Organización versus grupo de afinidad: el proceso de hiperautonomización y las debilidades estructurales de un colectivo anarquista

Tomando como marco de experiencia el complejo panorama del movimiento libertario heleno, el autor realiza un análisis del funcionamiento de los grupos de afinidad anarquistas que, de una manera más o menos generalizada, funcionan como base del movimiento libertario en Grecia. En el texto se repasan las limitaciones prácticas de este modelo organizativo, centrándose especialmente en el proceso de hiperautonomización derivado del progresivo aislamiento de muchos grupos de afinidad que operan en este país. Finalmente, el autor plantea la necesidad de mejorar la coordinación e integración de los frentes de lucha a través de la paulatina consolidación de una organización libertaria que contribuya, por un lado, a la federación de grupos ácratas y, por otro, a superar las debilidades organizativas del movimiento anarquista heleno.

«Por nuestra experiencia hasta el momento, creemos que la falta de acceso a la sociedad es lo que nos hace inofensivos para el poder estatal. Porque la revolución social no la hacemos nosotros y nuestro grupo de afi nidad, sino el conjunto de los explotados, convirtiendo en realidad el sueño anarquista. Esto significa que quien no ve la necesidad de estructurar y organizar nuestro ámbito –con los correspondientes golpes seleccionados contra el Estado– está poniendo, inconscientemente y con una práctica dogmática y corta de miras, obstáculos a la evolución del movimiento anarquista en Grecia y convirtiendo el sueño anarquista en una pesadilla cotidiana». Es cierto que, en la mayoría de los casos, y debido a las cortas edades imperantes en el movimiento griego anarquista, el proceso por el cual se forma un colectivo anarquista/ antiautoritario se realiza en términos de grupo de afinidad. Esto, en un primer momento, no se juzga de facto como algo negativo: nadie puede, por ejemplo, considerar una desgracia la creación de un colectivo a partir de un grupo de amigos ya existente que se politiza al mismo tiempo en una ciudad de provincias o un barrio de Atenas. Estructuralmente, pues, la creación de un colectivo político basado inicialmente en relaciones de confianza y amistad no es algo negativo. El problema se localiza en un estadio ulterior, en la evolución y la forma que el grupo experimenta a lo largo del tiempo.

Una vez formado todo colectivo, comienza el proceso de construcción de un espacio común entre sus miembros. Los miembros van tomando forma colectivamente, desarrollan su discurso político común y construyen una cotidianeidad colectiva, que en la mayoría de los casos se convierte en “su propia” realidad. En este último punto se encuentra, en nuestra opinión, la fuente del problema.A falta de un control exterior (nos referimos evidentemente al control colectivo en el marco de una Organización o Federación más amplia), el grupo crea una concepción exclusivamente suya sobre el acontecer social y político, por no estar comprometido con ningún otro colectivo, se hace más real a cada momento y con cada acción, al encarnarse en una experiencia vivida colectivamente (el proceso de hiperautonomizacion de la asamblea). Esta concepción aparece como una coordenada de diversos factores como las lecturas comunes, la cotidianeidad común, las experiencias comunes del movimiento y, por último, la infl uencia de personalidades destacadas de cada asamblea, que por diversos motivos dotan al grupo y a sus miembros de la terminología, las fuentes teóricas y la estructuración central de su pensamiento.

Los “capitanes invisibles” o “luchadores influyentes”, de acuerdo con el término más condescendiente son, en nuestra opinión, un fenómeno natural e inevitable, congénito a los principios de la organización colectiva y la evolución humana (edad, experiencia, agudeza, sustrato cultural), muy cerca de la microfísica del poder de Foucault. Pero el problema no es este fenómeno en sí, sino el marco informal en el que se desarrolla y la dinámica que adquiere.

La jerarquía informal no se afronta refunfuñando, sino mediante el control colectivo, democrático y político que emana no solo de la voluntad de algunos, sino de la propia estructura. El dirigismo político de algunas asambleas por parte de ciertas personas no es problema exclusivo de esas personas, sino sobre todo de la propia asamblea, de su propio sistema de funcionamiento.

Una personalidad ocupa el espacio que le dejan libre los demás; no es casual que haya grupos que, privados de una o dos personas, vegetan. Y ahí es donde llegamos a la cuestión de la acumulación de capital de experiencia y conocimientos (una especie de capital social al nivel pequeño de una asamblea).

Lo referido demuestra que los “luchadores influyentes” tienen cierto tipo de “conocimientos técnicos”. Conocimientos técnicos que, en lugar de ser compartidos con la asamblea, constituyen un monopolio en manos de ciertas personas que consiguen dominar en una relación de dependencia. Estos conocimientos técnicos no proceden exclusivamente de su capacidad retórica, sino de un proceso de acumulación de plusvalía intelectual: del capital experiencial acumulado de toda la asamblea que, en su redistribución, sufre un cortocircuito. Por decirlo más llanamente, todo colectivo acumula a través de sus acciones y experiencia un capital experiencial y de conocimientos. Inicialmente, este capital existe solo como producto colectivo, es decir, existe como capital colectivo del grupo, sin ser individualizado. Pero la inercia de muchos miembros, a falta de objetivación y posicionamientos políticos concretos a nivel de grupo (atribuimos la responsabilidad a las estructuras y no a las personas), en combinación con las capacidades naturales del “luchador influyente”, llevan este capital acumulado a manos de unos pocos, que se benefifician así (muchas veces sin querer) de las desigualdades estructurales del informalismo.

