Opinión

Publicado el 14 de julio de 2018 por ElCosaco

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La institucionalización del lenguaje

Por Cosaco Libertario

Desde las más remotas naciones, la comunicación ha sido para ellas esencial. No es raro que tuviesen, no sólo su propio idioma o lenguaje, sino una diversidad gráfica impresionante: desde jeroglíficos hasta el alfabeto tradicional, pasando por las runas celtas, el alfabeto cirílico y la escritura árabe.

Pero, lejos de la diversidad y la necesidad de comunicación entre grupos cercanos, surge el peor de los males: la institucionalización del lenguaje. Es su tipificación, su normalización y su imposición social la que hace de este la más salvaje de las epidemias: el nacionalismo. No es raro que toda nación reivindique como propia una lengua o un dialecto. Ni es extraño observar que quien reivindica soberanía nacional tenga, entre otras, una lengua de por medio. Tampoco es extraño que los primeros reinos y naciones (conformadas como tal), surjan como consecuencia de la institucionalización del lenguaje o viceversa, pero están arraigados, mutuamente. Véase el más claro ejemplo en la nación española, que surge como tal con la unificación de los reinos de Aragón y Castilla, y, paralelamente casi a la par, Antonio de Nebrija establece las normas del castellano, su gramática y lo que rápidamente se convertiría en una norma social (de la nación). Pero no es el único: en la nación rusa y todas sus evoluciones, pasando desde el Rus de Kiev (siglos X-XI), el Rus moscovita (XV-XVII) hasta la edad contemporánea y el ruso moderno, y sus etapas intermedias. También el italiano y  la “Accademia della Crusca”, una vez restablecida por Napoleón, surge poco después el Risorgimento, o lo que viene a ser el movimiento de unificación italiana. Tampoco es raro que, el estado islámico pretenda institucionalizar su lengua en todos los territorios que quedan bajo su dominio.

Es decir, para la formación de estados se buscan elementos de cohesión social, muchas veces también de exclusión (elementos de pertenencia y enemistad), que vienen a derivar, en muchos casos, odio al exogrupo (grupo ajeno al propio) y amor extremo al endogrupo (grupo de pertenencia), dando así lugar a cánceres sociales como el chovinismo, el racismo, la xenofobia y la rivalidad.

No es raro que, con su institucionalización, surjan, en su vanguardia, el adoctrinamiento y el autoritarismo. ¿Por qué? Bien, partiendo de que la lengua y su construcción son la herramienta fundamental de la comunicación, entonces podemos afirmar que ésta será variable, en tanto en cuanto no es estática (ni temporal ni territorialmente). Por lo tanto, el lenguaje debería tender a ser variable a zonas que hoy llamamos fronterizas pero que antes no eran sino zonas intermedias entre lo que hoy se denomina “lenguas puras” (las lenguas puras  no son sino imposiciones territoriales, bien económica o militarmente, de aquellas zonas donde dichas lenguas se hablaban). Y no es raro que, aun viviendo a escasos metros, las zonas fronterizas pueden llegar a no entenderse, bien por estados que fomentan el analfabetismo, o bien por estados que fomentan la institucionalización del lenguaje. Todas son consecuencias de las fronteras, inherentes de cada estado, que sirven para defender lo propio en aras de la nación-estado y de su clásica xenofobia. No es extraño que en las fronteras con Marruecos, aquellas personas que por vías legales o ilegales entran, en su mayoría, no conozcan el castellano, y muchas veces habiendo vivido en la periferia fronteriza. Ni tan siquiera hay una mezcla sustancial y palpable de los dos idiomas imperantes que puede surgir de la necesidad de comunicación. Y en caso de existir, existe por meros intereses económicos (comercio con el país vecino, mercancías más baratas-muchas veces consecuencias del aprovechamiento del “dumping social”) y nunca como sentimiento de solidaridad, entendimiento, unión y horizontalidad. Muchas veces, quienes proceden de lo que llamamos un país desarrollado, en su osadía y prepotencia, así como en su situación existencial, miran por encima del hombro, como si de amo a esclavo se tratase, o incluso peor, desde el egoísmo caritativo (que viene a ser que, “pobres aquellos, pero ojalá a mí no me pasase”; similar al que sucede con personas con minusvalía). No es raro, tampoco, que en la frontera francesa, existan personas con pleno desconocimiento del castellano, euskera o catalán, sin existir ni tan siquiera una lengua intermedia, procedente de la necesidad de comunicación. Con la institucionalización, y la división nacional en fronteras, quienes viven unos metros más allá que acá tienen que ser, o bien criados en el bilingüismo, por una necesidad pragmática de comunicarse con sus vecinos, o en el monolingüismo, dejando aparte de sus vecinos sin una comunicación accesible para él, dándose la paradoja de que el idioma, lejos de servir para comunicar, sirve para aislar a las personas en su diversidad de procedencias.

Se  puede hablar de que la normativización del lenguaje ha hecho de la sociedad la necesidad de una normativa siempre, pues, si hasta en el lenguaje tenemos la autoridad suprema (las normas tipográficas, gramaticales y ortográficas) y en la mismísima educación la autoridad es el profesor (además de ejecutar la dualidad de misericordioso-castigador), dictando y haciendo de su cumplimiento un dogma, ¿en qué se diferencia del estado, valiéndose de su autoridad para adoctrinar sobre su imperante necesidad de existir, y que tiene al profesor como vínculo, y a la policía e instituciones gubernamentales (jueces, fiscalías…) como verdugos o benévolos?

Y muchos dirán, ¿por qué escribir una crítica a la institucionalización en un castellano que cumple a rajatabla las normas? Y la respuesta es, como apunté al principio, una necesidad de comunicación.

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