es errónea y perversa, y en base a esta perversión moral los capitalistas justifican las desigualdades sociales.

Los que están en el poder -la clase burguesa, en este caso- no tratan más que de realizar fundamentos teóricos que den consistencia y estabilidad al orden social, es decir, dotar de justificación las desigualdades sociales, tanto dentro del país -con el abismo entre burgueses y proletarios, ricos y pobres- como en el exterior -con la dominación y colonización de pueblos en estadios más atrasados de civilización-. No es descabellado pensar que el darwinismo social fue y es la cimentación teórica más potente de la moral capitalista en base a los cuales se modelaron todos los sistemas políticos afines.

Los principales sostenedores y defensores de esta teoría fueron y son los dueños del capital. Permitió la ejecución de políticas económicas absolutamente degradantes y cuanto menos antagónicas ante los sentimientos de piedad, solidaridad y compasión entre personas. Se deduce que surgió la 'moral' capitalista en su forma más salvaje y despiadada, donde muchos aspectos antes condenables, se permiten y socialmente se adaptan y aceptan, en función de la explicación 'científica' y de 'las leyes de la naturaleza social'. Eso es la razón por la que el darwinismo social se constituye como moral capitalista. Insignes banqueros del siglo XX como Rockefeller o Rothschild afirmaron que solo los mejores y más aptos por medio de su adaptación a los cambios económicos de las revoluciones industriales han prosperado. A eso se debe que las personas con mentalidad capitalistas no sienten ninguna obligación ética.

La teoría de Darwin es el equivalente biológico de la filosofía burguesa, cuya doctrina de libre competencia es la manifestación económica, la lucha por la existencia es así transformada a la lucha por satisfacer necesidades humanas. Por la competencia del poder surge el mejor, el más capaz de gobernar.

Cabe mencionar que la ideología que se desprende de esta visión se encuentra a lo largo de la historia íntimamente relacionada con posturas sexistas, racistas y etnocéntricas. Del darwinismo social se inspiró más tarde Adolf Hitler para justificar el holocausto judío y su idea de eugenesia.

Ilustres pensadores, como Kropotkin o Lynn Margulis, explicaron de forma científica dónde radica la importancia de la cooperación y el apoyo mutuo entre las diversas especies que han existido a lo largo de la historia de la vida. El libro más renombrado sobre esta cuestión es "El apoyo mutuo: un factor en la evolución", publicado por Piotr Kropotkin en 1902.

Aun a riesgo de que no se me entienda, empiezo diciendo la conclusión a la que he llegado: el darwinismo social es erróneo porque olvida que los humanos podemos ejercer la libertad como opción de vida.

Hemos aceptado de forma reduccionista que somos animales. Los científicos nos repiten una y otra vez que, genéticamente, el chimpancé y el humano se diferencian de apenas unos pocos genes. No digo que no sea verdad, pero si miramos también los genes, es lo mismo una poesía de Antonio Machado que un anuncio de Mercadona, porque genéticamente son iguales: ambos tienen 'a' 's' 'b' o 'p', y varía muy poco, pero una cosa es una poesía de Antonio Machado y otra muy diferente un anuncio de un supermercado. Y una cosa es un animal y otra muy diferente una persona -a pesar de que a veces la animalidad de ciertas personas supera con creces a la de cualquier bestia salvaje-.

Los humanos nos caracterizamos, entre otros rasgos, en la cuasi total ausencia de instintos animales. Cuasi ausencia, que no ausencia del todo. Entre los pocos instintos animales que quedan dentro de nuestro repertorio conductual se encuentra el egoísmo y la lucha de uno contra otros, en la que tanto hacen énfasis los darwinistas sociales. El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal.

No sólo nos caracteriza la cuasi ausencia de instintos, sino que, además, podemos elegir si acogernos a esos pocos instintos que poseemos o no. Tenemos libertad de decisión. Solo ejerciendo la libertad -de la que los darwinistas sociales parecen haberse olvidado- podemos y debemos obviar y desechar el instinto egoísta y elegir la opción de cooperar los unos con los otros. ¿No es esto una diferencia abismal entre humanos y animales?

El egoísmo, del que tanto hacen gala los capitalistas y los defensores del darwinismo social, no es idéntico al amor a sí mismo, sino su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real. Si bien el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, preocupado, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más. En esencia, el egoísta no se quiere a sí mismo sino que se tiene una profunda aversión. Este individualismo y egoísmo tan costosamente fundamentado en los habitantes de una sociedad tiene una única función; el egoísta deja de lado los problemas de la sociedad en conjunto, de manera que cada uno sólo se preocupa de sus propios problemas. Esto está llevando a que cada vez la sociedad esté más dividida y más inconexa, y es justamente lo contrario a lo que queremos. Nunca nada fue tan cierto como el refrán que dice: "En la unión está la fuerza".