Lo que necesitamos, pues, no es expulsar a esos pocos, sino crear un mecanismo que distribuya igualitariamente el capital en cuestión entre todos los miembros de la asamblea. El informalismo es el libre mercado de un movimiento, y donde hay libre mercado, hay quienes dominan el capital.

El proceso de hiperautonomización descrito anteriormente no se ve interrumpido tampoco por los nuevos miembros de un colectivo que, en mayor o menor medida, se ven obligados a ser absorbidos por la microrrealidad del grupo y a velar por la preservación de la deseada autonomía.

Los nuevos miembros tienen que afrontar a su vez una serie de problemas: desde un sistema ya establecido de comunicación interna en el grupo (terminología, frases hechas, humor interno, cuestiones tabú, referentes políticos), hasta el respeto informal (espontáneo) a sus miembros más destacados/activos y, en defi nitiva, la aceptación o el confl icto con una estructurada concepción de su propia realidad, la “realidad” del colectivo antes mencionada.

Bajo el peso de la obligación de adaptarse a un nuevo microcosmos, estructurado sin ellos, estos nuevos miembros tienen tres opciones fundamentales: (a) adaptarse al marco existente y aceptar las normas, (b) intentar cambiarlo en mayor o menor medida, y, por último, c) rechazarlo y abandonar el grupo. El problema es que, entre las dos primeras opciones existe una desigualdad inherente que, en nuestra opinión, procede también de la falta de estructura.

En un examen más atento observamos que, en la inmensa mayoría de los casos, la balanza se inclina a favor de la primera opción (dejamos de lado la tercera). Es decir, un nuevo miembro se adapta antes o después a la ya configurada realidad del grupo, sin intentar siquiera cuestionar el marco existente. Esto se debe, principalmente, a la inseguridad que experimenta, no solo en relación con si tiene capacidad para hacerlo, sino con si ha entendido el propio marco, si ha entendido a qué se va a enfrentar. Dicha desigualdad reside en la debilidad estructural de los nuevos miembros para cambiar el marco existente. Una debilidad que se debe a dos razones fundamentales: (a) la diferencia de edad entre nuevos y “veteranos”, con lo que ello conlleva, y (b) la relatividad del marco político de cada colectivo.

De entrada, es bien sabido que nuestro “ámbito” atrae nuevos miembros casi exclusivamente de corta edad, especialmente de estudiantes y jóvenes. De este modo, para un chaval, la diferencia de edad, experiencia y sustrato teórico entre él mismo y los miembros más antiguos, se percibe enormemente, sobre todo por su parte. Además, en la mayoría de los casos, desgraciadamente, el nuevo miembro no se va a encontrar con un marco de posicionamientos políticos coherente, confi gurado por un conjunto de personas más amplio que supere los estrechos límites del colectivo. Por el contrario, se va a enfrentar a un conjunto de ideas y prácticas que conforman, como se ha dicho, la realidad de un grupo de veinte personas. La relatividad del objeto, pues, que potencialmente podría ser cuestionado, priva de sentido el cuestionamiento.

Para decirlo más claramente, esta relatividad reside en la falta de posicionamientos políticos formulados expresamente y en irresponsabilidad (política) que campa en los pequeños colectivos desconocidos, en ausencia de un ente político más amplio con nombre y reconocible. A consecuencia de esta relatividad, toda crítica choca con un funcionamiento casi ritual de cada grupo que, en la mayoría de los casos, tiene por consecuencia que no se puedan resolver políticamente las diferencias. A falta de posicionamientos políticos bien establecidos, estatutos, etc., toda crítica se produce exclusivamente sobre la “táctica” de un colectivo, y no en la correlación de esta táctica con sus posicionamientos. Además, mientras la necesidad de adoptar tal o cual acción se juzga siempre a partir de la percepción o la voluntad de las personas que forman un colectivo, y no viene determinada por la propia necesidad social o por el peso de una decisión más amplia para una acción a nivel de toda Grecia, la diferencia aflorará en términos de crítica personal dentro del colectivo, y no en términos de coherencia política y responsabilidad social. Lo que defendemos, pues, es que las presiones externas (en el marco de una Organización) no “someten” a un colectivo, sino que, por el contrario, lo ayudan a clarificar su marco político, a tomar distancia con respecto a los puntos ambiguos y a politizar sus diferencias y sus conflictos internos.

Por otra parte, su hiperautonomización lo convierte en un grupo de amigos que resuelve sus diferencias con el único criterio de su cohesión y la correlación cualitativa entre sus particulares aspiraciones políticas y el rendimiento de sus miembros. De acuerdo con el marco actual, si un colectivo consigue materializar sus anhelos políticos, con independencia de lo que las circunstancias políticas impongan, marcha bien. Es decir, su compromiso comienza y termina en las coordenadas de los deseos y aspiraciones de sus miembros.

