Consideraciones sobre el reformismo

¿Reforma o revolución? Se considera reformista a todo aquello que apunta a modificar el sistema para mejorarlo, manteniendo sus estructuras y el status quo, mientras que es considerado revolucionario todo aquello que busca una transformación radical del sistema para sustituirlo por otro. Los anarquistas hemos rechazado el reformismo por considerarlo estéril y que apunta a reforzar el sistema en vez de destruirlo o debilitarlo y planteamos la revolución al no encontrar compatibilidad ni relación alguna entre ambas posturas. No obstante, al hacer un análisis más minucioso, encontramos una cierta interrelación ente ambos conceptos. Tal es el caso que pueden haber organizaciones revolucionarias con cierto discurso reformista (otro caso sería el posibilismo, es decir, la participación en las instituciones burguesas, pero aquí no se va a tratar) pero teniendo una estructura organizativa y unos principios revolucionarios. Puede sonar paradójico, sin embargo, no todo es blanco y negro y el reformismo puede en ocasiones favorecer las situaciones revolucionarias si se consigue dar con las estrategias adecuadas.

Cuando el ambiente social se torna hostil para la vida a causa de ciertas políticas y el pueblo empieza a tomar conciencia de ellas, esa conciencia puede tomar dos caminos: de tener el objetivo de reivindicar unas mejoras y el fin del malestar mediante reformas o el fin de la explotación, proponiendo la revolución como alternativa que termine con el sistema de explotación y se construya uno basado en la libertad e igualdad donde el pueblo sea quien posea los recursos y decida su destino. Lo primero terminaría por un camino estéril y haría que el sistema se perpetuase bajo otra máscara supuestamente más amable y lo segundo, sería una solución posible y efectiva. Sin embargo, la conciencia política no expresamente viene del hambre sino de la necesidad de cambiar un sistema injusto y ese deseo de cambio no se materializará si existe en el ambiente unos aires de desconfianza entre vecinos, miedo y aislamiento entre individuos.

Medidas como aumentos salariales, convenios colectivos o mayor regulación en los mercados son meramente reformistas pero atraen a gente con poca conciencia política que necesita de soluciones inmediatas para su supervivencia. Entonces, entre esa gente que comparte los mismos intereses tienden a asociarse. Ello supone el primer paso para romper el aislamiento y crear espacios que posibiliten la puesta en común de los intereses, para así visualizar las reivindicaciones y crear medios materiales para poder conseguir dichos objetivos. Tomemos como ejemplo el sindicalismo: el sindicalismo de por sí es reformista porque el objetivo de este movimiento es la consecución de mejoras laborales dentro del sistema capitalista. Cuando entraron los anarquistas en los sindicatos, posibilitó el acercamiento de las ideas anarquistas a la clase trabajadora y ello supuso la salida de la marginalidad del anarquismo que se encontraba allá a finales del siglo XIX. Gracias al contacto entre el anarquismo y la clase obrera, se pudo materializar los deseos de emancipación del proletariado. No obstante, el sindicalismo anarquista no dejó de tener reivindicaciones reformistas como las mejoras salariales, la readmisión de los despedidos, el cese de los abusos patronales, etc, pese a mantener una estructura organizativa antiautoritaria y unos principios revolucionarios, así como sus tácticas  como la acción directa.

En períodos conservadores -es decir, en momentos donde no existe una conciencia política subversiva generalizada-, el sindicalismo revolucionario sirve como herramienta de la clase trabajadora para conseguir sus reivindicaciones y hacer retroceder al patrón así como extender la lucha de clases poniendo en práctica la solidaridad entre la clase trabajadora, el asamblearismo y la autogestión. En pocas palabras, debe servir como herramienta que haga ver que mediante la asociación, organización de la clase trabajadora y la acción directa es posible materializar las reivindicaciones. En cambio, en situaciones revolucionarias -períodos en los cuales el conflicto social entre clases se generaliza-, los sindicatos se vuelven torpes para organizar la revolución y en su lugar, lo ocuparía la misma clase trabajadora que tomarán las riendas de sus vidas poniendo en autogestión las tierras, fábricas y talleres. No hay que olvidar que, además de sindicalistas revolucionarios, son anarquistas y es por ello que debe existir una organización política que impida que las reivindicaciones laborales se convierta en fin en sí mismo sino como medio para hacer ceder al patrón, para la asociación de los explotados y posibilite una revolución social que tenga como fin el comunismo libertario.

La relación entre el reformismo y la revolución radica pues en que las reivindicaciones reformistas sirven para impedir que el agua nos ahogue y tengamos terreno para poder movernos, lo cual nos posibilitaría organizarnos. Los gobiernos y los grandes propietarios ceden cuando ven peligrar su situación concediendo las reivindicaciones de la población para aliviar la tensión. No obstante, existe un gran riesgo si, pese a conseguir arañar muchas cesiones de las clases dominantes, se considere como un objetivo logrado pensando que los gobiernos y los capitalistas cedieron porque han recapacitado. Entonces, en vez de debilitar al sistema lo refuerza ya que las clases dominantes recuperaron su credibilidad al mostrar su cara benefactora.

Cuando la burguesía y la clase política decide conceder las reivindicaciones, supone una medida desesperada cuando la represión no consigue frenarlos. Si sucede ésto significa que el sistema se debilita, al ver que su sistema represivo no consigue terminar con la disidencia, lo que posibilita que podamos golpear si se consigue que la conciencia de clase se extienda y el movimiento libertario vuelva a ser un movimiento de masas organizado. Así pues, entraríamos un período revolucionario y en última instancia, las clases dominantes no dudarán en usar la fuerza para mantener sus privilegios. Es entonces cuando, mediante la exigencia de reformas, consigue llevarnos a una situación revolucionaria al despertar la conciencia de clase del proletariado y organizarnos. Llegado ese momento, se tendría como objetivo la revolución social que terminaría por expropiar a las clases dominantes y recuperar nuestras vidas construyendo una sociedad libertaria.