De esta forma, de entre todos los seres que habitan la tierra, el humano es a la vez el más social y el más individualista. Es, sin contradicción, también el más inteligente. Hay animales más sociales que nosotros, como por ejemplo las abejas o las hormigas; pero al contrario que nosotros, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y quedan aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada para sí mismos. Parece que existe una ley natural conforme a la cual, cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.

Los humanos somos los seres más individualistas de todos. Pero al mismo tiempo -y este es uno de nuestros tantos rasgos distintivos- somos eminente e instintivamente socialistas. Esto es de tal modo verdadero que nuestra inteligencia misma, que nos hace tan superiores a todos los seres vivos y que nos constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna. [1]

Extrapolando, de esta manera, la libertad de decisión -de elegir entre la competitividad o la cooperación- al cuerpo humano, vemos que todos nuestros órganos y nuestras células reciben todo lo que necesitan para su buen funcionamiento. Si introdujéramos el capitalismo al cuerpo humano, y las células empiezan a pelearse, a competir entre ellas, a vivir a costas de otras, a contaminarse, a crecer de manera infinita, a robar, a parasitar, a perpetuar la escasez; viviríamos menos de cuatro horas. Por lo tanto tenemos que vivir de forma muy similar al cuerpo humano, a saber; mediante la cooperación de unos con otros y mediante el apoyo mutuo. Pero, ¿por qué el darwinismo social no contempla esta opción de vida, es decir, la opción de cooperar, y elige la opción instintiva de competir unos con otros? Evidentemente, porque hay intereses detrás.

Todos los animales son esclavos -en mayor o menor medida- de sus instintos. La historia de la humanidad puede caracterizarse como un proceso creciente de individualización y libertad. El humano emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán librarlo de los instintos coercitivos. Si entendemos por instinto un tipo específico de acción que se halla determinada por ciertas estructuras neurológicas heredadas, puede observarse dentro del reino animal una tendencia bien delimitada. Cuanto más bajo se sitúa un animal en la escala del desarrollo, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y mayor es la importancia que ejercen los mecanismos reflejos e instintivos sobre todas sus actividades. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esta escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completo es su adaptación tal y como se presenta en el momento de nacer. Los humanos somos, al nacer, el más desamparado de todos los seres, pues carecemos prácticamente de instintos coercitivos. La plasticidad de la mente infantil nos permite que nuestra adaptación a la naturaleza se funde sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva y heredada. Vemos aquí que Spencer se equivocó ya de entrada al afirmar que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas, cuanto justamente es al contrario.

La existencia humana empieza cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo, cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios -los instintos-. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. Y si se pretende lo contrario, como sostienen los defensores del darwinismo social -al coartar nuestra libertad y afirmar que solo existe una única forma de vida, que es la competitividad- no hay otro final posible sino la aniquilación de la humanidad misma. Los humanos nacemos desprovistos del aparato instintivo necesario para obrar adecuadamente en el medio, aparato que, en cambio, posee el animal. Dependemos de nuestros padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y nuestras reacciones con el ambiente son menos rápidas y eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Tenemos y debemos de enfrenar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo, y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano. La debilidad biológica instintiva del humano es la condición de la cultura humana. Y si en algún momento se pretende, de nuevo, afirmar que los humanos podemos obedecer única y exclusivamente a nuestros instintos competitivos y egoístas -como hacen fatalmente los defensores del darwinismo social y los capitalistas-, y que no tenemos libertad de elección para cooperar entre nosotros, no hacen más que destruir la cultura misma sobre la que se cimienta la humanidad.