En resumen

Por ejemplo, cinco colectivos que a veces se encuentran en procesos del movimiento y colaboran en un marco de nula responsabilidad política uno con respecto a otro (que no va más allá de la solidaridad y el apoyo mutuo), son en realidad cinco grupos diferentes, con un sustrato ideológico común, muy en general, que aportan en cada ocasión cinco realidades diferentes. Esto ocurre, como hemos dicho al comienzo, porque en el momento de su formación no había ningún compromiso, ninguna comunicación (política) esencial y ningún control colectivo por parte de un ente político superior (Organización, Federación), con el resultado de que la visión de la realidad no se ve “fi ltrada” colectivamente y no es directamente cuestionada por ninguna fuerza que no sea el propio colectivo.

El grupo de afifi nidad, de este modo, crece dentro de su propio mundo, a merced de las desigualdades naturales y sociales implícitas en las relaciones entre personas de diferente edad, clase social, vivencias, experiencia, tendencia, etc., y se queda luchando solo con sus propios demonios.

Sin el apoyo de un ente político, el colectivo aislado se percibe a sí mismo no como parte de un organismo que construye la revolución social, sino como un organismo independiente, que colabora con los demás por voluntad y no por necesidad. Como parte de un organismo, estás obligado a trabajar, a fin de que todo el organismo funcione en una relación de interdependencia, mientras que como organismo independiente basta desear colaborar con otros en un momento determinado, en un marco y bajo unos términos que nadie sabe cómo se van a determinar.

El organismo/colectivo/grupo de afinidad autónomo es el rey de su microcosmos. Tiene su propio territorio, su sede, su ejército, su consejo y el entorno de allegados que de vez en cuando refuerzan sus bloques y sus actos. Todos estos reyes juntos conforman el ámbito antiautoritario griego; un mundo dispersamente poblado con una fuerte comunicación interna formal, estructurado sobre un extraño principio: el informalismo y los conflictos internos que este conlleva es la base de su existencia, un medio de cohesión y armonía internas.

Por decirlo brevemente, el informalismo domina como un mal menor para evitar tempestuosos confl ictos en el interior del ámbito anarquista. Es decir, como un intercambio para mantener una amistad y una comunicación internas, basadas en la proximidad ideológica entre colectivos que conviven, estableciendo una solvencia ideológica abusiva no temporal, a costa de la responsabilidad social y política de su época.

La realidad del colectivo aislado, su visión global de las cosas, que a veces no es sino la visión de un solo individuo, la relatividad de su marco político y su hiperautonomización toman, a través del informalismo, elementos de absolutismo, alienación y heteronomía. Por otra parte, la organización en un ente político anarquista más amplio crea los imprescindibles mecanismos de control colectivo, basados en principios y posicionamientos decididos colectiva y públicamente por el conjunto de colectivos que la componen; desarmando así estructuralmente la arbitrariedad y el abuso y cimentando la verdadera autonomía de cada parte de ese cuerpo. Adoptando, en pocas palabras, el marco político de un “anarquismo social, que busca la libertad a través de estructuras y responsabilidades mutuas (...)”. Por tanto, mientras el informalismo siga desempeñando el papel de la metadona, el movimiento anarquista griego seguirá pareciendo un cuerpo enfermo, que se esfuerza conscientemente por mantener sus dependencias. Y como la historia, según parece por la práctica mantenida hasta ahora, se transmite más oralmente que por escrito para cada generación, la obsesión anti-organizativa conlleva el riesgo de que el anarquismo en Grecia acabe siendo una palabra “inofensiva desde el punto de vista político y social, un simple capricho que escandalice de manera divertida a los pequeñoburgueses de todas las épocas”. En estos tiempos en que el movimiento anarquista, como la parte más orgánica del mecanismo para dar la vuelta a lo establecido, está pagando un alto precio por su actitud, la estructura no se presenta ya como una simple posibilidad, sino como una necesidad para que el anarquismo siga siendo una palabra peligrosa política y socialmente.

Antonis Drakonakis. Traductor: Rafael Herrera, (SOV de Málaga de la CNT-AIT).

Es complicidad

Llegué tarde tal y como mandaba mi religión. Me senté al lado de dos novatos de primero, y era fácil adivinar por sus ojos abiertos como platos que estaban alucinando con aquella asamblea para su primera huelga universitaria. Era la Laia quien hablaba, de tecnicismos como siempre: que si no hay material para las pancartas, que si deberíamos pensar en quien lleva el megáfono en la manifestación, que si no hay suficiente dinero para las octavillas y estaría bien hacer kafeta un día de estos… no pude terminar de escuchar su intervención porque el Joan se había levantado para pedirme tabaco.

Oye tenemos que intentar que salga lo que dijimos de los piquetes eh, que mira, hoy ha venido mucha peña nueva. Me fijé en la gente, mucho refor, pero por suerte había venido el núcleo duro de la asamblea. ¿Tienes papel? No que va, ya no me queda. Joan resopló al tiempo que buscaba con la mirada a una nueva presa a la que gorronearle, la localizó pero decidió esperarse ya que ahora hablaba el Guille y este era muy estalo, había que llevar cuidado con él. Guille hablaba mucho y usaba palabras rescatadas del baúl de los recuerdos del palacio de invierno, así que desconecté de su perorata y mi mirada se cruzó con la de Rosa. Le sonreí muy suave para que nadie pudiese notarlo, y pensé que quizás debería volver a quedar con ella un día de estos, al fin y al cabo el polvo en la fiesta mayor estuvo muy pero que muy bien.

