Opinión

Publicado el 5 de septiembre de 2017 por Colaboraciones

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¿Independencia como ruptura?

Traducido por Dexter del texto original Independència com a ruptura?

En una cuenta atrás hacia el día del referéndum en Catalunya, un miembro de la organización libertaria Embat reflexiona sobre la oportunidad que supone este desafío al Régimen del 78 y la necesidad de articular un movimiento popular

Todo movimiento de intención revolucionaria busca continuamente escenarios de mejora de su situación. Si no lo hace, corre el riesgo de acomodarse a las circunstancias y vivir a gusto en un antagonismo sin opciones de transformación social real. Aquello de ‘contra Franco vivíamos mejor’ se entiende por la sensación de impotencia que tienen los movimientos populares actuales (o el embrión de movimientos populares, más correctamente) con respecto a la situación política española y catalana. Algo tendremos que hacer si queremos cambiar el panorama radicalmente.

Los dos principales problemas que afronta en la actualidad el gobierno de Rajoy son, por un lado, el peligro de una victoria “populista bolivariana” (es decir, que gane unas elecciones Podemos y sus aliados) y, por otra, la independencia de Catalunya. El movimiento popular ni está ni se la espera y no preocupa nada entre las élites del Estado (y no digamos ya el movimiento libertario o el comunista, una vez derrotada la contestación vasca). Son estos dos ‘peligros’ que afronta España hoy día los que le garantizan invariablemente millones de votos al PP y al PSOE en cada elección y no si Rajoy o ZP gobiernan bien o mal. Estos votos son fieles a la continuidad del Régimen del 78, tal como es ahora, y son la base social del estado actual de las cosas.

Como ya sabemos, un gobierno de Podemos no alteraría mucho el escenario – vista su trayectoria – y opinamos que sería un gobierno socio-liberal (capitalismo con rostro humano) del estilo de Syriza, pero que no cuestionaría ni las estructuras postfranquistas del Estado ni tampoco el sistema capitalista liberal imperante. Este sistema de democracia posfranquista impediría cualquier cambio en profundidad hecho desde el gobierno, no dudando en recurrir a cualquier método legal o ilegal, sea político, mediático, judicial, de boicot del funcionariado, bloqueo administrativo o amenazas de las cloacas del Estado (ver el documental ‘Las Cloacas de Interior’). El Estado profundo tiene muchas herramientas a su alcance.

Por lo tanto, queda la posibilidad de una independencia de Catalunya. Aquí el Estado se siente amenazado, ya que no termina de controlar todas las palancas. Hay una cuestión clave: se han movilizado una parte importante de las personas de Catalunya por el derecho a decidir. Estas movilizaciones han arrastrado a los antiguos gobernantes autonomistas hacia posiciones netamente independentistas. Y es en este sentido que aparece la convocatoria del 1 de Octubre. La base social independentista obliga al Govern de la Generalitat a mover ficha continuamente – si bien tampoco lo hace muy rápido, dando facilidades a los enemigos del referéndum.

No sabemos si el referéndum se celebrará o no, ni si será vinculante o no. Tampoco sabemos si ganará el Sí – aunque se sospecha que así será. Lo que sabemos seguro es que de celebrarse, se abrirá una época de enfrentamientos entre las élites españolas y catalanas como no habíamos visto antes. Digámoslo claro, Catalunya sólo tendrá opciones de convertirse en un estado si hay movilizaciones significativas y sobre todo si las personas movilizadas están dispuestas a la desobediencia. No basta con exigir a los políticos que desobedezcan desde la comodidad del sofá de casa. El independentismo se deberá mojar de verdad para ganar.

Volviendo al movimiento popular con intenciones transformadoras (y eventualmente revolucionarias) – que es lo que me interesa -, algunas decimos por activa y por pasiva que debe convertirse en un actor clave de la vida política y social catalana. No creemos que tenga que estar ligado al movimiento independentista, ya que hay mucha gente sinceramente de izquierdas y con conciencia, que desconfía legítimamente de los políticos que están liderando el Procés Sobiranista. Los casos de corrupción de CiU, los recortes, la demagogia habitual, el patriotismo excluyente y xenófobo, el ‘Tea Party a la catalana’, los indepes hiperventilados, las peleas internas hacen desconfiar de cómo será esa República Catalana de la que hablan. A ver, ¡nos gobierna nuestro enemigo de clase!

El movimiento popular debe ser autónomo de este movimiento independentista transversal y en todo caso, aprovechar en su beneficio la independencia – o, mejor dicho, aprovechar el período que vendrá a partir de octubre. Sería absurdo esperar una revolución sin un movimiento popular amplio compuesto de organizaciones de masas. Recordemos otras épocas: La revolución cantonalista fue hija de la Revolución Gloriosa, el final del reino de Isabel II; la revolución de 1936, sólo vino después de la caída de la Monarquía y la implantación de la Segunda República; la Revolución de Octubre sólo vino después de la Revolución de Febrero y la caída del zarismo… incluso los Panteras Negras vinieron después del movimiento de los derechos civiles y no antes. Es decir, que todos los procesos revolucionarios pasan por un estadio previo de ruptura simbólica con la época anterior. Esta ruptura es psicológica y política y coloca las personas ante un nuevo escenario más avanzado, en el que ya pueden ver la posibilidad de una sociedad revolucionaria. No hay atajos.

En estos momentos, el Régimen del 78 sigue disfrutando de un amplio apoyo ciudadano, a pesar de la aparición de nuevos partidos. No caerá solo sin una crisis más grave. La oportunidad abierta por el 15M fue cerrada por la aparición de Podemos – y, reconozcámoslo, debido a la debilidad estructural de lo que habíamos creado desde abajo: unos contrapoderes que no eran conscientes de su papel histórico. La otra opción para debilitarlo es la cuestión territorial.

Con todo, en este periodo que supuestamente se abrirá en octubre, el movimiento popular tiene la tarea de estructurarse y ampliarse. Por una vez desde hace muchos años, tenemos que asegurarnos de ser un actor en la determinación de las políticas públicas sin que nadie lo haga por nosotras, sin que nos coopten ni nos suplan, ya que el movimiento popular no se impulsa desde arriba.

Nuestra misión es hacer que las élites del país, políticas y económicas, las que lideren la transición a la independencia, no puedan gobernarnos. Tenemos que crear situaciones de ingobernabilidad en todos los niveles y, por supuesto, establecer mecanismos de autogestión y autoorganización popular para algún día hacernos cargo del país – que por eso somos revolucionarias.

Esto lógicamente no lo haremos siendo un movimiento de movimientos atomizado en mil colectivos. Hay que convocar asambleas de movimientos y conectarlos entre sí para sentirnos parte del mismo movimiento. También hay que establecer unos objetivos, unas estrategias y un funcionamiento común.

Reconocemos que es una tarea titánica. Además vemos que no se está yendo en esta dirección. Al contrario, nos quedamos en espacios de confort ideológico y en luchas localistas (entendidas como que no queremos salir de nuestro territorio de militancia). Ni siquiera se está luchando para crear organizaciones grandes y plurales y en cambio preferimos varias pequeñas divididas por ideologías o tácticas, que tendrán dificultades para alcanzar trascendencia.

Afrontemos el papel que nos toca y creemos el movimiento popular que necesita nuestro pueblo.

@BlackSpartak

 

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