Desde el comienzo de nuestra existencia los humanos nos vemos obligados a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que termina con un tipo de conducta más o menos determinada por sus instintos heredados. En los humanos esa cadena se interrumpe. La forma de satisfacer ciertas necesidades permanece "abierta", es decir, debemos elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, los humanos debemos valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empezamos a pensar. Modificamos nuestro papel frente la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la adaptación activa. Y he aquí la gran diferencia que los defensores del darwinismo social no ven -o que no quieren ver-, y que califican al humano como otro animal más de la escala biológica común, incapaz de elegir libremente para una mejor adaptación al medio. Podemos y debemos elegir. Elegir es opción de vida, es ejercer nuestra libertad, y podemos elegir entre la competencia despiadada por la supervivencia del más apto -de la que hablan los capitalistas y defensores del darwinismo social- o la cooperación y el apoyo mutuo -de la que hablamos los anarquistas-, porque nuestra adaptación puede y debe ser una adaptación activa, es decir, que nosotros podemos intervenir de forma directa en nuestra adaptación al medio que nos rodea, y ésta adaptación activa no puede llevarse a cabo sino únicamente mediante la libertad de decisión; ejerciendo la libertad y abogando siempre a favor de la cooperación de unos con los otros.

Lo que los darwinistas sociales pretenden al recurrir de forma tan obstinada a nuestros instintos animales solo puede tener una única función; que seamos predecibles y fácilmente manipulables. En la sociedad capitalista y consumista, siempre se apela para que actuemos, no de forma consciente y reflexiva, sino que, al contrario, se apela a una forma de conducta instintiva y refleja, de forma animal y autómata, de forma que nos sintamos obligados -como los animales- a consumir, a obedecer, y a hacer un llamamiento descarado a la irresponsabilidad.

Así que, no viendo ya en cada persona un enemigo necesario, por la ley de la naturaleza, sino un cooperador indispensable para nuestra vida y la de la especie, estamos más prontos a dejarnos invadir por las más altas ideas del altruismo, que son, a la vez, las más seguras servidoras del interés individual. Sabemos ya que el apoyo mutuo y la cooperación sirven para algo; que, lejos de contradecir la selección natural, contribuye a afianzar la vida y a vencer los obstáculos del medio en provecho de todos. El ser humano es, pues, un ser con genuinas esencias de ser sociable y comunitario, capaz de convivir con sus semejantes sin necesidad de coacciones externas, porque hay en nuestra propia naturaleza necesidades morales, preponderantes sobre todas las demás necesidades, que nos incitan a la cooperación y no a la lucha.

¿Se me entiende ahora cuando afirmé, al principio del artículo, que el darwinismo social es erróneo en tanto que no contempla la libertad humana? ¡La mayoría de los animales no pueden elegir si luchar o cooperar, porque sus instintos coercitivos se lo impiden! ¡Pero nosotros sí que tenemos opción de vida! ¡Ejerzamos, pues, nuestra libertad! ¡Ejerzamos la cooperación y el apoyo mutuo, y no la lucha despiadada! [2]

Cierto es que la falta de instintos por nuestra parte es una bendición -porque podemos ejercer nuestra libertad-, pero es también una maldición. Los animales, dominados casi y exclusivamente por sus instintos, son incapaces de realizar alguna conducta que perjudique la supervivencia de su especie. Pongamos como ejemplo a un león. El león es un animal territorial, y si otro león se adentra en los dominios de éste, ambos están obligados de forma instintiva a luchar entre ellos para que sólo el más fuerte y apto se quede con el territorio deseado. Una vez finalizada la lucha, el vencedor percibe la debilidad y la sumisión por parte del perdedor, y el vencedor raramente matará al perdedor, sino que lo dejará huir. Primero ha intervenido el instinto de la lucha por el territorio, y luego ha intervenido el instinto de la supervivencia de la especie. Así, el perdedor puede salir herido, pero no muerto, lo que asegura una mayor probabilidad de supervivencia de la especie. Pero nosotros, los humanos, al carecer casi completamente de instintos coercitivos, no tenemos ninguna obligación de dejar vivo a nuestro contrincante, puesto que tenemos libertad de elección. Este hecho explica el por qué la animalidad de ciertas personas supera la de cualquier bestia salvaje. Los humanos somos capaces de cometer atrocidades porque somos libres para elegir; y a menudo se elige el mal. Por eso el libre albedrío que la naturaleza y la evolución nos ha procurado debe de estar siempre acompañado de responsabilidad.

¿Quién habría de decirme, pues, que los humanos estamos condenados a la lucha entre nosotros de forma continua, y que solo el más apto puede sobrevivir? El darwinismo social es una justificación errónea de las desigualdades sociales ante una sociedad capitalista que tiene unos valores erróneos. El darwinismo social se ha convertido en un intento despreciable por justificar las desigualdades sociales bajo el sistema capitalista.

Sólo durante un periodo a lo largo de la historia de la humanidad se puede afirmar que se aplicó realmente el darwinismo social -la lucha despiadada de uno contra todos-, y este periodo fue en los albores de la humanidad, cuando los humanos todavía vivían en clanes y no había ningún tipo de civilización ni de cultura.