En general el debate iba por buen camino y nuestra línea salía a flote. Alcé la mano para añadir un par de cosas, bueno quizás unas cuantas más, y para cuando me quise dar cuenta eran las tres pasadas y la clase de política internacional no era nada fugable. Eché un último vistazo a aquella asamblea, que por fin parecía revivir y me despedí del Joan, que me dijo con gestos que me llamaría, supongo que por lo de la bilateral.

Conforme me alejaba de aquel círculo mal hecho sin haber vuelto a colocar ni una sola silla en su sitio, sin haberme preocupado de que las pancartas no se pintaban solas y que el megáfono se tiene que ir a buscar, igual que el arroz para la paella, me convertía en cómplice. Mi trabajo en la asamblea se veía, lucía bonito y útil, incluso podríamos decir que olía un poco a revolución. Sin embargo, el trabajo de muchas de mis compañeras no, más bien era algo así como invisible y poco valorado. Mi forma de intervenir había mejorado con los años a decir verdad, me había hecho más fuerte, más coherente y se veía a la legua que tenía mucha más formación teórica que cuando empecé. Cuando ignoraba que mis discursos interminables y repetitivos, así como los gritos y las miradas asesinas que me salían de vez en cuando, quizás no ayudaban en absoluto a crear un ambiente agradable para las personas que tenían mayor dificultad para hablar, me convertía en cómplice otra vez. Cuando no veía que un grito, una interrupción o una crítica a nivel emocional no causaba el mismo efecto devastador en un hombre que en una mujer era otro cómplice más. El Rober solía defender con vehemencia que las muchachas militantes tenían que coger el liderazgo, que tenían que intervenir más en los espacios, porque si sus voces no se escuchaban nunca haríamos la revolución. «Venga tía, coge el liderazgo» a pesar de que yo soy incapaz de soltarlo; «Adelante chiquilla, habla», al tiempo que soy incapaz de escucharte. Qué curioso… ellas tenían que hacer el esfuerzo de adaptarse al espacio porque el espacio era incapaz de adaptarse a ellas. Mantener estas dinámicas era complicidad, de la misma manera que el paternalismo también lo era.

Dejar según qué temas para el último punto del orden del día porque podían descarrilarnos de la lucha principal, así como saltarse curiosa y misteriosamente solo los talleres sobre micromachismos o las manifestaciones de reivindicaciones feministas, era ser cómplice también. Ser del todo incapaz (y no poner esfuerzo alguno en serlo) de renunciar a un solo privilegio, así como olvidar que como individuo pensante y postureante que soy, no solo era responsable de lo que hacía sino también de lo que callaba, era ser cómplice another fucking time. Enfocar las críticas de mis compañeras como acusaciones a traición de las que jamás sería capaz de reponerme, es decir, tener más miedo a que ellas me llamasen machista delante de los demás que de ser un machista todo el rato, era ser cómplice.

«Pero a ver, ¿a qué te refieres? ¿Cómplice de qué?»

Pues cómplice del monstruo más asqueroso y peligroso conocido hasta el momento. Cómplice y amigo de ese ser que asesina, excluye, esclaviza, deprime y silencia a las mujeres día tras día. Unos cómplices más del machismo más rancio y violento que pasa con total naturalidad delante de nuestras narices en cualquier momento y en cualquier espacio. Eso es lo que somos muchas veces, a decir verdad, y seguir cerrando la boca, seguir mirando hacia otro lado cuando estas dinámicas continúan, seguir sin mover un dedo para cambiar esta situación que de sobras conocemos, o creemos conocer, es complicidad.

Este texto no nace de la inspiración basada en un solo individuo, sino de la triste combinación de muchos de ellos.

Ana Poliquística

Se buscan líderes anarquistas... ¡y referentes!

Seguramente os sonarán nombres como August Spies, Carlo Cafiero, Angel Cappelletti, Camilo Berneri, Nestor Makhno, Errico Malatesta, Francisco Ascaso, Buenaventura Durruti, Emma Goldman, Federica Montseny, Conchita Guillén y un sinfín de nombres que no cabrían en la lista. Os sonará igualmente David Graeber, Abdullah Öcalan, Felipe Correa, Murray Bookchin, Carlos Taibo... Todos ellos anarquistas, no anónimos y anónimas, pero tampoco dirigentes. Ni siquiera ocupan ni representan ni pretenden ser sus representantes del movimiento libertario. Estos personajes, tanto actuales como históricos, tanto de acción como teóricos y teóricas, realmente no inventaron nada nuevo aunque fueron personas creativas. De las primeras, simplemente, sintetizaron las ideas y las praxis a partir del estudio y articularon todos estos conocimientos bajo un ideario documentado que posee referencias a ideas de muy diversas autoras. De las segundas, personas de acción tales como Makhno, Durruti entre otras, destacan por su perseverancia, iniciativa, compromiso y voluntad férrea, con visión estratégica y sagacidad, ambición y capacidades comunicativas. Estas características son propios de líderes/lideresas, y esta es una de las razones por las que he querido responder a nuestro compañero La Colectividad, cuyo artículo es de lectura recomendada para seguir el hilo del temario. Y ya que estamos, ¿por qué no echarle un vistazo a éste también del sabio lagarto Acratosaurio?