Sacando algunas conclusiones, debemos tener en cuenta que el reformismo es estéril cuando es impulsada por movimientos ciudadanistas con reivindicaciones como la reforma de la ley electoral, el impuesto a los ricos y las transacciones financieras, mayor dureza contra la corrupción, etc que únicamente tienen el fin de conseguir un sistema más amable con una explotación más sutil. Sin embargo, hay ciertos aspectos como la lucha en el mundo laboral, la defensa de la Sanidad y la Educación, que si se consiguen conquistas mediante la acción directa, servirían para impulsar aspiraciones más ambiciosas y revolucionarias como la autogestión obrera tanto de los medios de producción como de la salud y la educación. Lo más importante de todo es que se vea que mediante la acción directa y la autoorganización es posible conquistar no solo nuestros derechos sino que desde la cooperación y la solidaridad, consigamos tener bases materiales para aspirar más allá de la defensa frente a las agresiones del capital. Los movimientos sociales quedarán inofensivos y absorbidos por el sistema cuando los objetivos son meramente reformistas y no aspiran a la transformación radical del sistema que es la destrucción del Estado y el Capital.

Nota: este artículo fue rescatado de Sección Libertaria por el motivo del cierre del blog.

El tornillo sin fin

Por Gaspar M. B.

El capitalismo es como es y uno no elige meterse o no en la lucha de clases, sólo el bando en el que se participa. Como dominados y explotadas el camino que nos lleve a darle la vuelta a la situación empieza por alimentar nuestra conciencia colectiva y comprender la situación en la que estamos. En concreto la de lo que de siempre se ha llamado la juventud trabajadora, aunque hoy sea más preciso llamarnos la juventud parcialmente trabajadora o la elástica mano de obra joven.

Esta juventud parcialmente trabajadora se compone de dos grandes grupos, aunque sus fronteras no estén completamente definidas. Uno de los grupos es el de la juventud parada y salvada de la exclusión social por su familia. Hablamos de jóvenes con distinto grado de formación que en la situación actual se encuentran en un paro de larga duración, haciendo alguna chapucilla o metiendo alguna hora en la ETT cuando llaman. En este contexto se gestó y se aprobó el apodado “contrato de aprendiz” el 18 de noviembre de 2012. En plena campaña electoral en la que ganará el PP nos encontramos con un Real Decreto por el que se regulan las prácticas no laborales en empresas[1]. Resumidamente: “Precariedad”. Menos resumidamente: Salario mínimo, sin paro, sin vacaciones, sin jornada máxima, sin indemnización, sin libertad sindical, sin festivos, sin permisos…pero cotizando. Es un contrato libre entre patrón y trabajador, que no debe acogerse a ningún tipo de convenio ni de legislación laboral por el requisito básico del contrato que es que no exista relación laboral entre las partes, pues se supone que con ese contrato vas con las manos en los bolsillos a aprender y con la misma te vuelves a casa de tus padres. La idea es extender las prácticas obligadas de la FP al resto de la población inactiva laboralmente. Podríamos pensar que esta idea es propia de la ingenuidad del liberal utópico que sigue pensando que la mano invisible regula las relaciones laborales y puede llevarlas a la perfección si se la deja actuar.

 

Hay un segundo grupo de la juventud parcialmente trabajadora que es la que se mantiene estudiando, prolongando mediante cursos, masters, grados y postgrados su salida del mundo académico. Para esta juventud aún vinculada a alguna institución educativa ha habido otra reforma materializada el 10 de diciembre de 2012, con el gobierno del PSOE ya saliente. El Real Decreto por el que se regulan las prácticas académicas externas de los estudiantes universitarios[2] viene a legalizar una situación que ya se daba en la alegalidad y que se puede resumir en “Becariedad”. Es la norma que regula que una persona matriculada en el nuevo, reluciente y liberal espacio europeo de educación superior se pase los meses en una empresa aprendiendo a obedecer. En este caso la remuneración no es obligatoria y en la elaboración del “libre” acuerdo la institución universitaria puede participar. Pero en este caso no hay cotización a la seguridad social.

En conjunto estas dos reformas presentan una situación de cuasi esclavitud para la juventud que se aglomera en grandes ciudades y a la precarización absoluta del resto de la clase trabajadora muy barata de sustituir después de las últimas reformas laborales. Así la socialdemocracia del PSOE abrió la puerta al mercado laboral que las patronales del reino quieren tener en su economía terciarizada dominada por el turismo. La tuerca que aprieta a la juventud trabajadora da vueltas y vueltas.

Merece la pena llamar la atención sobre una consecuencia fundamental que debe hacernos replantearnos nuestras formas de actuar y defendernos como clase. Con este tipo de reformas que legalizan unas relaciones laborales despóticas y que anulan toda posibilidad de intervención al sindicalismo de concertación y pacto social esta vía legalista de acción queda enterrada junto con otros derechos adquiridos tras las luchas de los 70. Es momento de experimentar con otras formas de enfrentar a una patronal descentralizada desde unos puestos de trabajo superdivididos física, categórica y funcionalmente. Nos queda todo por hacer.

Revista Exarchia #1 https://revistaexarchia.wordpress.com/2013/01/04/opinion-el-tornillo-sin-fin/