La lucha despiadada por los recursos y por la supervivencia, tanto en animales como en humanos, se produce, sobre todo, cuando existe escasez de recursos que son necesarios para sobrevivir. Es de sobra sabido que la naturaleza, en su estado común, es decir, sin que nadie intervenga ni se superponga por encima -como sabiamente hacemos los humanos, mediante la adaptación activa- no siempre produce abundancia de recursos. En los inicios de la humanidad, cuando la inteligencia de los hombres y su conciencia colectiva todavía estaba en desarrollo, no existía la tecnología suficiente para producir abundancia de recursos, y, por consiguiente, se producía la lucha despiadada por la supervivencia. Y ni siquiera entonces la lucha despiadada por la supervivencia se producía entre humano individual contra humano individual -como fatalmente pretenden y defienden los capitalistas y los defensores del darwinismo social-, la lucha se producía entre grupos de individuos, nunca entre individuos aislados.

Afortunadamente apareció la cultura, se desarrolló la inteligencia y la conciencia colectiva humana, y se descubrió la agricultura. Desde ese preciso momento, desde el momento que el hombre pudo y supo controlar la naturaleza a su voluntad, los recursos disponibles iban siempre de acuerdo con las necesidades y con la cantidad de personas que conformaban aquellas sociedades primitivas. Muy pronto se produjo abundancia de recursos, y finalmente terminó por desaparecer la lucha despiadada por la supervivencia, convirtiéndose en cooperación y apoyo mutuo. Huelga decir que hoy en día, con la tecnología que dominamos, producimos, en todo el mundo, dos veces más comida de la que realmente necesitamos. Hay abundancia de recursos y, sin embargo, el capitalismo -respaldado siempre por el darwinismo social- nos hace creer que es justo que unos tengan más que otros, porque "son los más aptos". No veo la lógica alguna en ese absurdo.

Por todo esto, prefiero compartir, y no competir. Prefiero el altruismo, no el egoísmo. Prefiero una sociedad que posea el equilibrio entre la libertad individual y la cooperación social. Por eso prefiero, en fin, una sociedad anarquista, y no un capitalismo desfasado que amenaza con la destrucción de la especie humana.

Notas

[1] Mijail Bakunin, El principio del Estado. P. 6-7.

[2] El tema tratado, sobre el instinto egoísta y la opción de cooperar, lo he enfocado desde un punto de vista de "obligación moral", es decir, he considerado al egoísmo como instinto y a la cooperación como opción a elegir. Lo he considerado de esta manera porque la mayoría de estudios realizados -y la propia experiencia- nos dice que tenemos ese instinto egoísta, aunque bien es cierto que en otras partes consideran la cooperación entre personas como instinto, y quizás sea cierto. Si es cierto que tenemos un instinto a cooperar entre nosotros, mejor que mejor, así tendríamos una base instintiva y otra base moral sobre las que respaldarnos, y si no es cierto que tengamos dicho instinto, nos sustentamos únicamente sobre la base moral, y de ahí la "obligación moral". Sobre esto todavía no hay nada aclarado y aun no se sabe a ciencia cierta la verdadera naturaleza del comportamiento y la conducta humana. Escribo esto porque el debate entre egoísmo-cooperación suele ser un tema polémico, y la discusión sigue estando abierta tanto en el ámbito científico como en el ámbito filosófico. De todas formas, fuera como fuese el verdadero instinto, he intentado limitarme al ámbito moral, dejando el debate de la base instintiva a vuestro juicio -en caso de no partir de la misma base de la que he partido yo-.

Radix

La Comuna de París

El pasado 18 de Marzo se cumplieron 142 años del inicio de la Comuna de París, tristemente su existencia fue fugaz, pero merece ser analizada ya que fue la primera revolución socialista que puso en práctica las teorías sobre emancipación del proletariado. Considero oportuno recuperar este texto del cual desconozco su autoría.

La Comuna de París fue creada después de la derrota de Francia a manos de Prusia en la guerra franco-prusiana. El gobierno francés trató de mandar tropas para recuperar el cañón de la Guardia Nacional Parisiense para evitar que cayera en manos del pueblo. Los soldados se negaron a abrir fuego sobre la muchedumbre burlona y apuntaron las armas contra sus oficiales. Esto ocurrió el 18 de marzo. La Comuna comenzaba. En las elecciones libres convocadas por la Guardia Nacional de París, los ciudadanos eligieron un consejo formado por una mayoría de Jacobinos y Republicanos y una minoría Socialista (Blanquistas, socialistas autoritarios  la mayor parte, y seguidores de Proudhon). El consejo proclamó la autonomía de París y su desea de recrear Francia como una confederación de comunas (comunidades). Dentro de la Comuna, los integrantes de consejo podían ser revocados, además, tenían que dar cuentas al pueblo que los había elegido.