Para ir abriendo boca, quisiera matizar una cuestión conceptual importante: no es lo mismo hablar de líderes que de dirigentes o jefes. La diferencia está en que los líderes y lideresas son personas que describí en el anterior párrafo: personas que destacan por su iniciativa, por su agudeza intelectual, su creatividad y su lucidez. Personas que dinamizan, que saben transmitir sus pensamientos y las opiniones de otras personas, que saben cómo comunicar sus mensajes (capacidad comunicativa), que mueven al grupo e instigan la participación de otras personas, que tienen ambición, que escuchan y resuelven, que consiguen su legitimidad y reconocimiento ganándose el respeto de las demás. Sin embargo, el dirigente, jefe o jefa es quien se impone por la fuerza, con base en la idea del respeto y obediencia a una autoridad. Un dirigente impone sus intereses sobre los de los demás, no es legitimado realmente por su base social (con algunas excepciones). Aunque el difigente pueda compartir características con los líderes y lideresas, hay un matiz que en la práctica se nota y mucho. Pongamos otra vez a Nestor Makhno y Buenaventura Durruti como ejemplos de líderes. Sí, líderes anarquistas;

Nestor Makhno era una persona que aparenta un temperamento frío y calculador, pero sentía dolor cuando veía caer a sus compañeros de lucha, aunque sabía ocultarlo bien, impidiendo así que se debilitara emocionalmente ante las pérdidas de sus compañeros. Poseía un caracter fuerte, fue un gran estratega y lo que aprendió en las cárceles, lo supo transmitir e implementar. Supo mover y organizar unos destacamentos guerrilleros en un Ejército popular compuesto principalmente por campesinos y campesinas. Supo sintetizar los problemas por los que atravesaba las mayorías campesinas entonces y recoger esa necesidad revolucionaria de derrocar toda forma de opresión a través de la lucha armada y la construcción de un nuevo orden social basado en el comunismo libertario. Allá donde su Ejército Negro libertaba pueblos del yugo de las diversas reacciones tanto monárquicas como capitalistas, allá se ganaba la simpatía de la población. Y desde allí creó movimiento. Este ejército se erigió como un ejército de liberación que defendía la libertad del campesinado y el proletariado, y así lo hizo. Así pues, Makhno lideró esta fuerza político-militar, pero no lo hizo porque se haya impuesto, sino porque se ganó el puesto por sus actuaciones, su personalidad, iniciativa y firmeza. Mucha gente admiraba su valor y sus grandes dotes estratégicos, y por ello, llegó hasta allí y cumplió su papel de liderar una buena parte del movimiento en el campo militar, pues lo demás no era competencia del Ejército. Dentro del Ejército Negro, la disciplina se aceptaba voluntariamente, nadie estaba obligado a ingresar en él, pero quien entrase, tenía que aceptar esta disciplina por voluntad propia, por ser consciente y estar convencido de formar parte de un ejército de liberación, cuya lucha es la defensa de la revolución.

Buenaventura Durruti en los inicios de su trayectoria política, ingresó en la UGT, aunque posteriormente haya sido expulsado por la radicalidad de sus ideas. Poco después conocería la CNT, donde se convenció firmemente de las ideas anarquistas. Durruti realmente no fue un gran teórico, ni fue un gran orador como Salvador Seguí, sino un hombre de acción. Pero su fuerza en los discursos y lo directo en cómo los transmite, con su entonación como a martillazos, junto con sus acciones, instigaba al resto de obreros a la lucha. Sus discursos transmitían esa fuerza y espíritu necesarios para avanzar, esa energía que motivaba y levantaba ánimos a quienes le escuchasen. No se andaba con rodeos ni se perdía en términos demasiado técnicos. Iba muy directo y sabía transmitir perfectamente su perseverancia e iniciativa. De hecho, su famosa frase «Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Y este mundo está creciendo en estos instantes», recogía el anhelo de todos y todas las anarquistas de aquella época y a la vez describía la expansión del anarquismo como fuerza política revolucionaria. Desde el inicio de su militancia anarquista hasta su muerte, estuvo siempre en pie de guerra, pasando por las cárceles y el destierro, formando parte del famoso grupo Los Solidarios y como uno de los comandantes de la célebre Columna Durruti, que comenzó reuniendo a unos 2.500 hombres y consiguó llegar a tener hasta más de 6.000.

Ambos hombres de acción murieron sin acumular ningún patrimonio. Su entrega a la lucha fue total y jamás disfrutaron de privilegio alguno cuando estuvieron al frente de la comandancia. Makhno huyó a Francia, llegando a París y murió allí enfermo en la miseria. Durruti murió en Madrid por una bala perdida, sin dejar tampoco nada de valor. No obstante, ¿qué tendría que ver esto con la actualidad? ¿Qué hay de la diversidad del movimiento libertario... o más bien su atomización? ¿De verdad la existencia de líderes y lideresas coarta la libertad individual? El caso de la okupación de la Universidad de Zagreb que menciona La Colectividad es bastante interesante e ilustrativo que sustentaría su argumentación. No obstante, el liderazgo no siempre supone una sola cabeza destacada y visible. El liderazgo se puede dar a cualquier escala. Cualquiera que en una asamblea o un grupo lleve cierta iniciativa, que dinamice, que cree, sintetice y exprese lúcidamente las inquietudes del resto, que sepa transmitir las demandas colectivas al exterior, jugaría su papel de líder o lideresa. Otra característica del liderazgo es que no siempre recae en una única persona, sino que puede rotar según qué circunstancias y cuánta base social sea su apoyo, así como cuántas les toman como referente.

Y ya que estamos, vamos a añadir la figura del o de la referente. Un o una referente sí que es una persona pública, que destaca sobre todo por su capacidad comunicativa y por su formación teórica, quienes son reconocidos por otras personas las cuales acuden a dichos referentes como fuentes de inspiración y conocimientos. Bakunin, Malatesta y demás hombres y mujeres de ideas son ejemplos de referentes ¡y hasta Bonnano para las insurreccionalistas!. Gracias a estos nombres conocidos, tanto líderes como referentes, el anarquismo sigue vivo hoy, y que con el anonimato y sin liderazgos, seguramente en las páginas de la historia no se habrían escrito revoluciones sociales como la del '36, la Comuna de Shinmin o la Makhnovitschina, ni hubiésemos presenciado, desde la historia reciente hasta hoy, la resistencia del pueblo Mapuche, el levantamiento zapatista ni el Movimiento de Liberación Kurdo ni la Revolución social en Rojava (he de matizar aquí que Öcalan no es expresamente un líder, sino un referente, un símbolo que inspira la lucha del pueblo kurdo, que le guarda un profundo respeto).

El Acratosaurio posiblemente nos hable de referentes más que líderes, personajes públicos que recojan y transmitan a la sociedad las opiniones comunes de los y las anarquistas. Hemos de reconocer que los mass media siguen teniendo mucha más difusión que nuestros medios, y que ni nuestras páginas web, ni nuestros canales de vídeo ni la difusión en las redes sociales en las calles, pueden igualarse a los mass media. Seguramente, en un debate en La Sexta donde salga Carlos Taibo (o alguna otra cara visible del movimiento libertario) haga llegar el mensaje anarquista a más personas que personas anónimas difundiendo por medios alternativos. Y ahora bien, ¿qué es lo que queremos: comunicar mensajes a otras anarquistas o visibilizar nuestras alternativas políticas? En otras palabras, ¿hacemos política para sí o política para fuera? ¿Nos comunicamos únicamente dentro de nuestros círculos militantes o queremos transmitir nuestros mensajes de cara a los movimientos sociales y a la sociedad, en concreto, a las clases explotadas?

La necesidad de cabezas visibles y presencia mediática del anarquismo responde a la necesidad de visibilización, porque el aislamiento es nuestra condena. Sí es cierto que no puede haber nadie que represente y recoja TODAS las opiniones y pensamientos de la diversidad del movimiento, pero la idea no es tener solo una persona, sino muchas: destacados anarcosindicalistas, cabezas visibles de los feminismos, intelectuales académicos, economistas que promuevan la autogestión, y activistas y militantes de diversos ámbitos en los movimientos sociales y políticos.

Ahora bien, La Colectividad habla de que con los sabotajes también comunican, ¿pero qué? ETA también quema cajeros para comunicar un mensaje. De hecho, cualquiera lo puede hacer, hasta un hooligan del Ultras Sur. Entonces, ¿qué sentido tiene? Caer en lo mismo que critican las propias insurreccionalistas: el espectáculo. Quemar cajeros, levantar barricadas y demás acciones de guerrilla urbana, sin llevar detrás una base social amplia, no es más que simple espectáculo, el cual solo alimenta el riotporn, algo con lo que disfrutan otras anarquistas que no viven en directo las revueltas y se dejan llevar por el morbo del fuego y los cristales rotos. Dejando a un lado esto, analicemos la forma comunicativa en sí. ¿A quiénes se dirigen? ¿Realmente consiguen instigar las luchas? ¿Qué aportan? Este tipo de mensajes materializados en acciones desde el anonimato son mensajes que únicamente parecen enfocados a anarquistas convencidas, pero que dejan de tener sentido para aquellas que no lo son realmente, ni tampoco instigan a otras personas a luchar aunque hayan quienes odien a los bancos pero éstas únicamente se quedan con un "ya era hora de que ardan..." pero no mueven, no se organizan y solo disfrutan del espectáculo de la guerrilla urbana, ¡craso error creer que por liberar animales, quemar cajeros y montar barricadas lleven por arte de magia que ciertas personas se hagan anarquistas y sigan esas acciones! Porque no aportan nada constructivo, ni ofrecen más alternativas que reivindicaciones maximalistas por la libertad tras ataques simbólicos pero únicamente se enfrentan al brazo armado del Estado, sin ser conscientes de la enorme diferencia de fuerzas, motivo principal por el que a la represión le es fácil aislar al insurreccionalismo, y al anarquismo ya de paso, de posibles apoyos sociales.

Por otro lado, el fuego utilizado para comunicar algo en Gamonal o Can Vies o desde la misma Echarxia destaca no por su espectacularidad, sino que dicho mensaje fue legitimado por una base social, la cual es la fuerza real que le da contenido político-social a los cajeros rotos y sucursales en llamas.