Está claro por qué este suceso tiene grandes similaridades con las ideas anarquistas. De hecho, el ejemplo de la Comuna de París era en muchas maneras similar a cómo Bakunin había pronosticado que la revolución ocurriría (una ciudad principal se declararía autónoma, organizándose y dando ejemplo, y exhortaría al resto del mundo a seguirla). La Comuna de París inició el proceso de creación de una nueva sociedad, organizada de abajo a arriba.

Muchos anarquistas tuvieron un papel importante dentro de la Comuna, por ejemplo Louise Michel, los hermanos Reclús, y Eugene Varlin (este último asesinado en la consiguiente represión). Referente a las reformas iniciadas por la Comuna, tales como la re-apertura de los puestos de trabajo como cooperativas, los anarquistas pudieron ver sus ideas de labor asociada comenzar a realizarse. En el llamamiento de la Comuna al federalismo y a la autonomía, los anarquistas ven su "organización social del futuro llevada a cabo de abajo arriba, a través de la libre asociación o federación de trabajadores, comenzando por las asociaciones, siguiendo a las comunas, las regiones, las naciones, y finalmente culminando en una gran federación internacional y universal" Mijail Bakunin.

Sin embargo, para los anarquistas la Comuna se quedó corta. El estado no fue abolido dentro de la Comuna, como lo había abolido afuera. Los comuneros se organizaron "de manera Jacobina" (usando las tajantes palabras de Bakunin). Como señaló Piotr Kropotkin, "no rompieron con la tradición del estado, de gobierno representativo, y no trataron de lograr dentro de la Comuna esa organización de lo sencillo a lo complejo que había inaugurado al proclamar la independencia y la libre federación de comunas"

Además, sus atentados de reforma económica no fueron lo suficientemente lejos, no trataron de formar cooperativas en todos los puestos de trabajo ni formar asociaciones de éstas cooperativas para la coordinación y el apoyo mutuo en sus actividades económicas. No obstante, como la ciudad estaba sitiada por el ejército francés, se comprende que los comuneros pensaran en otras cosas.

En lugar de abolir el estado dentro de la comuna organizando federaciones de asambleas democráticas de masas, como las "secciones" parisinas de la revolución de 1789-93, la Comuna de París mantuvo un gobierno representativo y sufrió por ello. En vez de actuar por su cuenta el pueblo, confiando en sus gobernadores, les confió el mandato de tomar la iniciativa y así el consejo se convirtió en el mayor obstáculo a la revolución.

El consejo se aisló más y más del pueblo que lo eligió, haciéndose más y más inútil. Al tiempo que su irrelevancia aumentaba, así también sus tendencias autoritarias, llegando a crearse un "Comité de Salud Pública" por la mayoría Jacobina, para "defender" (por el terror) la revolución. El Comité se opuso a la minoría libertario-socialista y fue afortunadamente ignorado en la práctica por el pueblo de París que defendía su libertad contra el ejército francés, que los atacaba en nombre de la civilización capitalista y de la "libertad". El 1 de Mayo, las tropas gubernamentales entraron en la ciudad, siguiendo siete días de duras luchas callejeras. Pelotones de soldados y miembros de la burguesía armados merodeaban por las calles, matando a mansalva. Mas de 25,000 personas fueron muertas en la lucha callejera, muchas asesinadas después de rendirse, y sus cadáveres fueron enterrados en sepulturas comunes.

Para los anarquistas, las lecciones de la Comuna de París fueron tres. Primero, una confederación de comunidades descentralizada es la forma política necesaria para una sociedad libre. Segundo, "No más hay razones para un gobierno dentro de la Comuna que para un gobierno sobre ella". Lo cual quiere decir que una comunidad anarquista ha de ser basada en la confederación de barrios y asambleas de trabajo cooperando libremente. Tercero, es críticamente importante unificar las revoluciones política y económica en una revolución social.
"Ellos trataron de consolidar la Comuna primero, posponiendo la revolución social para más tarde, mientras que la única forma de proceder era consolidar la Comuna por medio de la revolución social" Kropotkin

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