Por último, ¿qué sentido tiene decir que somos ingobernables mientras vamos a la deriva y continuamente forzadas por la coyuntura, sin tener unas hojas de ruta ni estrategias políticas que permitan al movimiento libertario ser un actor político real para transformación social? La Colectividad acierta al decir que tenemos potencial, pero no toda persona es capaz de desarrollarla. Así como que las clases explotadas y los colectivos sociales oprimidos (de etnia y de género)  tienen el potencial de ser las únicas clases sociales con potencial revolucionario, no podrán materializarla si no existen referentes ni líderes ni lideresas que articulen discursos acordes a la coyuntura, que proponga hojas de ruta y que lleven iniciativas.

Ya para ir terminando, se necesitan líderes y lideresas anarquistas para callar la boca... ¡de quienes nos calumnian, de quienes nos explotan por costumbre y constantemente atacan el anarquismo! Necesitamos personas que no tengan miedo a hablar en público, que dinamicen las asambleas, que sean creativas y resolutivas, que en todo momento se mantengan constructivas, que dialoguen, que muevan y motiven al resto... Obviamente, esto NO significa que tengamos que quedarnos esperando a que salgan lideresas de debajo de las piedras, sino que no rechacemos de antemano los liderazgos, algo que siempre va a existir en cualquier grupo humano, y por ello lo aceptemos en sentido positivo, tal y como como nos dice el Acratosaurio, "necesitamos líderes anarquistas, personas que [...] sepan articular todas esas ideas que tenemos en el ambiente: ese desdén por los partidos; ese rechazo a la política profesional; esa exaltación de la asamblea; ese impulso a la participación política de todos[as]; ese igualitarismo que exige el fin del saqueo; esas necesidades insatisfechas en vivienda, educación, sanidad, alimentación; esa indignación ante la explotación y el abuso… Ese anhelo de una sociedad diferente, y tal y cual.". Eso sí, debemos cuidarnos de que los liderazgos no degeneren en dirigismos y jerarquías informales. No tengamos miedo de aquellas personas que recopilen y sinteticen las inquietudes libertarias y cree a partir de esos conocimientos y experiencias, nuevas formas de acción e intervención social y política, que nos saque del estancamiento, que se visibilice y mueva iniciativas y que, en general, construyan.

Se busca líder anarquista... para callarle la boca

Normalmente me leo los artículos de Acratosaurio rex con gran interés, por los temas que trata y con el humor tan característico suyo que gasta. Unos me gustan más, otros me gustan menos. Aun así me los leo todos. Pero en un artículo relativamente reciente, titulado "Se busca líder y anarquista", no sé si su psiquiatra le habrá subido la medicación o qué, pero al "Rex" se le ha ido del todo. Para todas aquellas personas que no hayan leído el artículo todavía, lo resumo de forma muy esquemática:

  1. El anarquismo necesita de líderes (anarquistas, por supuesto).
  2. El líder es aquella persona que representa lo que todo el mundo piensa, pero que nadie "sabe cómo decirlo."
  3. El líder, además de "articular el pensamiento colectivo", es aquella persona que no da importancia a ser señalado y reconocido.

Ahora, no sé cómo de serio estaría Acratosaurio el día en que escribió tal cosa (porque nunca se sabe por dónde van su tiros exactamente), pero suponiendo que lo que dice va en serio, lo mínimo que puedo hacer es exponer mi reacción (¿me convierte esto en líder de aquellas personas que difieren en este tema? Pregunto). Aun si su artículo era pura sátira, el tema merece cierto tiempo para reflexionar sobre la cuestión (también ha dado que hablar en el foro de ALB. El hilo lo podéis leer aquí).

Lo primero (y que más me choca) es esa distinción  subyacente entre "buen líder" y "mal líder" en el texto. El "buen líder" es una persona que, por una u otra causa, está más capacitada para articulas públicamente lo que "todo el mundo piensa." Asimismo, el "mal líder" sería aquella persona que crea personalismos y no articula con coherencia el sentimiento colectivo (usando las mismas palabras del texto). Esta distinción me choca por varias razones, pero sobre todo porque no llego a entender del todo cómo diablos una persona puede articular mejor que otra lo que "todo el mundo piensa." No entiendo cómo otra persona puede expresar por mí lo que yo, como ente individual que puede (o no) compartir ciertas ideas y emociones con otros entes sin ello erradicar mi individualidad excepcional, pienso por dentro y quiero ver reflejado en la realidad en la que vivo. Vamos a ver si me aclaro con lo que se está proponiendo: dado que unas personas tienen mejores cualidades para comunicar (por hablado o por escrito) lo que "todes pensamos", estas personas deberían "salir públicamente" a gritar al mundo entero lo que "todes queremos."

Este planteamiento no simplemente me parece erróneo, sino que creo humildemente (sin querer generar liderazgo) que hace un flaco favor a todo aquello por lo que el anarquismo apuesta. ¿Cómo diantres puede saber alguien lo que "todo el mundo" piensa? Y si lo supiera, ¿por qué no soy "yo misme" la persona más cualificada para dar mi opinión sobre algo? De fondo, aquí, hay otro planteamiento: la persona que mejor se desenvuelve en comunicar cosas es la que debería articular "la voz de la gente." Lo primero (como ya he expresado en otros artículos), es que no creo que "la gente", como sujeto unitario, exista con la facilidad que ciertas teorías políticas defienden. Y lo segundo es que de esta forma (la de crear e impulsar líderes) no se da valor alguno (es más, se desprecia por completo) a la potencialidad que toda persona dispone para expresar por sí misma lo que piensa, quiere, y hacer. De nuevo me encuentro con el debate entre "colectivo" e "individuo." El líder, dice Acratosaurio, canaliza y articula con coherencia lo que el colectivo piensa. Qué forma más bonita de matar al potencial individual, a la fuerza interna de las personas para actuar e interaccionar de forma libre e individual (que, desde mi punto de vista, es la única forma de crear un colectivo real).

Hace tiempo (de hecho fue en abril de 2013, ya llovió lo suyo) escribí una reseña de "The occupation cookbook." Este libro-manual, escrito por las personas protagonistas de los hechos, trata de la okupación de la facultad de humanidades y ciencias sociales de Zagreb. Uno de los temas que tratan es la del liderazgo. Su okupación fue toda una experiencia de autonomía en continuo aprendizaje, y para hacer "saber" al resto de la sociedad lo que elles pensaban y lo que querían, lejos de elegir a un par de figuras líder (con buena facha, con buen vocabulario, etcétera) decidieron que cada día, una persona voluntaria y sin dar nombres y apellidos, aparecería en la rueda de prensa para explicar ante los medios lo que iban planeando hacer con la okupación. Y funcionó. Funcionó porque el anonimato es mucho más fuerte que la cara bonita del líder. Pero sobre todo funcionó porque esta dinámica creo el deseo en las personas de comprometerse todavía más; de no querer delegar nada en nadie ni en ningún momento; de potenciar las cualidades de cada cual y aprender a realizar cosas que antes pensaban imposibles para ellas. Les líderes niegan la existencia del potencial humano para la autonomía individual, y lo que al principio puede ser un acto de mera representación de lo que el colectivo piensa, si se perpetúa en el tiempo se termina convirtiendo en lo que todes sabemos (y no nos hacen falta líderes para expresarlo): se termina convirtiendo en delegación.

Que conste que con todo esto no estoy diciendo que les anarquistas no necesitamos representación en algún momento. Si yo participo de una asamblea y, en dado momento, necesitamos establecer puntos en común con otras asambleas de similar opinión, entonces puede que necesitemos un par de representantes para comunicar lo decidido en común. Pero dichas personas representantes no tienen por qué ser líderes, no tienen por qué ser siempre las mismas (ni es deseable, por lo expuesto más arriba). La existencia de líderes, se quiera o no, crea una especialización de labores en el seno del anarquismo, y todes sabemos que ciertas labores, al fin y al cabo, tienen más repercusión que otras para lo que se decida o haga al final en nombre del colectivo.

Otra cosa que me choca del texto de Acratosaurio es eso de (y aquí copio y pego) "[n]ecesitamos a líderes dispuestos a dar la cara, a señalarse, a ser reconocidos y conocidos…, y capaces de aguantar lo que les caiga encima." ¿A ser reconocides por quién? ¿A aguantar lo que les eche encima quién? Entiendo que aquí se habla de comunicar al grueso de la sociedad lo que les anarquistas piensan, o mejor dicho, lo que les anarquistas de tal o cual grupo piensan (porque pensar que todes les anarquistas pensamos lo mismo sería un gran disparate). También entiendo que aquí se está hablando de salir en la televisión convencional, en la prensa tradicional, y ese tipo de cosas, porque si estamos hablando de comunicar dentro del ámbito anarquista, para eso está claro que no necesitamos "caras conocidas" (les que participan regularmente en conferencias y reuniones de cierto tamaño son de sobra conocides por les que estamos dentro del tinglado. Y aun así esto me produce cierta agonía). A todo esto yo me pregunto: ¿qué le podemos comunicar a la "gran sociedad" con nuestres líderes? Ya no es cuestión de si Fulanito o Manolita se desenvuelven mejor al hablar, o de si tienen tan poca autoestima como para querer ser líderes de algo, es cuestión de si estamos contentes con la ya existente expresión de nuestras ideas ácratas.

Cada vez que un cajero amanece destrozado en Atenas, la gente (alguna) está comunicando. Cada vez que un coche patrulla arde a las afueras de París, la gente (alguna) está comunicando. Cada vez que una granja de animales esclavizados es liberada en los Estados Unidos, la gente (alguna) está comunicando. Y todas estas "comunicaciones" me parecen mucho más directas y claras que mil horas de debate televisado entre líderes anarquistas y otras persona. Y también sobra decir que todas estas "comunicaciones" no necesitan de portavoces, líderes, o guías espirituales, pues en el anonimato reside su fuerza y la propia posibilidad de realizar dichas "comunicaciones."

No hay mejor líder que tú misme. No hay mejor persona para comunicar abiertamente a la sociedad lo que piensas que tus actos diarios de sublevación y desobediencia, sea más pequeña o sea más grande. No necesitamos líderes, necesitamos creernos más que en toda persona reside el potencial para subvertir la paz social que tanto nos ahoga, y que esto es el mejor mensaje que podemos lanzar desde todos los rincones del planeta. Les que imaginativamente participan de estas pequeñas insurrecciones cotidianas saben que no necesitan ningún líder para transmitir esto o aquello, pues el conocimiento de las acciones de nuestras hermanas y hermanos en otros lugares nos comunican (y bien articulado) todo lo que necesitamos saber: que somos ingobernables.